Scott Weems. Ja la ciencia de cuando reímos y por qué.

diciembre 13, 2021

Scott Weems, Ja la ciencia de cuando reímos y por qué

Algo tan fundamental para la vida cotidiana pero tan esquivo como el humor y la risa es analizado en este ensayo por el neurólogo Scott Weems. Está organizado en tres grandes bloques qué es el humor, para qué lo tenemos y ¿y qué? hacer para ser gracioso.

Englobo este libro entre otros muchos de divulgación blanda que se dedican a contar las opiniones del autor sin excesivo fundamento científico y que de vez en cuando citan algún estudio que apoya de manera parcial sus conclusiones pero que acaban siendo más un gabinete de curiosidades que un ensayo como tal.

Al final me ha parecido más interesante las partes anecdóticas y los extractos cómicos que la parte ensayística que, para tratarse de un neurólogo, es bastante floja.

Entretenido.

Nos reímos de lo que nos obliga a integrar metas o ideas incompatibles que conducen a la confusión, la duda o la vergüenza, pero la forma de lo que provoca esas reacciones varía enormemente. Por ejemplo, hay acertijos, juegos de palabras, sátira, ingenio, ironía, slapstick(3) y humor negro, por nombrar unas pocas. Asa Berger, una prestigiosa investigadora del humor y autora de más de sesenta libros sobre temas como la industria de los cómics y el turismo en Bali, ha identificado hasta cuarenta y cuatro tipos distintos de humor. Al comprender que un número tan alto era difícil de manejar, los agrupó en cuatro categorías: lingüísticos, lógicos, activos y basados en la identidad. El slapstick, por ejemplo, es una forma activa de humor. La caricatura se centra en la identidad.

Los futuros capítulos explorarán algunos de estos tipos de humor con mayor detalle, pero, por ahora, centrémonos en el slapstick. En él encontramos una violencia exagerada, a menudo en el contexto de colisiones que ocurren fuera de los límites del sentido común. En otras circunstancias, dicha violencia resultaría aterradora, pero con el slapstick resulta humorística. ¿Por qué? Porque cuando Los Tres Chiflados se atizan uno a otro con un palo, lo hacen con movimientos exagerados, y se sobreentiende que la violencia no tiene intención de herir ni lisiar. Sigue siendo violencia, pero es inofensiva, una paradoja desconcertante que lleva a la risa. Si la violencia fuera realista, no sería graciosa, que es el motivo por el que atropellar a un desconocido con el coche es un delito. Pero si hace lo mismo con Johnny Knoxville vestido de pollo, saldrá por televisión.

Incluso con toda esta variación, los efectos del humor en la mente son los mismos para todo el mundo: sustancias químicas que fluyen al cerebro, y cuyo resultado es la alegría, la risa o ambas cosas. Aunque mucha gente considera que el cerebro es una maquinaria eléctrica, se trata de una idea errónea. Las neuronas individuales internamente se basan en la polarización eléctrica, pero las conexiones entre las neuronas son casi siempre químicas. Por eso ciertas drogas pueden tener un poderoso efecto sobre nuestro pensamiento: están hechas de las mismas sustancias que las que utiliza el cerebro para transmitir mensajes.

La dopamina, el neurotransmisor más estrechamente emparentado con el humor, a menudo se considera la «recompensa química» del cerebro. Por eso ha estado vinculada con el aprendizaje motivado, la memoria e incluso la atención. La comida y el sexo estimulan el cerebro para aumentar también la dopamina disponible, mientras que las deficiencias de dopamina conducen a falta de motivación. La cocaína también aumenta la dopamina disponible en el cerebro, y por eso es tan adictiva; tras el subidón inicial, el consumidor se queda con el deseo de más. El chocolate hace lo mismo en gran medida, aunque no de manera tan intensa.

Sabemos que la dopamina es importante para el humor porque somos capaces de observar la actividad cerebral de una persona mientras mira un chiste gráfico y ver lo que sucede. Eso es lo que el neurocientífico Dean Mobbs llevó a cabo en el Laboratorio de Neuroimágenes Psiquiátricas de Stanford[10]. En concreto, mostró a los sujetos chistes gráficos mientras los monitorizaba mediante un escáner de imagen por resonancia magnética, conocido habitualmente como IRM. La mitad de los ochenta y cuatro chistes fueron escogidos por resultar especialmente divertidos, mientras que a la otra mitad se les quitó la parte divertida (véase Figura 1.1). El objetivo era ver qué partes del cerebro se activaban con los chistes divertidos, pero no con los otros.

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