Liliana Blum. Tristeza de los cítricos.

marzo 24, 2022

Liliana Blum, Tristeza de los cítricos
Páginas de espuma, 2019. 160 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Conejillo de indias
Luz de mi vida, fuego de mis entrañas
Cactus
Picota
Una novia para Kafka
Desnuda como un sándwich de carne
Agua en los pulmones
Madriguera
El diablillo de la balsa
Palabras bajo tierra

Que no están mal, pero viniendo de Las voladoras me han sabido a poco. Mi preferido Luz de mi vida, fuego de mis entrañas, relación entre un padre que acaba de salir de la cárcel y su hija, bastante turbia. Otros no están mal, como Picota, Una novia para Kafka y Desnuda como un sándwich de carne, aunque me parece que en muchas ocasiones se queda en la anécdota de la historia sin ir más allá.

Aunque son relatos crudos, no llegan a serlo tanto como los de Ojeda y -perdón por la opinión- están peor escritos tanto en el uso del lenguaje como en la estructura narrativa. Aquí han gustado más: Tristeza de los cítricos.

Bueno.

Su padre lanza un gruñido antes de darle un sorbo profundo a su botella; la cara de Ana se contrae en una sonrisita fugaz.

-Siempre que se enoja con uno y lo bota dice: será un árbol distinto, pero es la misma mierda de pájaro de siempre. Algo así. No sé qué quiera decir.

La cara de su padre se ha vuelto sombría ante aquella inocencia tan mal fingida. La mesera trae el postre y él pide la cuenta. Ana comienza a comer con parsimonia, despacio. Los ojos de él parecen decir «apúrate», pero guarda silencio y se limita a tamborilear los dedos sobre la mesa. Sus ojos se posan más allá de su hija, en algún lugar más allá de la ventana.

Salen del restaurante y la luz de la tarde los ciega. En silencio suben otra vez a la motocicleta, que ruge y se dirige a algún lugar que Ana desconoce, pero que no importa. Se aprieta al cuerpo de su padre y aspira el aroma a humo de cigarro, a la loción que recuerda aún, y a su piel, su olor personal que la tranquiliza. Desde allí, la ciudad se ve distinta: a pesar de que es el mismo tráfico, el espíritu que la rodea es otro. No siente ni soledad ni ganas de suplicar por algo que no atina a enunciar; ahora experimenta solo felicidad y la sensación de haber terminado algo importante. Sumida en sus pensamientos, Ana tarda en darse cuenta que ya están en las afueras de la ciudad y que han tomado una pequeña carretera que los aleja cada vez más de todo. De pronto entran a lo que paréce un fraccionamiento bandeado, con una pequeña caseta a la entrada, y el letrero de Motel Tampico en letras mayúsculas. Se estacionan dentro de una cochera que se cierra al apretar un botón. Ella se quita el casco, lo coloca sobre el asiento, y sigue a su papá por una pequeña escalera que asciende hasta un cuarto en el segundo piso.

El cuarto huele a una mezcla de cloro con limpiador de pino. Tiene una alfombra raída, una colcha con hoyos de cigarro, un cenicero pegado al buró, y un control remoto adherido a una base metálica. Ana se queda en la entrada, de pie, mientras su padre se sienta en medio de la cama, recargado contra la cabecera, y palmea el colchón junto a él varias veces, invitándola.

-Ven, Ana Banana, ven aquí.

Ana se queda inmóvil antes de obedecer. Se sienta en la orilla de la cama, junto a él.

-¿Vives aquí?

Él suelta una carcajada siniestra y poderosa, como villano de caricatura. Tras unos segundos vuelve a tener control de su cara y habla con un tono serio:

-Claro que no -se acaricia la barba y su mano es una pantalla sobre su manzana de Adán que sube y baja inquieta- Perdóname, Ana.

Cuando alguien le otorga el perdón a otra persona, por lo que sea, se produce una cierta vergüenza quien lo ha pedido primero. Porque se asume la falta. Ella no quiere que papá se avergüence de nada.

-No hay nada que perdonar, papito.

-Sí, hay demasiadas cosas de hecho -dice poniendo su brazo en la espalda de su hija, atrayéndola hacia él-. Te dejé sola por mucho tiempo.

Ella sabe que su madre cambió toda la historia a su propia conveniencia, como quien se manda a hacer un vestido a la medida.

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