Richard Yates. Las hermanas Grimes.

enero 24, 2022

Richard Yates, Las hermanas Grimes
Alfaguara, 2009. 226 páginas.
Tit. or. The easter parade. Trad. Rolando Costa Picazo.

La vida de dos hermanas que toman caminos diferentes en la vida. Una de ellas se casa y lleva una vida más hogareña y la otra va la universidad y su vida tiene más altibajos.

Una de las novelas más tristes que he leído estos últimos meses. Me ocurre con muchas ficciones de EEUU, que tienen una vida familiar cercana a cero y unas vidas muy solitarias. Me da muchísima pena. Me ha sorprendido una frase de la contraportada:

Para Sarah, el matrimonio y la vida familiar son un refugio seguro, aunque no garanticen la felicidad. Emily, en cambio, busca en un hombre tras otro las respuestas que no puede darse a sí misma, y procura en vano huir de la soledad.

Vale que cada cual proyecta en la lectura su propia visión del mundo, y que esta novela es propicia para ello. Pero la hermana que se casa es ¡destripe! maltratada por su marido, así que de refugio nada y menos seguro. Y la que no lo hace tiene mala suerte con sus relaciones, pero no busca en un hombre tras otro. Si se hubiera encontrado con alguno decente posiblemente se hubiera quedado con él. Lo que no está dispuesta es a quedarse con el que primero pase.

De entre las muchísimas cosas que se podrían hablar de esta novela (¿Es el divorcio de sus padres la causa de su desarreglo emocional? ¿El autor denuncia los problemas de las mujeres para encontrar su lugar en un mundo machista?), a mí me ha sorprendido que sus protagonistas son casi algo. El padre redacta titulares, pero no es un periodista. Emily va a la universidad y escribe, pero no pasa de publicista. Sarah participa en la radio y también escribe bien pero no sale de su vida de casada.

Una novela que me ha gustado bastante.

Muy buena.

La universidad era el centro de su vida. Antes de ir a Barnard, nunca había oído usar la palabra «intelectual» como sustantivo, pero desde entonces la tomó en serio. Era un sustantivo valiente, un sustantivo orgulloso que sugería una vida dedicada a cosas superiores y un frío desprecio por todo lo vulgar. Una intelectual podía perder su virginidad con un soldado en un parque, pero también podía aprender a considerar el hecho con irónico y divertido desinterés. Una intelectual podía tener una madre que mostraba la ropa interior cuando estaba borracha, pero eso no debía preocuparla. Emily Grimes no sería una intelectual todavía, pero si tomaba apuntes en todas las clases, incluso en las más aburridas, y leía todas las noches hasta que le dolieran los ojos, sólo era cuestión de tiempo. Algunas chicas de su clase, e incluso unos pocos muchachos de Columbia ya pensaban que ella era una intelectual por la manera de conversar.
—No sólo es aburrida —dijo una vez, refiriéndose a una pesada novela del siglo XVIII—, sino que además es perniciosa —durante los días siguientes, varias chicas usaron la palabra «pernicioso» de manera muy liberal.
Pero una intelectual no se distinguía únicamente por su forma de hablar, o por el hecho de que figurara todos los semestres en la lista del decano o pasara el tiempo libre en museos y conciertos, o viendo películas «artísticas». Había que aprender a no quedarse muda cuando se entraba en una fiesta llena de intelectuales mayores, que ya se habían ganado el derecho de ser así llamados, ni tampoco cometer el error de hablar demasiado y decir una imbecilidad o una atrocidad tras otra con la esperanza de borrar la imbecilidad o la atrocidad que acababa de decir.
Y si una hacía el ridículo en una fiesta así, había que aprender a no caer presa de un estado agónico de depresión esa noche en la cama.
Había que ser una persona seria pero —¡oh, enloquecedora paradoja!— había que pretender que una nunca tomaba nada en serio.
—Creo que has estado muy bien —le dijo un hombre de rostro ajado en una fiesta, cuando ella estaba en segundo año.
—¿Yo qué? ¿Qué quieres decir?
—Hace un momento, cuando hablabas con Lazlow. Yo estaba escuchando.
—¿Hablando con quién?
—¿No sabías quién era? Clifford Lazlow, Ciencias políticas. Es un tigre.
—Oh.
—De todos modos, has estado muy bien. No te mostraste intimidada pero tampoco agresiva.
—Pero se trata de un hombrecito gracioso, con gafas bifocales.
—Eso es gracioso —agitó los hombros regordetes para simular un ataque de risa—. Eso es verdaderamente gracioso. Un hombrecito gracioso, con gafas bifocales. ¿Te puedo invitar a una copa?

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