Michael Ignatieff. Fuego y cenizas.

octubre 25, 2021

Michael Ignatieff, Fuego y cenizas
Santillana, 2014. 256 páginas.
Trad. Francisco Beltrán.

Historia de como el autor dejó su carrera académica, se metió en política, le dieron por todos los lados y regresó al mundo real. Imprescindible para saber cómo funciona el circo democrático y las estructuras de poder.

Lo bueno es -como dice el autor en un apartado- que se cuenta desde el fracaso. Los grandes libros sobre política no los escriben los que han triunfado, sino los que fracasan. Y el autor reconoce cada uno de los errores que cometió, siendo el principal pensar que la gente iba a votar a un programa en vez de a un relato bien construído.

Por otro lado el partido contrario realizó una campaña de desprestigio personal (¿nos suena?) que fue minando su credibilidad ante el electorado. Aún así considera la experiencia como positiva aunque no ha vuelto y por algo será. Para triunfar en política no hacen falta títulos sino carisma y, sobre todo, tener aguante. También se puede leer entre líneas los problemas que tienen las democracias actuales.

Muy interesante e ilustrador.


No es lo que quieres decir, sino lo que la gente entiende. No me iba a retractar, porque además la organización Human Rights Watch había confirmado el uso indiscriminado de la fuerza, pero sí reafirmé mi compromiso de toda la vida con el derecho de Israel a defenderse. Nada de lo que dije me sacó del agujero en que me había metido. Con un par de frases mal escogidas había logrado la hazaña casi imposible de molestar a judíos, musulmanes y libaneses por igual. Yo estaba horrorizado por la tormenta mediática que se desató, la rabia y la desilusión de mis seguidores judíos y el modo en que la polémica paralizó nuestra campaña. El incidente puso de manifiesto el hecho extraño de que las cuestiones que provocan una mayor división en la política nacional de las sociedades multiculturales resultan ser las internacionales, las que tienen que ver con países alejados. Los conflictos lejanos provocan que las distintas comunidades se pongan a la defensiva, y las reacciones de los políticos son escrutadas en busca
de mágicas palabras reconfortantes. Tu responsabilidad como político es mostrarte como un maestro de la comprensión ecuánime, y yo fracasé en ese sentido. Cuando el furor respecto a la guerra en el Líbano hubo remitido, Ian Davey me dijo que los políticos tienen nueve vidas y que, en el asunto de Qana, yo había consumido ocho de ellas.
Vale la pena detenerse un momento y reflexionar sobre lo que revela ese incidente acerca de la utilización del lenguaje en la política. Si has ejercido toda la vida como escritor, periodista y profesor, nada te prepara para el uso del lenguaje una vez que entras en la arena política, porque no se parece a ningún juego de palabras al que hayas jugado con anterioridad. Puedes pensar que eres un buen comunicador, pero la primera vez que subes a un estrado para pronunciar un discurso te da la impresión de estar en la película de Woody Alien Bananas, en aquella secuencia en la que el líder de la guerrilla decreta que, a partir de ese momento, el idioma oficial de su país latinoamericano va a ser el sueco. Cuando entras en política dejas atrás el mundo amable en el que la gente te concede un cierto margen de error, acaba tus frases por ti y acepta que en realidad no querías decir lo que has dicho, para entrar en un mundo de literalidad hasta extremos impensables en el que solo cuentan las palabras que han salido de tu boca. También dejas atrás el mundo en que los demás perdonan y olvidan, dejan de lado las ofensas y se reconcilian. Estás entrando en el mundo del eterno presente, en el que cada sílaba que hayas poclido pronunciar, cada tweet, cada publicación en Facebook, artículo periodístico o fotografía embarazosa permanece en el ciberespacio para siempre, listos para que tus enemigos los utilicen contra ti.


Pero también había un claro límite a lo que el poder podía exigir de uno. Uno no podía permitirse el lujo de olvidar lo que en realidad era la verdad y, si lo hacía, corría el riesgo de convertirse en un mediocre. La mayoría de los políticos no se vuelve mediocre de forma consciente. Intentas aferrarte a tu verdadero yo como puedes, pero no hay posibilidad de mantener ese yo al cien por cien en los compromisos que la política te obliga a alcanzar. Por ejemplo, mi equipo y yo debatíamos constantemente si debíamos tomar el «camino elevado» o el «camino discreto» en respuesta a la andanada de confrontación constante que nos llegaba desde el otro lado, y a veces, a decir verdad, nos dejamos enfangar en las disputas con nuestros oponentes. Huelga decir que cuando lo hicimos nos ensuciamos tanto como nuestros adversarios.
En cualquier caso, la acusación cínica que se hace con frecuencia a los políticos de que siempre eligen la conveniencia frente a los principios es simplemente falsa. Yo tomé posiciones como líder del partido que pensaba que eran justas a pesar de que nos costaron votos. Era justo estar en contra de la exportación de amianto, ya que su utilización incontrolada puede ser letal, a pesar de que esta posición nos costó escaños en las ciudades que cuentan con minas de este material, como Asbestos, en Quebec. Era justo defender el control de armas contra los intentos conservadores de desmantelarlo, aunque nuestra posición nos costó escaños en las comunidades del norte y otras remotas. Cuando convencí a mi buen amigo Larry Bagnell, miembro del Parlamento por Yukon, para votar a favor del control de armas, había lágrimas en sus ojos cuando se levantó en la Cámara para emitir su voto, pues sabía muy bien que aquello podía costarle su escaño. Y eso fue lo que ocurrió. Era justo que nuestro partido se negase a votar por más sentencias mínimas obligatorias y más cárceles; en temas de delincuencia, optamos por la política de las evidencias frente a la política del miedo. Pero aquello nos costó votos. Así que si el partidismo es la esencia de la política, el interés partidista no siempre prevalecía. De hecho, si lo hubiera hecho, podríamos haber tenido más éxito.
Aprendí que uno no puede refugiarse en la pureza moral si quiere lograr algo pero, de igual modo, si sacrifica todo principio, uno pierde la razón por la que entró en política para empezar. Estos son los dilemas esenciales de la vida política, pero también los que hacen la política emocionante. No se puede lograr nada a menos que uno se ponga en riesgo. A veces, sentí que la impaciencia de los votantes (sobre todo, entre los votantes más jóvenes) con los compromisos necesarios de la vida política era una opción demasiado fácil y su disgusto con los políticos una excusa para justificar su propio fracaso a la hora de dar un paso adelante y participar.
Otro dilema que los votantes a menudo no entienden es que los políticos que en realidad quieren conquistar el poder tienen que mirar en dos direcciones a la vez. Para solidificar su base, tienen que ser partidistas. A los perros hay que arrojarles carnaza. Al mismo tiempo, el político tiene que ir más allá del ámbito partidista para buscar a los votantes indecisos que quieren que se les hable, no que se hable en su nombre. Un buen político tiene que estar al mismo tiempo en la batalla y por encima de la refriega. Un gran político escocés lo expresó en una ocasión de esta manera: «Un hombre que no puede montar dos malditos caballos a la vez no tiene derecho a un trabajo en este maldito circo»

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