Juan Pablo Piñeiro. Cuando Sara Chura despierte.

febrero 26, 2026

Juan Pablo Piñeiro, Cuando Sara Chura despierte
El Cuervo, 2024. 190 páginas.

César Amato, una especie de detective privado que ha sido y es capaz de ser muchas pieles, recibe un encargo por parte de una misteriosa mujer. Una galería de personajes extravagantes desfilaran en el curso de una investigación que es de todo menos normal.

Novela desaforada, mezcla de delirios oníricos con mitología andina encubierta, situaciones inverosímiles y una prosa que a veces se desborda, tiene momentos que me han gustado mucho -como la parte central basada en la frase que da título al libro, junto con otros que me resultan cansinos e intrascendentes – esos personajes con nombres graciosos que resultan ridículos.

En conjunto, una experiencia.

Bueno.

Cuando Sara Chura despierte y desfile por el centro de la ciudad, lanzará hojas de coca, alcohol blanco y estrellas de sal bendecidas por todos los guardianes del Altiplano, cada estrella le llegará a una persona distinta y le anunciará su nuevo camino. Un paxp’paku, preocupado por cumplir su misión, recibirá una estrella azul que desaparecerá en sus manos el día en que Sara Chura despierte.

Todo destino es un retorno, dirá César cuando la estrella de sal se convierta en polvo el día en que Sara Chura despierte. Pálido y confundido todavía, con el corazón entumecido prenderá un cigarro, arrobado por las figuras del humo, cerrará sus ojos y caminará sin rumbo, sin mirar tampoco, por pudor, por vergüenza, por miedo, los hermosos e insondables ojos de la mujer que siempre habrá presentido. Las calles de la ciudad, escenario de todos sus recorridos, ensartarán en sus pasos secretas hebras para unir el círculo, similar al del monte, también al del Altiplano, y él aparecerá en el borde, mirando de frente lo que siempre estuvo delante, el pasado, que le sanará los ojos el día en que Sara Chura despierte.

Cuando de espaldas al cortejo triunfal, evadiendo su presencia, el paxp’paku respire, entre su nariz y su boca no solo cambiará la temperatura del aire, también se abrirán sus poros, haciendo sombra en una instancia y después dando paso a invisibles hilos, más tarde negros bigotes tupidos, que le avivarán la mirada, con la astucia de la imaginación salvaje y la aspereza de los arbustos en el monte, de su gabardina se desprenderá una insospechada cola negra, la gente la advertirá con mucho susto y mucha risa, y su mano derecha cubrirá, engañando a la vista, el inverosímil detalle de la mutación, la extremidad imaginaria superpuesta que brotará con sorpresa de su cuerpo, el día en que Sara Chura retorne.

Entonces sus escenarios creados serán las ruinas de su mundo increado, las máscaras, las pieles, las mudanzas se le caerán del cuerpo, y su cola crecerá por kilómetros y kilómetros hasta sumergirse en las agitadas aguas del Lago Sagrado; saltará entonces de un lado para el otro, haciendo muecas y bailando salvaje, quemando en una improvisada hoguera todas sus vestimentas menos su cola, y arderán en el fuego, ennegreciendo una columna de aire, volando entonces una brasa con sus sueños, consumida en su viaje hasta el otro lado de la avenida; un hombre de cuello largo, que caminará buscando algo, se quemará la cabeza por el vuelo de papel, el momento en que Sara Chura finalmente camine a su lado.

¡Atatau, carajo!, gritará el inventor cuando caiga, de un solo golpe, sentado en el piso; antes una brasa encendida, carbonizada, lejana, arderá en sus cabellos, tolar de profecías, eco de tiempos antiguos, entonces se rascará la cabeza, sorprendido por sus orejas subidas, cartílagos de otra criatura, que escucharán otros ritmos, otros silencios, otros quejidos el día en que Sara Chura pase cantando por el centro de la ciudad, por la calle principal, donde don Falsoafán gritará adolorido.

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