
Impedimenta, 2024. 140 páginas.
Tit. or. Termush. Atlanterhavskysten. Trad. Daniel Sancosmed Masiá.
Tras lo que parece una guerra nuclear que ha llenado el planeta de radiación, unos pocos privilegiados se han refugiado en un hotel, cuya estancia habían pagado en previsión de un cataclismo como el sucedido. Allí tendrán que gestionar la situación y las incursiones de forasteros que llegan heridos desde el exterior.
Lo mejor es, sin duda, la atmósfera irreal en ese refugio que, en realidad, no sirve de nada, y que plantea algo que los millonarios que se están construyendo búnkeres deberían tener en cuenta: si el planeta se va a la mierda, estar en un sitio a salvo no te va a servir de nada.
Muy bueno.
Hoy hemos tenido la oportunidad de salir del hotel por vez primera.
Cuando volvimos de los refugios estuve observando a los guardias, que, equipados con contadores Geiger, máscaras antigás y esa ropa protectora gruesa y clara, habían recibido autorización para inspeccionar los terrenos y la zona entre los edificios que ha sido drenada.
Han levantado todas las baldosas que conducen al jardín y a la playa y las han puesto del revés, han mojado los enormes cactus y han arado la tierra que los rodea, han cortado las flores y las han plantado en surcos individuales, han regado los arbustos y los han volcado sobre el césped, y le han dado la vuelta a cada brizna de hierba como a los dedos de un guante, si hemos de creernos los informes de los guardias.
Así pues, el paisaje es marrón y la tierra está levantada por doquier, pero las grandes hojas de cactus con forma de plato lucen un verde resplandeciente y el follaje de los arbustos brilla como si fuera artificial. Los estriados acantilados que se alzan sobre el mar han perdido la vegetación y están cubiertos de tierra y agua.
A poca distancia del recinto privado del hotel, la naturaleza no parece dañada. Abunda el gris y el verde, pero los guardias han estado tomando lecturas y aseguran que el terreno no es más habitable que un planeta cuya atmósfera estuviese compuesta de ácido sulfúrico. Podemos salir a pasear únicamente porque no hay viento y no hay riesgo de que el polvo de la zona que rodea el hotel se levante y entre en el edificio.
Anduvimos por el jardín como si quisiéramos comprobar que los caminos soportaban nuestro peso, y deambulamos entre los cactus y la rocalla; ninguno se aventuró a alejarse demasiado del grupo, seguimos la senda marcada hasta el mirador que hay junto a la playa y volvimos a la escalera principal del hotel.
Nadie habló mucho, todos llevábamos abrigo y no pocos se taparon la boca con un pañuelo, aunque el guardia nos había garantizado que no era necesario. Estábamos poseídos por una escalofriante inquietud que nos empujaba a ir pisándole los talones al hombre que llevaba el intensímetro.
Yo iba con la mujer de la que hablé ayer. Se pegó a mí en silencio, pero con una breve sonrisa, y cuando llegamos al mirador le ofrecí mi brazo. Me pareció que seguía nerviosa, no por lo que ocurrió ayer, sino como si hubiera en ella un sustrato de miedo y una leve inquietud que le fueran connaturales. Eso le permitía ver el exterior sin esa seguridad parecida a la de un sonámbulo que nos caracteriza a los demás y que nos da la capacidad de actuar, pero que, al mismo tiempo, nos impide dudar de nuestros actos y sus motivaciones.
No intercambiamos muchas palabras, pero sentimos un escalofrío simultáneo cuando de repente vimos la vasta extensión del mar a nuestra derecha. No porque este hubiera cambiado, sino quizá porque en ese instante comprendimos el cambio que habíamos experimentado nosotros mismos. Un desierto frío e interminable que el sol llenaba con su incolora piel. Solo junto a los acantilados se podía seguir el movimiento del agua, como si la velocidad hubiera disminuido o las formaciones de las olas estuvieran solidificándose debido a la altura del mirador con respecto a la playa.
Contemplando el océano Atlántico, que irradiaba un frío tan perfecto, cobré consciencia por primera vez de lo que había ocurrido. Aunque el mar no tenía nada que ver con la catástrofe; al contrario, era el último lugar donde podría encontrarse indicio alguno de ella. Y, aun así, el jardín levantado, las hojas de cactus mojadas, los surcos cavados, todos esos cambios me conmovían menos que aquel océano inmutable.
De vuelta nos encontramos con el otro grupo, también ellos con abrigos largos, pálidos e inquietos, pero menos silenciosos que nosotros, que ya habíamos visto el mar.
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