Oscar Vela. Desnuda oscuridad.

marzo 4, 2026

Oscar Vela, Desnuda oscuridad
Alfaguara, 2022. 262 páginas.

Alternando pasado y presente se entrelazan historias en las que conviven asesinatos, sectas, personajes oscuros y una mujer fatal que parece ser eje y motor de toda la trama.

Aunque tiene algún momento interesante, se me hizo pesadísimo. La trama es tan retorcida, a pesar de qué se ve claramente la identidad de los personajes a través del tiempo que, en mi opinión, no hay por donde cogerla.

Se deja leer.


Y es que las palabras que salían de la boca de Julieta habían irrespetado su propio tiempo y se prolongaban a sí mismas en tu habitación como si estuvieran impresas en un libro que, inesperadamente, abría una de sus hojas para elevar al viento la sentencia que ella precisaba. ¿Te estaba volviendo loco? Ya no sabías siquiera si tus ideas eran las de Julieta, si tus pensamientos eran efectivamente tuyos o eran los de ella, que habían burlado las seguridades del cerebro para apropiarse de tu mente; o si la ingrávida palabrería que aparecía frente a tus ojos era la premisa o la conclusión de algo que no alcanzabas a comprender; o acaso eran las tardías respuestas monosilábicas a tus interrogantes, o los retazos aerostáticos que escapaban de un frustrado diario que escribía Julieta sobre los dos.
¿No te habías dado cuenta de que Julieta creía estar enamorada y sus sentimientos se enfrentaban a la previsible catástrofe que podía desencadenar la unión entre una puta sin vocación y un bisexual confundido? Te repugnaba la sola idea de tener a Julieta manipulando tu vida, imaginando un futuro en donde no lo hay, en algo tan absurdo y trivial como los encuentros sexuales de dos perros callejeros. Sí, Julieta te agobiaba con su sola presencia, pero a la vez te atraía la fragilidad de su entorno, su falso comportamiento pueril y, sobre todo, te cautivaba ese dinero que ella era capaz de generar a costa de su cuerpo y sus cualidades seductoras, mucho más del que tú y Andrea podían ganar juntos. Pides otro vaso de ron con cola. Ya está hecho, ahora vuelves a estar solo para dedicarte a Andrea, para ser Andrea.
¿Recuerdas aquel día en que te convertiste en Andrea y saliste a buscar como una loca las huellas del cuerpo de Arturo Santistevan? Claro que lo recuerdas, digamos, en términos generales, igual que recuerdas otros días por ciertos hechos particulares que lentamente se difuminan. Pero nunca alcanzas a grabar en el espacio destinado a la memoria los detalles importantes y más trascendentales de tu vida.
Las diarias borracheras te están cobrando peaje, Ariel. Tampoco es algo de lo que hay que preocuparse demasiado, tú sabes controlar el alcohol, llegar hasta el límite máximo y detenerte antes de atravesarlo, todo está controlado. Además, ¿quién mierda tiene la mente tan prodigiosa como para poder rebobinar todas las imágenes proyectadas en el interior? Nadie. ¿Recuerdas lo que pasaba por tu cabeza la mañana en que diste vida a Andrea mientras recorrías la morgue buscando el inexistente cadáver de un inexistente amigo? La muerte sólo interrumpe el paso del tiempo. Precisamente ésa era la frase que taladraba en aquel momento tus sentidos. Y ahora te pregunto: ¿Dónde viste impresa luego esa frase? ¡Exacto! Delante del espejo del cuarto de baño con una especie de tinta naranja brillante que, horas después de levitar por ese reducido espacio de tu vivienda, desapareció sin dejar huella, tal como había llegado.
Y de ese día, ¿qué otros hechos te vienen a la memoria? El macabro recorrido entre los cuerpos gélidos que dormían plácidamente en la bóveda de la morgue. Figuras distorsionadas, imágenes descoloridas, abdómenes hinchados, rostros inanimados, como máscaras de cartón con el semblante de la muerte, pero nadie que se pareciera en lo más mínimo a tu víctima.

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