Pedro Lemebel. Tengo miedo torero.

julio 24, 2019

Pedro Lemebel, Tengo miedo torero
Anagrama, 2001. 194 páginas.

La loca del frente presta piso, cobijo y cariño a Carlos, un joven que en el Chile de Pinochet tiene reuniones clandestinas, necesita almacenar material comprometido y la loca se deja hacer, enamorada del mozo, revolucionario pero tremendamente atractivo.

La unión del activista político con el homosexual enamorado puede traernos a la cabeza El beso de la mujer araña pero la historia no sólo va más allá en profundidad emotiva y escenas memorables, también en un lenguaje libérrimo admirablemente manejado por el autor. Uno se cree dentro de la cabeza de esa loca enamorada que se bebe la vida a tragos, que cree que todos tenemos veinte años en el corazón y que sin tener un pelo de tonta sabe hacérselo cuando le conviene.

Me ha parecido magnífico, tierno, brillante, un río bravo de agua fresca.

Muy recomendable.

Está de chuparse los bigotes, y espero que me alcance para todos los chiquillos de la cuadra que se me ocurrió invitar. Porque de seguro vendrán todos, como les dije a las mamas que no tenían que traer regalo. ¿Y puede ir la Carolina Jeannete? ¿Y puedo mandar al Pablito Felipe?, que nunca ha ido a un cumpleaños. ¿Y no va a invitar a la Cecilia Paulina que es tranquilita? Yo me ofrezco para cuidarla, le decían las viejas. No, de ninguna manera, dijo cortante. Sólo niños, nada más que niños pueden ir a la fiesta. Y en realidad había mentido, porque ella de niña no tenía nada, y Carlos… a veces se portaba como un crío regalón, cuando le ponía esas caritas de pollito mañoso. Un segundo de asma melancólica la atrapó mirando la mesa del cumpleaños, sólo una tajada de tiempo que ella deshizo con su apurado trajinar. Tenía que poner los globos, todos en colores malva, azul real, amarillo patito y rojo pasión, sobre todo rojo como creo que le gustará a Carlos, supongo, por eso vamos inflando hasta quedar mareada de tanto soplar, de tanto amarrar, hasta formar inmensos racimos que colgó desde el techo. Agregándole anchas cintas de papel que remataban en rosetones multicolores pegados a la pared. Nada de challas ni esas serpentinas ordinarias que dejan todo lleno de basura, y después la única tonta que va a limpiar soy yo. Lo único que me falta es repartir en la mesa los vasitos plásticos, las cornetas y los platitos cumpleañeros y los gorritos en cada puesto. A Carlos le había comprado una corona de cartón metálico ya que él será el rey de esta tarde, el festejado, el que iba a apagar las
velas de la torta. Y hablando de torta, tenía que ir a buscarla donde la señora del almacén, que fue tan amable cuando se ofreció a hacerle una gran torta para todos los niños del barrio sin cobrarle nada. Usted sólo me paga los ingredientes y compra las velas. ¿Y cuántas velitas le va a poner? La pregunta la pilló desprevenida, sin saber qué contestar, porque más allá de lo copuchenta que fuera esta vieja, ella no sabía qué edad cumplía Carlos. Veinte, le contestó, porque todos llevamos veinte años en el corazón. Y salió del almacén llevando en sus brazos la inmensa torta de pina decorada como una lujosa catedral. A la salida lo detuvo el choclón de vecinas que se instalaban allí a pelar. ¡Qué linda torta, vecino! Es la más grande que se ha hecho en el barrio. Debe estar exquisita. ¿No quiere que le ayudemos en el cumpleaños? No se preocupen porque ya tengo todo listo. Y después les voy a mandar torta con los niños para que la prueben. Así, se había logrado deshacer de esa manga de viejas patudas, pero que en el fondo eran buenas, eran mujeres sencillas que se iban a encargar de promover la gran fiesta en todo el vecindario.

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