El descubrimiento de unas cuevas donde se encuentran enterramientos prehistóricos lleva a la protagonista a reencontrarse con el padre de su hijo y a reflexiones sobre la muerte y nuestro peso en la historia.
El libro está muy bien escrito, y tiene un comienzo magnífico, que nos dibuja un ambiente que roza lo sobrenatural, pero a partir de la mitad me da la impresión que las tramas se disgregan y pierde fuerza. Aún así, fragmentos como el de Janine son de una calidad excelente.
Bueno.
Despacio, para no hacer ruido, apartó de sí una botella de vino rota que podía lastimarla. La agarró con cuidado y la dejó, lejos de sí, con la misma suavidad con que hubiera tratado en casa una pieza de cristalería cara.
Casa. ¿Cuál casa? Pensaba en aquella construcción de muchos pisos ubicada en una cuchara —una calle que era como esta en la que se encontraba tendida en mitad de la noche, huyendo siempre de la destrucción que dejaba a su paso— que parecía la calle más olvidada de la ciudad y que, sin embargo, estaba en el corazón de la urbe. Esa casa la había habitado en una pesadilla, sintiendo que una voz atronaba en sus oídos, llamándola, aullando, mientras ella corría por los pasillos, intentando abandonar el hogar, lo conocido. Lograba salir, al fin, a la cuchara, a esa, a todas las calles que no tenían salida, que escondían, detrás de muros carcomidos, un camino hacia la nada.
Cerró los ojos. No quería recordar esa otra existencia, ese otro sueño. Una luz le pegó en la cara. La luz de unos faros. Los faros de un automóvil conocido.
Era el alcohol. El cuerpo no le respondía, ni un sólo músculo se movía. Sin embargo, ella, recuperando una conciencia muda, había abierto los ojos por la incomodidad del cuerpo, por el frío en los miembros, por la sensación de que iba de nuevo en viaje, sin saber, por supuesto, hacia dónde.
Arrimada, como estaba, al respaldo del asiento trasero del automóvil, alcanzaba a ver, sin tener que moverse, la calle. Una calle que parecía desolada. Una calle que no llegaba a ser carretera y que, sin embargo, no estaba flanqueada por edificios ni casas. Máximo se veía, a intervalos, una chabola, una construcción precaria. Iban por los barrios periféricos
de la ciudad, por los terrenos invadidos. Transitaban tierras de nadie.
Adelante, una mujer, en el asiento del copiloto, tenía la vista fija en algo más allá de la ventana y la desolación del paisaje: llevaba por dentro su propio paraje inhóspito. En el asiento del conductor, un hombre, moreno, guapo —ella lo recordaba así, de un sueño, de una realidad lejana y alterna, donde ella era y no era Janine, donde se había permitido estar más de una noche en una cama con un hombre, mirando no sólo las sombras sino también la luz del sol—, tenía la vista fija en aquella vía que no alcanzaba a ser una carretera, sino más bien un sendero roto por la desidia, una ruta hacia la huida.
Ella no podía estar segura si los de adelante se habían dado cuenta de que estaba despierta, aunque inmóvil.
Quien sí se percató de su estado de conciencia era el niño, un pequeño que viajaba en el asiento trasero junto a ella, un pequeño que tendría, a lo sumo, cinco años. Aquel deslizó su mano debajo de la de Janine y la apretó para que se sintiera acompañada. O no. «Tonta», se dijo. Quien tenía miedo era el pequeño. Sentía ella su mano sudada, aferrada a la humanidad de alguien más grande, al cuerpo de alguien que podría protegerlo. ¿Qué temía ese niño? ¿Acaso ella también tenía que sentir temor? Aquel niño temía sin saber que temía. Era su estado natural.
Tenía la sensación de conocer los secretos del universo detrás de los enormes ojos de esa personita que estaba a su lado. Imaginaba a una madre demasiado joven para parir, demasiado pobre para parir, pero que, sin embargo, lo había hecho. Se imaginó a ese niño creciendo junto a una piedra de lavar que se caía a pedazos, acompañado por un perro famélico, casi callejero, solidario con la miseria del pequeño humano. ¿Sería la mujer de adelante la madre del niño? No.

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