Ignatius Farray. Vive como un mendigo baila como un rey.

marzo 8, 2022

Ignatius Farray, Vive como un mendigo baila como un rey
Planeta, 2020. 270 páginas.

Conocí a Ignatius como casi todo el mundo, a través del personaje del loco de las coles en la hora chanante. Algún monólogo grabado en internet había visto. Pero cuando vi su serie El fin de la comedia, que es buenísima. De ahí pasé a encontrarlo en La vida moderna donde brilla junto a David Broncano y Héctor de Miguel y claro, si saca libro, a leerlo.

El libro es una biografía donde repasa los momentos más señalados en su carrera de cómico. Por desgracia, nada que no sepamos los que seguimos habitualmente el programa, porque la mayor parte de la información ya la ha comentado en algún momento. Por desgracia también el estilo de escritura, sin ser malo, tampoco es especialmente brillante, por lo que lo he leído casi como un repaso en orden cronológico de cosas que ya sabía sobre él.

Lo mejor, las tiras cómicas.

Bueno.


El afán por conseguirlo fue creciendo como una bola de nieve. Me vi metido en una espiral que me empujaba hacia el mundo de la comedia cada vez más fuerte. Al final, acabé metido en esa vida porque no me quedaba otra. El proceso de ponerme entre la espada y la pared que había iniciado en Londres había llegado a su máxima expresión en Madrid.
Las condiciones de las actuaciones que conseguía en esa época eran infames. Algunos bares te dejaban actuar a cambio de lo que consumiera la gente durante la actuación, así que al final de la noche a lo mejor te sacabas veinticinco euros. También conseguí un trabajo de camarero en un bar de Lavapiés y, cuando cerraba el bar, me dejaban actuar para los borrachos que quedaban dentro. A veces lo hacía desde detrás de la barra, mientras limpiaba vasos. Para mí, la cosa no podía ir mejor.
El panorama cómico de esa época en Madrid no estaba mal. Si los monólogos habían conseguido llegar al Vai Moana, era porque en Madrid ya llevaban un tiempo siendo un boom bastante fuerte. A mí, esto no me pilló por sorpresa. Yo había estado siguiendo todo aquello desde los cibercafés de Londres con los monólogos y los vídeos de La hora chañante, que ya iban colgando en la web de Paramount Comedy. Comparaba el panorama de Londres con el de España y me montaba mi película. Cuando llegué a Madrid, yo ya sabía qué cómicos estaban actuando y lo que hacían.
La Chocita del Loro era el sitio más afamado en esa época, pero existían muchísimos bares más. Incluso en el extrarradio de
Madrid. También hacían monólogos en el Beer Station de la plaza de Santo Domingo y en otros bares parecidos, como La’tscalera de Jacob, en Lavapiés.
Yo era muy exigente conmigo mismo. Era algo que ya había empezado a notar desde que me preparé compulsivamente para mi primer monólogo. Cuando empecé a actuar en Madrid era aún peor, siempre sentía que no estaba a la altura, que no lo había hecho del todo bien. Por lo tanto, me daba vergüenza que me pagaran. Por suerte, no tenía más remedio que cobrar lo que me dieran si quería comer, porque, si no, habría acabado rechazando el poco dinero que me daban en muchas ocasiones. De hecho, alguna vez lo hice: una noche actué en Bodegas Lo Máximo, otro de los sitios en Lavapiés donde por aquel entonces se programaban monólogos. Me pagaron sesenta euros y me pareció muchísimo para cómo había ido la actuación, pero los cogí. Me fui a casa, me acosté en el colchón de Gregorio y fui incapaz de dormirme. Me sentía mal. Volví a levantarme, me vestí y fui a devolver el dinero. La tía me lo cogió, diciéndome que lo hacía para darme una lección, pero me hizo prometer que no volvería a devolver un duro. Más tarde, cuando en La Chocita del Loro me pagaron ciento cincuenta euros, me seguía pareciendo una broma, pero nunca más he devuelto el dinero de una actuación, por mal que me fuera.
Empecé a ganar algo en las actuaciones, no porque empezara a ser muy bueno, sino porque los monólogos estaban tan de moda que hasta los cómicos mediocres como yo podíamos permitirnos el lujo de actuar todos los días. Podías montarte un circuito por Madrid y algún pueblo cercano y juntar al mes casi mil euros. Yo actuaba mucho y me emborrachaba aún más en cada actuación.

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