Manuel Quinto. El judío errante.

junio 26, 2018

Manuel Quinto, EL judío errante
Laia, 1987. 204 páginas.

Una entrega más de Buenaventura Pals, que tras heredar una editorial de medio pelo tiene que ejercer de nuevo la profesión de detective aficionado, en este caso para encontrar a un científico judío que vivía en Cadaqués y que ha desaparecido misteriosamente. Con sus métodos poco ortodoxos y un poquito de suerte intentará salir airoso del encargo.

Siento debilidad por este detective inteligente pero peculiar, pariente lejano del protagonista del misterio de la cripta embrujada, menos loco y más tierno, al que el autor le tiene cariño, porque suelen pasarle cosas muy buenas. Hay momentos que te arrancan una carcajada y la galería de personajes es tan extravagante como el protagonista.

Muy bueno pero por desgracia muy inencontrable.

En la explanada del aparcamiento, delante de la Rambla, unos mozalbetes abrían un Citroen CX mediante el ingenioso truco de la ganzúa. Dejaron la tarea por unos instantes y, cuando se dieron cuenta de que yo no iba a molestarles, siguieron laborando. Pusieron en marcha el coche y se alejaron por la Plaga de Catalunya hacia Maragall. Yo me interné en Nova del Teatre, dejando a la izquierda el Ayuntamiento, cuyos bares permitían a sus televisores aullar los comentarios futbolísticos dominicales. Cerca del antiguo teatro Modem, ahora convertido en cine doble, una de cuyas salas ostenta la calificación de X, me metí en un pub que lucía el pomposo nombre de Paradise Now. Allí dentro, un camello lila me vendió una línea de coca, que esnifé cuidadosamente con una pajita en la cabina de teléfonos. Aquello me animó hasta el nivel de ponerme a sopesar los pros y los contras de la proposición de Steiner, anotándolos en la pizarra de las puntúa-, dones de los dardos. Intenté magrear a una chica que fumaba caliqueños espatarrada sobre un sofá, pero era más fría que el hidrógeno líquido y además podía tratarse de la novia de un negro que se eternizaba en los lavabos. Todo el mundo empezaba a mirarme mal y opté por abrirme y cambiar de aires.
Las calles húmedas y estrechas estaban vacías. Me pegué a una pareja madura que salía del Modern, hasta llegar de nuevo a la Plaga del Vi. El hombre caminaba delante y la mujer dos pasos más atrás, al estilo árabe. Como sea que yo seguía a la mujer, entre los tres formábamos un esbozo de procesión. La coca me hacía ver el cielo púrpura y destacaba el aura de las personas que iba encontrando a mi paso. Los guardias a la entrada del Teatro Municipal poseían un aura roja; los aficionados al fútbol de los bares despedían jirones de un aura verde desleída; los fantasmas de los manaies en los balcones de la Casa Consistorial brillaban de puro dorados. Por Ciutadans, con cuidado de no caerme en las heridas abiertas en el adoquinado, llegué hasta Pou Rodó, Pont de la Barca y el Carrero de las Mosques —supongo que así denominado en honor a Sant Narcís—, corazón de la Girona del Puterío. Las mujerucas que permanecían ancladas en los bares sufrían en sus carnes la crisis levantada por las casas de masajes, los
contactos telefónicos y los pisos compartidos por amiguitas. Eran muestras de otra época, últimos bisontes lanudos en trance de desaparición en las praderas del asfalto. Las había gitanas, una mora picada de viruelas, la bizca lagrimosa y el resto de los caprichos de la naturaleza: hidrópicas, cojas, ratonas y cochambres. Los chulos eran todos gitanos del Pedret. Me recomendaron a la «Vampira» y yo me suponía que se referían a una mamona a encía libre, o algo por el estilo. Pero mi horror fue transparente cuando me explicaron que entre todos los acólitos cerraban las tres calles y entonces la «Vampira» te perseguía por la oscuridad hasta cazarte y luego te mordía en el cuello para sorberte un par de alivios de sangre, todo por la módica cantidad de dos mil quinientas pafias. Preferí acodarme en la barra de Las sílfides y convidar a orujo a un manguis. Me resultó todo un especialista. En su casa, su mamá fabricaba cinco clases diferentes de orujo, desde el estilo Chinchón, hasta el apimentado. Se empeñó en que probara por lo menos los tres que poseía su cuñado en la reserva. El cuñado ejercía en el Morocco, justito al lado. Entre la coca, los orujos y el intento de paja de la Conchi, una enana besucona a la que recuerdo muy vagamente, me quedé mareado como pato en un tiovivo y acto seguido frito como mata de chanquete, en una yacija entre cajas de cerveza.
Antes de que la cofradía me robara de malos modos, les ofrecí la cartera, el reloj y un peine de carey. El manguis insistió en que me quedara con media lechuga para el taxi. No tuve necesidad de ella, porque aparecí frente a Sant Feliu con los tambores del ejército romano alojados en la cabeza. Un par de guardias municipales me recogieron en un coche patrulla y me depositaron en el hotel. El más viejo de los dos tuvo la gentileza de reñirme. Le agradecí su interés con una vomitona que le dejó el uniforme a las buenas noches. Su compañero me arreó detrás de las orejas y ya no desperté hasta la mañana siguiente, con la boca de estropajo, las manos al terele y el cerebro de cristal.
El teléfono me machacó los tímpanos para avisarme de que Steiner me esperaba en recepción. No tenía reloj, sin embargo supuse que eran ya las nueve. Balbuceé algo así como que me aguardara desayunando, que iba a tardar un rato en recomponer los pedazos de mi persona que andaban diseminados por el cuarto. La operación de remiendo se inició con duchas alternativas de agua fría y caliente y siguió con un par de comprimidos especiales que conocía de mis tiempos de mozo de botica.


En las noches de tormenta, la vemos aparecer, fosforescente, entre los árboles. Los días de sol se tiende en la hierba o sobre la arena. Es un olor a polen, gusto de miel, música de las esferas, arco iris y plumón de ave en libertad. Aquella chica frutal como Ingrid, tierna como Marilyn, calibrada como Ava, satinada, como Rita, rotunda como Claudia. Pues bien, compañeros, lo creáis o no, aquella chica estaba allí, de pie en medio de las mesas, buscando acomodo.

Alas solemnes,
tus pasos empantanan
intensa fiebre.

Mi sueño ha sido siempre una mujer de curvas generosas, senos acogedores, cabello pajizo y ojos melancólicos, que ande un poco perdida y se note su peso en la tierra y su calidez en el aire. Allí estaba. ¡Dios mío: haz que me derrita ahora mismo y ella me tome con la cucharita del helado! ¡Conviérteme en sinfonía a fin de que penetre por sus oídos, y sonará Haendel en las trompetas de Falopio y Mussogorsky en el Monte Peludo!
La aparición fue la última en sentarse a la mesa, justo frente a mí. Sus compañeros la dejaban como rezagada. La observé mientras acercaba la silla, desplegaba la servilleta y echaba un vistazo al menú. Ella se dio cuenta, se pasó la mano por la nuca, leve cosquilleo nervioso. Nuestras miradas se encontraron, una, dos veces. Ella bajó los ojos y afectó interesarse por la conversación trivial iniciada a su alrededor. Yo no podía abandonar el óvalo de su rostro y ella no se desprendía de su incomodidad.

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