Tahar Ben Jelloun. Mi madre.

septiembre 13, 2021

Tahar Ben Jelloun, Mi madre
El Aleph, 2009. 206 páginas.
Tit. or. Sur ma mère. Trad. Malika Embarek López.

El protagonista lidia con la enfermedad de su madre, un Alzheimer que hace que confunda a las personas, vea a seres queridos muertos y tenga que lidiar con una cuidadora con la que mantiene una relación de amor odio. Cada vez más delgada, cada vez más cerca del final.

Un libro excelente, en el que se tratan las relaciones familiares en un marruecos en el que el respeto a los mayores todavía importa y no se almacenan a los ancianos en residencias para que se vayan apagando. El amor a una madre y la tristeza de una enfermedad que la hace desaparecer cuando todavía está viva.

Los desvaríos provocados por el Alzheimer alcanzan en manos del autor un virtuosismo lírico, estilístico y emocional. Esos monólogos que rozan el absurdo y a la vez tan desoladoramente tristes. Los recuerdos del pasado que dibujan un mundo en el que las mujeres son objetos que se compran y se venden, sujetas a una obediencia de la que apenas pueden escapar cuando se reúnen a solas con otras mujeres.

Como no puede ser de otra manera el libro va subiendo de carga emotiva hacia el final, y al concluir su lectura, el reflejo del sol a través de un cristal húmedo dibujó un arcoiris en la última página, en blanco. Un brochazo de colores sobre la nada de la ausencia.

Muy recomendable.

Hacia las tres de la madrugada, llega la mayor de las negaffas, una mujer que impone por su peso, por su autoridad natural y por su mirada que hace bajar la de las jovencitas: «Hija mía, sabes lo que te espera, es mi deber iniciarte y darte algunos consejos precisos y prácticos; tu hombre entrará a la dajxuxa, a la alcoba nupcial, tú te levantarás, avanzarás hacia él, con los ojos bajos, nunca levantes la mirada ante él, y le besarás la mano derecha; no se la agarres, la sueltas y regresas a sentarte en la cama. Mientras él se quita la chilaba, el yabador y los zaragüelles, tú esperas a que él te dé la orden de desnudarte, en una esquina del cuarto poco iluminada te retiras las alhajas, luego el caftán, te quedas con el chamir blanco y también con tus zaragüelles, tu hombre será quien te los quite. Y ojo, nada de gritos, nada de llanto, es un momento histórico en tu vida, por primera vez un hombre va a tocar tu piel, deja que lo haga, sé obediente y dulce, no tienes que estar tensa. No temas, él intentará penetrarte, tú debes abrir bien las piernas, no pensar en nada, al principio duele, si le cuesta entrar en ti, toma esta pomada, escóndela bajo la almohada, te untas un poco en los labios de la vulva para facilitar que te penetre, cuando él esté en ti, retenlo con los pies que apretarás contra sus nalgas, déjalo moverse, no pienses que esta noche vas a tener placer, olvídalo, hija mía, necesitamos la mancha de sangre en tus zaragüelles blancos, si te duele, no grites, domínate, toma, acepta y, sobre todo, demuéstranos que eres virgen, una hija de una gran familia, una hija que lleva la honra de esta familia y enrojece de orgullo sus mejillas, eso es todo, hija, la primera vez cuesta, pero después, cuando la herida se calme, cicatrice, no dejarás más a tu hombre».


