
Ediciones Torremozas, 2018. 102 páginas.
Recopilación de los dos poemarios que dan título al libro. Sus poemas son duros, desnudos de hojarasca, y apelan directamente desde su vivencia personal al lector. Terribles los que hablan del suicidio, que dejo al final. Aunque es una poeta cuyos libros son difíciles de encontrar, por suerte hay varias páginas en las que encontrar sus poemas. Háganse un favor y búsquenlos.
Muy bueno.
Zanahoria rallada
El primer suicidio es único.
Siempre te preguntas si fue un accidente
o un firme propósito de morir.
Te pasan un tubo por la nariz,
con fuerza,
para que duela
y aprendas a no perturbar al prójimo.
Cuando comienzas a explicar que
la-muerte-en realidad-te-parecía-la-única-salida
o que lo haces
para-joder-a-tu-marido-y-a-tu-familia,
ya te han dado la espalda
y están mirando el tubo transparente
por el que desfila tu última cena.
Apuestan si son fideos o arroz chino.
El médico de guardia se muestra intransigente:
es zanahoria rallada.
Asco, dice la enfermera bembona.
Me despacharon furiosos,
porque ninguno ganó la apuesta.
El suero bajó aprisa
y en diez minutos,
ya estaba de vuelta a casa.
No hubo espacio donde llorar,
ni tiempo para sentir frío y temor.
La gente no se ocupa de la muerte por exceso de amor.
Cosas de niños,
dicen,
como si los niños se suicidaran a diario.
Busqué a Hammett en la página precisa:
nunca diré una palabra sobre tu vida
en ningún libro,
si puedo evitarlo.
Blancanieves
El amor no es mucho
si no lo tienes.
Hoy vi a Blanca Nieves
soñando con su príncipe
y preguntándole:
¿cómo van tus ahorros?
¿cómo va tu espíritu?
¿quieres tomar un trago conmigo?
¿quieres montar mi potro salvaje?
LAGARTOS
Hay hombres
que abren las sábanas
y entran.
Sin dulce tumulto
sin calor ni melancolía
sin conjuro.
Son lagartos.
Desterrados.
Miserables.
En la biografía de Miyó Vestrini se describió su muerte de la siguiente manera: «El cuerpo vestido y calzado reposaba en la bañera, el agua la rebosaba, flotando hallaron una estampa de San Judas Tadeo, en el tocadiscos un LP de Rocío Dúrcal. Fuera, encima de la mesa, estaban dos notas, una para su hijo Ernesto, y otra que decía: Señor, ahora ya no molestare más. Los dejaré ser felices»
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