J. M. Fonollosa. Ciudad del hombre New York.

enero 2, 2018

JM Fonollosa, Ciudad del hombre New York
Acantilado, 2001. 134 páginas.

Este año me he propuesto leer más poesía, para la que reconozco ser bastante negado. Pero los poemas de Fonollosa, algunos de los cuales adaptó Albert Plá en un disco, son de los que te llegan directamente al estómago. Bajo los títulos de diferentes calles de Nueva York se va dibujando un mundo en el que cabe todo; angustias del amor y del deseo, muertes violentas, desesperanza y violaciones.

Es un libro que he disfrutado mucho, página a página, que he ido degustando poco a poco. Porque son poemas que dejan poso. Casi siempre el poema entero, en ocasiones versos tan certeros como este: Las mujeres que quiero van con otros. .

Hermoso y brutal.


Broad street

Devoro la belleza de tu rostro:
el compacto de polvos, colorete,
algo de negro rímel de pestañas,
el sombreado de párpados y crema
facial. En ti saben a pan angélico.

Arribo a la pintura de tus labios
que consumo anhelante y te arrebato
decenas de microbios deliciosos
que tu lengua transporta hasta la mía.

Y desde tus arroyos de saliva
mi beso se desliza por tu cuerpo
sorbiendo las bacterias que pululan
sobre tu body cream y el tembloroso

rocío de tus gotas de sudor.
Y dejas, por fin, libres e incitantes
las sendas que conducen a tus sales
vaginales o llevan a tus heces.

Y me deleito en tus ofrendas máximas.
Mas pregunto, no obstante, quién tú seas,
pues no eres esa máscara que pones
a mi disposición. Mas no investigo.

A esa no tú que muestras yo la adoro
y es a la que deseo al ir contigo.

WORTH STREET
Un hombre muerto es nada. Sólo un bulto
pequeño, ahí tirado sobre el suelo.

Su incómoda postura en la calzada,
molesta de aquel peso tan inmóvil,
más bien causa aversión que no respeto.

No hay grandeza en la muerte de esos hombres
que mueren, o los matan, en la calle.

AVENUE OF THE AMERICAS
Podemos elegir entre estar juntos
y hacernos mutuamente desgraciados.

O separarnos ahora y ser también
cada uno por su lado desgraciados.

West 13th street

Esperé aquel momento muchos días.

Fue fácil deslizarse hasta su cuarto.
Su ventana cedió con un gruñido.
Mis pies no despertaron las alfombras.

Fue fácil deslizarme hasta su cama
y verla respirar. Hasta las sábanas
sentían el calor aquella noche.

No perjudica a nadie el acostarse.
Un poquito de amor no daña a nadie.
No le costaba nada haber cedido;
dejarse acariciar unos minutos.

No quise hacerle daño. Se lo dije
tapándole la boca con la mano.
Le dije que iba sólo a acariciarle.

No tenía por qué asustarse tanto.
Tuve que ahogar el grito de sus ojos.
Apreté demasiado. Lo lamento.

Estuvo bien, no obstante, aun tan inmóvil.

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