En cuanto mi madre se aburre, habla de su funeral, se entretiene e insiste en los detalles de la ceremonia, para ella es una cuestión de elegancia y de dignidad, hay que irse con ligereza, evitar ser un peso para la familia, crearle problemas, hay que dejar un buen recuerdo, una buena impresión. Está convencida de que la muerte es lógica o, más bien, desea que lo sea: «No me queda mucho tiempo de vida, es normal, la muerte es un derecho, pero no tiene que equivocarse y llevarse antes a alguno de mis hijos, es una desgracia que no podría soportar, que Dios me llame a su lado en vuestra vida y no a la inversa…, bueno, es lo que deseo, rezo siempre para que esto suceda, pero quién conoce las intenciones de Dios, nadie se atreve a adivinarlas, en todo caso no yo, mi padre me había enseñado a pensar en Dios sólo a la hora de rezar, siempre he rezado, el problema ahora es que al estar inmóvil en la cama no puedo levantarme a lavarme con la frecuencia necesaria, hago el ritual de la abluciones sin agua, con la piedra pulida, ¿dónde la he puesto? La he vuelto a perder, ayúdame a buscarla, mira debajo de las sábanas, a veces se escurre debajo de la manta y se cae del otro lado de la cama, ¡ah! Esta piedra lisa que sustituye al agua, basta con pasarla por el brazo y las manos, es como si uno se lavase, bueno, ¿la has encontrado? Seguramente Keltum la ha guardado, ¡a saber dónde! Tu hermana se Mi madre no se olvida de esa época, de cuando estuvo hospitalizada para operarse de los ojos. Aún habla de ello: «Sufrí, sobre todo por tener que estar tumbada boca arriba inmóvil, inmersa en la oscuridad, sin levantar la cabeza, recuerdo, tú estabas allí, escribías, y yo pensaba en el pobre de Milud, desaparecido. Tu padre protestaba porque se había quedado solo en Tánger, yo pensaba en él y confieso que el hecho de no verlo durante un mes me descansaba. El casamiento, hijo mío, significa también esa costumbre que se instala y se convierte en una tarea pesada o en un calvario. Yo pensaba en mi salud, él protestaba porque la criada no cocinaba tan bien como yo. ¡Tenía una extraña forma de homenajear mis artes culinarias! En fin, todo eso queda ya muy lejos, y tu libro, ¿qué fue de él? Dame mis gafas, anda, voy a ver la tele, es viernes y retransmiten la oración del mediodía». «Pero, yemma, hoy es lunes y la televisión no retransmite la oración sino un culebrón mexicano doblado en árabe clásico». «Ya sé, he perdido vista, pero mi oído es excelente, oigo el Corán, ¿no es el Corán lo que están recitando?». «No, yemma, nadie recita el Corán, está en tu mente, oyes rezos lejanos…». «Entonces, es que ha llegado mi hora, hay que arreglar el salón e invitar a los tolba para que reciten el Corán ante mi cuerpo presente, me iré durante el día, tienes que estar listo, quiero una bonita velada con los mejores recitadores de la ciudad, que reciten y entonen las bellas palabras de Dios, que los atiendan bien, que se les pague bien, y, sobre todo, que se vayan contentos y satisfechos, hay que darles bien de comer, quizá convendría que lo encargarais fuera, hay servicios rápidos y eficaces, que sirven banquetes a domicilio y solucionan muchos problemas, sobre todo en un funeral, ¿te imaginas?, los familiares del difunto están afectados por la desgracia y no tienen ni ganas ni tiempo para cocinar para toda la gente que llega para dar el pésame. Así que encargaréis la comida, luego la recitación de las palabras de Dios, no olvides el incienso del paraíso, acércate, te tengo que decir algo, he apartado un poco, lo tengo escondido precisamente para el día que me vaya, tienes que saber dónde lo he ocultado, dónde… ¡Ay! No consigo acordarme, qué disgusto, ¿te das cuenta?, mi memoria me abandona justo en el momento en que más la necesito, es un incienso que me trajo mi hija de La Meca, es extraordinario, muy intenso, muy perfumado, sublime, pero no consigo acordarme dónde lo escondí, tienes que buscarlo, no le preguntes a Keltum, es capaz de robarlo, ve a registrar su armario, sus cajones, ya verás, está envuelto en un pañuelo blanco, Dios mío, ayúdame a recordarlo…». «Yo te compraré más, yemma, lo principal es que haya incienso del paraíso, no te preocupes, te organizaremos una bonita ceremonia, te lo prometo, puedes dormir en paz, me ocuparé de todo con mis hermanos…».
En cuanto mi madre se aburre, habla de su funeral, se entretiene e insiste en los detalles de la ceremonia, para ella es una cuestión de elegancia y de dignidad, hay que irse con ligereza, evitar ser un peso para la familia, crearle problemas, hay que dejar un buen recuerdo, una buena impresión. Está convencida de que la muerte es lógica o, más bien, desea que lo sea: «No me queda mucho tiempo de vida, es normal, la muerte es un derecho, pero no tiene que equivocarse y llevarse antes a alguno de mis hijos, es una desgracia que no podría soportar, que Dios me llame a su lado en vuestra vida y no a la inversa…, bueno, es lo que deseo, rezo siempre para que esto suceda, pero quién conoce las intenciones de Dios, nadie se atreve a adivinarlas, en todo caso no yo, mi padre me había enseñado a pensar en Dios sólo a la hora de rezar, siempre he rezado, el problema ahora es que al estar inmóvil en la cama no puedo levantarme a lavarme con la frecuencia necesaria, hago el ritual de la abluciones sin agua, con la piedra pulida, ¿dónde la he puesto? La he vuelto a perder, ayúdame a buscarla, mira debajo de las sábanas, a veces se escurre debajo de la manta y se cae del otro lado de la cama, ¡ah! Esta piedra lisa que sustituye al agua, basta con pasarla por el brazo y las manos, es como si uno se lavase, bueno, ¿la has encontrado? Seguramente Keltum la ha guardado, ¡a saber dónde! Tu hermana se ha ido a su casa, se aburre aquí, dice que nuestra televisión no tiene buenos programas, en realidad, se ha marchado porque no se entiende bien con Keltum, se pelean a menudo, y yo estoy en medio, observo todo sin decir nada, pues mi hija no me perdonaría que me pusiera del lado de Keltum, y Keltum se irá de casa si le doy la razón a mi hija ¿te das cuenta del dilema? Bueno, ¿has encontrado la piedra negra? ¿Ves? Me acuerdo, no he perdido la memoria, pero con la edad los viejos recuerdos vuelven, ayer, por ejemplo, vi a mi madre, está muy elegante, me ha dicho que ya no toma medicinas porque el Profeta la ha curado, tiene suerte, tú, por ejemplo, eres mi medio hermano, te moriste en verano en la casa de la playa de tu hija, mientras pasabas las vacaciones, no temas, ahora estás vivo, te hablo y no me haces caso… Ya sé, vas a decirme que eres mi hijo, mi hijo pequeño, que te confundo con otra persona, pero no pasa nada, lo principal es no aburrirse. Está lloviendo, no me gusta la lluvia, no me gusta el viento, no me gusta el frío, no sé qué hacer, hablo demasiado, ya lo sé, marido mío, soy charlatana, voy a callarme, me voy a concentrar para rezar y luego te bendeciré, a ti y a tus hermanos».

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