Juan Cárdenas. Ornamento.

mayo 20, 2024

Juan Cárdenas, Ornamento
Periférica, 2015. 174 páginas.

Un científico está probando los efectos de una nueva droga recreativa para mujeres en cuatro voluntarias pagadas. Una de ellas es especial y su vida se mezclará con la del científico y su mujer, artista de renombre que está pasando un mal momento.

Las primeras páginas me dieron algo de mala espina pero enseguida entré en la narración que me pareció magnífica. Un triángulo de lo más tóxico, una empresa que se dedica a vender drogas legales pero que parece más peligrosa que un cártel del narcotráfico. Un país que se desmorona. La violencia omnipresente. La búsqueda del arte. Las narraciones oníricas de la voluntaria número 4, que van cogiendo forma y nos cuentan una historia de crueldad y malos tratos.

Ha sido una lectura de fin de año excelente y el descubrimiento de un autor al que voy a seguir de inmediato la pista.

Muy bueno.


Hay que renunciar a toda voluntad de interpretación, le contesta mi mujer a un jovencito muy guapo de barba, el periodista que la está entrevistando. Yo estoy sentado en un sofá al otro lado de la sala, con una taza de té verde humeante entre las manos, siguiendo el curso previsible de las respuestas como quien escucha una melodía gastada. Afuera llueve, la panorámica de la ciudad se chorrea en el cristal. Lo crucial aquí es reparar en la fragilidad, en la casi inexistencia, una infravida, podríamos decir, de la materialidad (a lo largo de esta frase, mi mujer se pasa varias veces el dorso de la mano por la nariz). Y digo materialidad porque quiero poner en cuestión la noción misma de obra. No hay obras. Apenas una materia sutil insuflada de materialidad, o sea de movimiento, a partir de un gesto elemental vaciado de cualquier significado, a veces incluso una pieza se confunde con la siguiente. El muchacho de barba no disimula la admiración que le despierta mi mujer, cruza y descruza las piernas, sonríe con ojos brillosos. Dame más, parece decir. Y ella lo complace: cuando el gesto queda desnudo, despojado de cualquier exceso de sentido o intencionalidad, aparece algo
que solo puedo atinar a llamar gracia. El periodista trata de ponerse a la altura pero dentro de su cabeza de periodista solo tiene un montón de aserrín y bolitas de papel periódico: hay un silencio casi oriental que emana de sus piezas, dice y pone cara de satisfacción, como si acabara de soltar una genialidad. ¡Silencio!, repite mi mujer, ¡silencio, cómo no! ¡Basta de cháchara! Porque en eso se ha convertido el arte de este país, en pura cháchara política, en puro oportunismo y pornomi-seria. Y ante semejante hipertrofia de la política me pregunto: adonde va a parar lo profundo, la calidad, las intimidades, no solo de la disciplina, sino de la vida. Volviendo al asunto de la gracia: para mí se trata de recuperar el sentido místico que tenía esa palabra. Por la gracia del espíritu, como quien dice, y luego, claro, se trata de poner el énfasis en lo más pequeño, en lo nimio, en el detrito, en un ejercicio de gratitud y humildad hacia la gracia. Se trata de una inacción, de un negarse hacer. Un palito, un hilo, un retazo de un solo color. ¡El gris!, exclama el periodista, ¡hay mucho gris! Cierto, dice mi mujer, repentinamente desanimada, toda la libido desinflada por la estupidez del muchacho. Cierto, hay muchos tonos de gris en esta última serie, murmura y da por terminada la
entrevista.

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