Raúl Quinto. La canción de NOF4.

febrero 8, 2024

Raúl Quinto, La canción de NOF4
Jekyll & Jill, 2021. 130 páginas.

En esta bitácora somos admiradores del art brut, y Fernando Oreste Nannetti fue uno de estos artistas. En el manicomio de Volterra se dedicó a escribir con la hebilla de su cinturón los mensajes que recibía telepáticamente. Raúl Quinto monta un artefacto a medio camino entre el ensayo y la poesía sobre su figura.

Una de las cosas más sorprendentes de este tipo de arte es la compulsión por crear, incluso cuando no se tienen ni capacidades ni estudios. Hay un hambre por expresarse que trasciende egos, estéticas o destinatarios. Nadie escribe en un muro de un manicomio por hacerse famoso, por dejar un legado o por crear un estilo. Se hace por una necesidad casi fisiológica.

En ese punto es en el que se apoya el autor para desplegar una serie de reflexiones acerca de la escritura, postular hipótesis imaginativas sobre la función de esa escritura y dejar testimonio de un libro increíble cuyas páginas eran rectángulos dibujados en un muro ya desaparecido.

Bueno.

La mayor parte del grafiti de NOF4 fue escrito sobre arena en el muro del pabellón Ferri, sin embargo hubo una pequeña extensión de ocho metros en una de las paredes del patio del pabellón Charcot. Fiay que decir que el manicomio era una ciudad diseñada para los locos por el alienista Luigi Scabia donde Ferri era el módulo penitenciario, pero donde también había otras secciones como Maraglione, en la que se trataba a los enfermos de tuberculosis, Bianchi y Chiarugi, donde se internaba a los menores, o este de Charcot. Este era el edificio más emblemático, algo así como el núcleo irradiador. Aquí es donde más duraron los tratamientos por ergoterapia que desarrolló Scabia y donde estaba el corazón del monstruo, si es que los monstruos tienen corazones. En fin. Ya hablaremos de todo eso. Lo que debemos saber ahora es que fue en Charcot donde metieron a Fernando Nannetti cuando lo trasladaron de Roma a Volterra. Fueron sólo un par de meses, hasta que alguien comprobó que venía con un mandato judicial y que además de loco era presidiario. Y lo mandaron a Ferri. Luego volvió alguna que otra vez, ya pasadas las penalidades de los años cincuenta. Escribió poco en Charcot y hoy apenas quedan siete palmos de pared garabateada. El tiempo y la erosión han sido implacables, a pesar de que el enlucido no era de arena. Esa dureza consiguiente del muro convertía la escritura en una penosa lucha. Lenta y casi abocada a la derrota. Queda alguna estrella dibujada, naves espaciales, banderas y telescopios; también una tiara papal sobre las llaves cruzadas de San Pedro. Probablemente por la genealogía fantástica que unía a la familia Nannetti con
diversos pontífices. No sé. De este anexo del libro de Nanof no hay una traducción tan minuciosa y exacta como de la del muro de Ferri. Aldo Trafeli ya no está para terminar el trabajo.
Podemos imaginarnos cosas y coser con eso nuestro relato. Unir las líneas de puntos. Caminar entre las islas.
Todas las ruinas del conjunto están tipificadas como edificios peligrosos. Si quieres visitar el recinto de los pabellones psiquiátricos has de obtener un permiso especial e ir acompañado por alguien autorizado. Supuestamente. Otra opción es colarse a través de un agujero en la valla metálica que circunda el perímetro del complejo. A ese agujero se accede dejando a un lado la estrecha carretera que unía la ciudad de los muertos con la ciudad de los vivos, por ahí ya sólo circulan los pequeños motocarros del mantenimiento del hospital moderno. Hay una vieja fuente bastante maltratada por el abandono y a su izquierda se abre una escalinata entre la maleza; entras, y avanzas por un sendero de cuatro minutos sorteando plantas y basura. Una jungla sucia besada por la penumbra. O algo así. Llegas a la valla, buscas el hueco, te agachas un poco y ya estás ilegalmente dentro de Charcot. Ya tienes las ruinas de la ciudad de los locos sólo para ti. Comprobarás rápidamente que el fósil de un animal así impone bastante. Ventanas rotas, puertas tapiadas, la insistente sensación de que no está vacío porque es imposible vaciar todo el dolor que se acumuló durante un siglo en esas cuatro paredes. Hay un aire espectral, como si aquí se borrasen las viejas reglas de la calle y la naturaleza pudiera actuar de una manera distinta.

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