Inés García-Albi y Marcos Isamat. Por qué mi hijo se parece a su abuela.

septiembre 28, 2021

Inés García-Albi y Marcos Isamat, Por qué mi hijo se parece a su abuela
Debate, 2010. 168 páginas.

Inés, periodista, entrevista a su marido Marcos, biólogo, sobre todo lo referente a la genética. El resultado es un libro de divulgación asequible a todo el mundo que no deja piedra por remover y nos ofrece un panorama del tema desde el genoma a las células madres.

En estos libros siempre hay un delicado equilibrio entre ser campechano y riguroso. Y la verdad es que lo han conseguido muy bien. Algún chiste me ha sobrado pero en general el tono es muy adecuado. Y, lo que es más importante, no se deja al rigor de lado y lo que se explica es interesante y bien contado, con ejemplos ilustrativos.

Se aprende no sólo porque los nietos se parecen a las abuelas, también sobre los relojes genómicos, la particularidad de las mitocondrias, la diferencia entre el cromosoma X e Y, las posibles medicinas genéticas… Incluye unas semblanzas biográficas de científicos relacionados con el tema.

Muy recomendable.


—Dame un ejemplo.
—¿De un gen o de un rasgo? Y por rasgo quiero decir cualquier propiedad heredada, no necesariamente una enfermedad (como el pelo rizado, el color de la piel o de los ojos, poder enrollar la lengua, la calvicie, etc.).
—De eso, de eso…
—Pues es que eso es mucho más complicado y no depende solo de un gen, porque estos rasgos responden a la acción de varios genes. Los genes son más visibles porque hay casos dramáticos en los que, cuando un gen muta y deja de funcionar, se genera una enfermedad concreta con un patrón de herencia muy evidente.
—Sigo prefiriendo un ejemplo de algo que no sea una enfermedad.
—Una forma de ilustrar estas leyes es ver cómo se hereda el grupo sanguíneo ABO, eso que determinan antes de una transfusión. Unos somos «A», otros «B», otros «AB» y otros «0»; pero los A pueden ser AA o A0 y los B pueden ser BB o B0, según tengamos un gen A en los dos o solo en uno de nuestros dos cromosomas, y lo mismo para el gen B. Podríamos estar horas hasta que lo pilles; prefiero dibujarlo y verás como se cumple Mendel al cien por cien. ¿Lo ves?
—Un genio. Sencillo. Pero ¿qué hacen estos genes en la sangre?
—No sé. De hecho, no tener ni A ni B, como es el caso de los sujetos 0, no parece afectarnos. Salvo en Japón, donde es habitual que te pregunten por tu grupo sanguíneo como si se tratase de un horóscopo, ya que para muchos japoneses el grupo sanguíneo imprime carácter. Tradición reciente, para lo que son sus tradiciones, forzosamente posterior a 1901, año en que Karl Landsteiner descubre el grupo sanguíneo ABO. Lo que sí cambió radicalmente a partir de entonces fueron las transfusiones, y, hasta la llegada del sida allá por los años ochenta del siglo pasado, el grupo ABO era, junto con el Rh, lo único que se vigilaba en una transfusión.
—Pero en este caso, ¿qué es dominante y qué recesivo?
—Bueno, los genes dominantes son A y B, ya que ambos participan por igual, y el carácter recesivo es no tener ni A ni B, o sea, ser del grupo 0. Pero los grupos sanguíneos siguen una pauta muy mendeliana, ¿no te parece?
—¿Y la calvicie de tu familia, rasgo claramente familiar aunque no patológico, no es dominante?
—El problema de la herencia son los rasgos patológicos, no la calvicie, que considero una bendición. Mi abuelo paterno era brillante como persona y como «cabeza» de familia. En las pocas fotos que se guardan de él no se le ve ni un pelo por encima de las cejas. Pero eso solo es parte de una historia capilar más compleja. El padre de mi madre era calvo como una bola de billar, y también sus seis hermanos. Sus hijos varones (mis tíos por parte de madre) también, y tanto varón calvo por ambos lados puede confundirnos y hacernos pensar que esta calvicie claramente familiar se hereda por vía paterna, porque nuestras madres mantienen la cabellera. Mi padre también la exhibe, y como él muchos parientes de su lado.

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