
Penguin Random House, 2023. 172 páginas.
Recopilación de artículos que se ha ido ampliando en diferentes ediciones que tratan sobre el mundo del libro y la edición, centrándose en la gran cantidad de libros que se editan al año y si es necesaria tanta abundancia.
Estoy de acuerdo en gran parte de lo que dice, y ha sido una lectura entretenida, pero no demasiado profunda. no es un ensayo erudito que apunte a conclusiones, mucho menos que de pautas para una racionalización del mundo editorial. Son artículos divulgativos entretenidos y con su punto de humor. Lo que no es poco.
Bueno.
La desacralización democrática prospera como simonía: permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados: los multiplica.
Sócrates criticó el fetichismo del libro (Fedro). Dos siglos después, dijo el Eclesiastès (XII 12): “Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está escrito”. En el siglo i, escribe Séneca: “La multitud de libros disipa el espíritu” (segunda de las Cartas a En
China, en el siglo ix, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: “De sabios es callar, los que hablan nada saben —dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas”. En Argelia, en el siglo xiv, Ibn Jaldún: “Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo” ( Almuqaddimah, VI, 27). En Alemania,
en el siglo xvi, Lutero: “La multitud de libros es una calamidad” ( Charlas de sobremesa, 4691). Don Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote-. “Hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos” (II, 3). Montaigne: “Se busca más interpretar interpretaciones que interpretar las cosas. Hay más libros sobre libros que sobre
cualquier otro tema. No hacemos más que glosarnos los unos a los otros” ( III, 13). Samuel Johnson: “Es extraño que se escriba tanto y se lea tan poco” (Boswell, Life of Johnson, May 1, 1783).
Si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto, porque nunca jamás tantos millones de personas habían soñado en publicar un libro. Pero el narcisismo compartido del “si me lees, te leo” degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención, dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que publicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías.
Alguna vez, el poeta Jud Jerome dijo que si uno fuera realmente considerado con sus lectores y amigos, debería insertar un billete de cinco dólares en cada uno de los libros que pone en circulación, para reconocer simbólicamente el abuso de quitarles el tiempo. Es una solución racional en una economía de mercado: si hay más oferta que demanda, y nadie está obligado a comprar, se hunden los precios hasta el punto de volverse negativos: pagar, en vez de cobrar, por ser leídos.
Una solución de welfare State sería crear un servicio nacional de geishas literarias, con maestría en letras y psicología autoral, que trabajara a tiempo completo en leer, escuchar, elogiar y consolar a todos los autores no leídos.
No hay comentarios