Grace Paley. Cuentos completos.

abril 21, 2021

Grace Paley, Cuentos completos
Anagrama, 2005. 470 páginas.
Tit. or. The collected stories. Trad. José María Álvarez, Susana Contreras, Enrique Hegewicz, César Palma, Ángela Pérez.

Recopilación de los tres tomos de cuentos de Grace Paley, activista política y poeta y, a la vista de estos relatos, excelente escritora. Normalmente las frases de la contraportada suelen ser exageradas y, en muchas ocasiones, directamente falsas. Aquí, sin embargo, no puedo estar más de acuerdo con dos de ellas:

Cualquiera de sus cuentos tiene más vida interior que la mayor parte de las novelas de otros escritores

Grace Paley me hace reir, me hace llorar y, sobre todo, hace que la admire.

Esto me ha pasado, sobre todo, con el primer libro de relatos que es magnífico desde todos los puntos de vista. Una escritura excelente, una concisión admirable pero que dibuja perfectamente el ambiente y los personajes y una tal cantidad de vida que se escapa de las páginas y casi podemos aspirar. En los otros dos libros también se alcanza, de vez en cuando, ese nivel de excelencia, pero hay algún relato del montón. Aunque ya le gustaría a más de uno escribir los relatos del montón de esta autora.

Son destacables los que protagoniza ella bajo el disfraz de Faith (Fe en algunas de las traducciones) y su recorrido vital desde una madre soltera agobiada por las obligaciones familiares hasta una madre de unos niños ya maduros que han salido rebeldes.

Tiene vida y también frases para enmarcar, pero sin alharacas, como frutas sabrosas escondidas en el paisaje.

Me ha encantado.

—¡Oh, Tonto! —exclamé. Ya desesperaba de poder quedarme sola ni un solo minuto—. ¿Por qué no puedes irte a jugar con Richard? Te divertirás mucho.
—No —me dijo—. No me importa que Richard se largue o que se largue Clifford. Que vayan a donde les dé la gana. Yo no me iré nunca. Me quedaré siempre contigo, a tu lado, Faith.
—¡Oh, Tonto! —le dije.
Tonto se sacó el dedo de la boca, abrió la mano del todo y la apoyó sobre mi pecho.
—Te quiero —me dijo.
—Y yo a ti —le dije—. Ya sé que me quieres, Anthony.
Y me puse a acunarle. Cerré los ojos y apoyé la cara en su cabeza morena. Pero el sol, siguiendo su curso, se asomó por entre las torres de los edificios de oficinas de la parte baja de la ciudad y, de repente, me iluminó con toda su fuerza. Y luego, a través de los gordos y cortos dedos de mi hijo, enterrado para siempre, como un rey tras las rejas en Alcatraz, mi corazón se iluminó a listas.

¿Adónde? Pues a los hechos del asunto. Lo que dijiste antes es cierto. Mira: no quiero seguir aquí, ya te lo he dicho. Si no quiero seguir aquí, tengo que irme. Si me voy, dejo a mamá. Si dejo a mamá, bueno, sería terrible. Pero Fe, ya no puedo seguir viviendo aquí. Me es imposible. Ésta no es vida para mí. No me siento viejo. Jamás me he sentido viejo. Vine sólo por tu madre, porque estábamos muy unidos. Ella no estaba en condiciones de ocuparse de la casa como antes. A raíz de su operación cambió…, bueno, tú no estabas cuando eso sucedió. Entonces ya llevabas tu propia vida… El caso es que para ella esto es como el Gran Hotel, sólo que lleno de paisanos. A la Hegel-Shtein no la ve como una mujer agria, antipática. Ve en ella a una pintoresca matriarca rebosante de vida. No cree que los mellizos Bissel —de ochenta y cuatro años cumplidos— sean trágicos, infantiles, ni que apesten a orines. ¡Todo lo encuentra maravilloso! ¡Qué hermanos, toda una vida juntos! ¡No ve nada, Fe, no ve absolutamente nada!
¿Qué es lo que no ve?
Lo que hasta el propio Ricardo comentó el otro día: Usted, desde luego, no tiene aspecto de viejo, siempre yendo de aquí para allá, rebosante de ideas. Así es… Como dijo Trotski, nada sorprende tanto al hombre como la vejez. Pues bien, a eso me refiero, yo no he experimentado esa sorpresa. ¿No es curioso que Trotski siempre tuviera algo que decir sobre tal cantidad de cosas? Antes no lo apreciaba en su justa medida. Lo expulsan por la puerta grande de la historia, se cuela por la ventana, y va y se sienta en el salón, perdón, quiero decir que no me siento viejo. No. En ningún sentido. ¿Me comprendes, Fe?


Se encaminaron hacia el oeste, al río Hudson. Aunque lo llaman el río del Norte, en realidad es nuestro Señorial Hudson. Es un buen río, pero muy silencioso, dijo la china mientras avanzaban por el hermoso, verde, mohoso, algo desmoronado y totalmente abandonado malecón, desde el que contemplaron Nueva Jersey. Volvieron por una calle de casas bajas, y Fe le señaló el apartamento del segundo piso en el que ella y Jack hicieron por vez primera el amor. Ah, dijo la mujer, ¿no le parece que con el tiempo se quiere más a los hijos y menos al hombre? Fe dijo: ¡Sí!, sólo que al instante de decirlo sintió ganas de salir corriendo hacia casa y encontrar allí a Jack y besarle sus sonrojadas orejas y sus últimos 243 cabellos, y gritarle: Viejo amigo, no temas, te amo. Pero antes de que le diera tiempo a explicarse, Tonto pasó como una exhalación en su rentable bicicleta de mensajero, gritando: Hola, mamá, nii jau, nii jau. Tiene una novia china esta semana. Dice que eso significa hola. Mi otro hijo está en una asamblea. No aclaró que se trataba de la sesión ordinaria toca-la-bocina-si-apoyas-a-Mao de la LJR. Le enseñó el sótano de la iglesia donde ella, Ruth, Ann, Louise y su grupo, compuesto de mujeres y unos pocos hombres, habían preparado pasquines y dado refugio a los objetores de conciencia. Volverían a ocuparse de eso, probablemente, muy pronto. Unos muchachos apartaron la vista de un tablero iluminado y, al descubrir a una representante del Tercer Mundo, sonrieron con beatitud. Fueron al este y al sur, a barrios donde, entre muladares y vidrios rotos, y ventanas carbonizadas y tapiadas, se alza nuestra desolada ciudad. Aquí, dijo Fe, todo el mundo lucha y sufre, los niños dan vueltas y más vueltas en círculo, desarrollando su belleza primero y luego su furor.

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