Marqués de Sade. Justine.

julio 6, 2007

Club internacional del libro. 320 páginas.

Marqués de Sade, Justine
Catálogo de perversiones

Que tu nombre pase al lenguaje cotidiano es todo un puntazo. El pobre Kafka no se creería el uso y abuso del adjetivo kafkiano y al Marqués de Sade probablemente le gustaría el significado que tiene la palabra sadismo. Para mí era una asignatura pendiente, éste es el primer libro que leo de Donatien Alphonse François de Sade.

Juliette y Justine se quedan huérfanas y deben buscarse la vida, pero mientras la primera decide tirarse a la vida alegre y vivir de su cuerpo la segunda hace de la virtud su bandera. Tan piadosa actitud se ve recompensada con una vida llena de infortunios, donde sufrirá toda clase de abusos sexuales, a cual más retorcido. (En la wikipedia tiene entrada propia: Justina o los infortunios de la virtud)

Tenía curiosidad por ver como era el libro; tanta fama asusta un poco. Me lo temía infumable pero es todo lo contrario: divertidísimo. No crean que soy una persona cruel que se regocija en los sufrimientos ajenos. Realmente el Marqués de Sade consigue hacer graciosos -no siempre- los peregrinajes de la atribulada Justine. Básicamente por el contraste entre la virtud a prueba de balas y bastante ingénua de la protagonista con las brutalidades de los personajes en cuyas manos cae.

A esta buena moza le pasa de todo; cuando ingresa en un convento, resulta estar dirigido por unos monjes que se dedican a violar y torturar a un harén de doncellas, entra en casa de un conde donde todo parece ir bien hasta que descubre que su vicio es herir a las mujeres y lamer su sangre. Cuando pensamos que la imaginación del autor ha ido demasiado lejos y que semejantes prácticas no pueden existir, una nota al pie nos informa de que no se trata de una invención y que personajes como los descritos están sacados de la realidad.

Pueden encontrar una copia completa en insurgente.org, así que no tienen excusa.

Escuchando: Mueve Tus Caderas. Burning .


Extracto:[-]

¿Cómo unos hombres razonables pueden seguir creyendo en las palabras oscuras, en los supuestos milagros del vil inventor de este culto espantoso? ¿Existió alguna vez un farsante que mereciera más indignación pública? ¡Quién es ese judío leproso que, nacido de una puta y de un soldado, en el más miserable rincón del universo, se atreve a presentarse como la voz de aquel que, según se dice, ha creado el mundo! Estarás de acuerdo conmigo, Thérése, en que para unas pretensiones tan elevadas hacía falta, por lo menos, algunos títulos. ¿Cuáles son los de tu ridículo embajador? ¿Qué hará para demostrar su misión? ¿La tierra cambiará de aspecto; las plagas que la afligen desaparecerán; el sol la iluminará noche y día? ¿Los vicios dejarán de mancharla? ¿Veremos reinar finalmente la felicidad?… Nada de eso, el enviado de Dios se anuncia al universo con juegos de manos, brincos y calambures; el Ministro del cielo se presenta a manifestar su grandeza en la respetable compañía de braceros, de artesanos y de rameras; emborrachándose con unos y acostándose con las otras el amigo de un Dios, Dios también él, decide someter a sus leyes al pecador empedernido; inventando para sus farsas todo lo que puede satisfacer su lujuria o su glotonería así es como el bribón demuestra su misión. En cualquier caso, tiene suerte; se unen al farsante unos cuantos satélites mediocres; se forma una secta; los dogmas de esta canalla consiguen seducir a unos cuantos judíos: esclavos del poder romano, debían abrazar con júbilo una religión que, liberándolos de sus grilletes, sólo los doblegaba al freno religioso. Adivinan sus motivos, desvelan su indocilidad; detienen a los sediciosos; perece su jefe, pero de una muerte excesivamente suave, sin duda, para su tipo de crimen, y por una imperdonable falta de reflexión dejan dispersar a los discípulos de ese patán, en lugar de degollarlos con él. El fanatismo se apodera de las mentes, las mujeres gritan, los locos se agitan, los imbéciles creen, y ya tenemos al más despreciable de los seres, al más torpe de los bribones, al más grosero impostor que jamás haya existido, convertido en Dios, en hijo de Dios, igual a su padre. ¡Todas sus fantasías consagradas, todas sus palabras convertidas en dogmas, y sus simplezas en misterios! ¡El seno de su fabuloso Padre se abre para recibirle, y el Creador, antes único, se convierte en triple para complacer a ese hijo digno de su grandeza! ¿Pero se conformará ese santo Dios con tanto? No, nada de eso, su celeste poder se prestará a favores mucho mayores. Por la voluntad de un sacerdote, o sea, de un truhán cubierto de mentiras y de crímenes, ese gran Dios creador de todo lo que vemos se humillará hasta el punto de descender diez o doce millones de veces cada mañana a un pedazo de harina amasada que, debiendo ser engullido por los fieles, se transmutará inmediatamente en el fondo de sus entrañas en sus más viles excrementos, y eso para la satisfacción de su tierno hijo, odioso inventor de tan monstruosa impiedad, en una cena tabernaria. Pero como lo dijo, así tiene que cumplirse. Dijo: «Este pan que veis será mi carne y como tal la comeréis. Ahora bien, como yo soy Dios, os comeréis a Dios, con lo cual el Creador del cielo y de la Tierra se convertirá, porque yo lo he dicho, en la materia más vil que pueda desprenderse del cuerpo del hombre, y el hombre se comerá a Dios, porque Dios es bueno y es omnipotente». Aunque parezca imposible, estas estupideces se propagan; se atribuye su extensión a su verdad, a su grandeza, a su sublimidad, al poder de quien las introduce, mientras que las causas más simples redoblan su fuerza, y el crédito adquirido por el error sólo encontró a truhanes por una parte y a imbéciles por otra. Esta infame religión llega finalmente al trono, y un emperador débil, cruel, ignorante y fanático revistiéndola con el estandarte real, mancha con ella los dos extremos de la Tierra. Sin embargo, Thérèse, ¿qué peso pueden tener estas razones para una mente analítica y filosófica? ¿Puede ver el sabio otra cosa en este revoltijo de fábulas espantosas que el fruto de la impostura de unos cuantos hombres y la falsa credulidad de muchos más? Si Dios hubiera querido que tuviéramos alguna religión, y fuera realmente poderoso, o, en otras palabras, si fuera realmente un Dios, ¿nos hubiera participado sus órdenes a través de medios tan absurdos?, ¿nos hubiera mostrado cómo había que servirle a través de la voz de un despreciable bandido? Si es supremo, si es poderoso, si es justo, si es bueno, ¿querrá ese Dios del que me hablas enseñarme a servirle y conocerle a través de enigmas y de farsas? Motor soberano de los astros y del corazón de los hombres, ¿no puede instruirnos sirviéndose de los primeros o convencernos grabándose en el segundo? acuñe un día en trazos de fuego, en el centro del Sol, la ley que puede complacerle y desee imponernos; al leerla y contemplarla a un tiempo, todos los hombres de un extremo al otro del universo, serán culpables si entonces no la siguen. Pero indicar únicamente sus deseos en un rincón ignorado de Asia; elegir como seguidor al pueblo más trapacero y más visionario; por sustituto, al más vil artesano, al más absurdo y pillo; embrollar hasta tal punto la doctrina que se hace imposible comprenderla; insuflar su conocimiento a un pequeño número de individuos; mantener a los restantes en el error, y castigarlos por haber permanecido en él… ¡No, Thérèse, no, no! Tantas atrocidades no pueden guiarnos; preferiría mil veces morir antes que creerlas. Cuando el ateísmo necesite mártires, que los designe y mi sangre estará dispuesta. Detestemos esos horrores, Thérèse; que los improperios más duros cimenten el desprecio que merecen… Apenas comenzaba yo a abrir los ojos y ya detestaba estas groseras fantasías; juré entonces que las pisotearía y me prometí no volver jamás a ellas. Imítame, si quieres ser feliz; detesta, abjura y profana al igual que yo tanto el objeto odioso de este culto horrible como el propio culto, creado para una quimera, hecho, como ellas, para ser envilecido por todo lo que pretende alcanzar la sabiduría

–¡Oh, señor! ––contesté llorando––, privaríais a una desdichada de su más dulce esperanza si marchitarais en su corazón esta religión que la consuela. Firmemente encariñada con lo que enseña y absolutamente convencida de que los ataques que recibe sólo son consecuencia del libertinaje y de las pasiones, ¿podría sacrificar a unas blasfemias y a unos sofismas que me horrorizan, la más querida idea de mi espíritu, el más dulce alimento de mi corazón?

4 comentarios

  • Elena julio 6, 2007en12:16 pm

    Hace años leí un libro de relatos de Sade, y me pasó como a ti; me pareció muy divertido y de una imaginación desbordante. La película sobre su vida (interpretada por Geoffrey Rush) también me pareció muy acertada. Ciertamente fue un hombre increíble por muchos aspectos.

    Por cierto, me he quedado alucinada tras leer el post anterior, digno del mejor episodio de House, serie que me encanta. Parece mentira que cosas así ocurran en la realidad.

    Saludos

  • Palimp julio 6, 2007en6:02 pm

    ¡Menos mal que no soy el único en encontrarlo divertido! Ya estaba pensando visitar al psiquiatra…

    En cuanto al post anterior, alucinante ¿verdad? Una vez más la realidad supera a la ficción.

  • wilson mayo 16, 2008en7:50 pm

    bueno no me eh leido ningun libro de marques de sade, pero pronto lo tengo que hacerlo, quiero leerme el «justine»las desventuras de la virtud. y tengo entendido que hay una pelicula al respecto…por tanto les agradeceria si me pueden ayudar a encontrarla…. gracias.

  • wilson mayo 16, 2008en7:53 pm

    este es mi mail nosliwfpp@hotmail.com alguna informacion por favor enviarla

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