Francisco Umbral. Diario de un español cansado.

febrero 14, 2024

Francisco Umbral, Diario de un español cansado
Destino, 1975. 288 páginas.

Recopilación de artículos de Umbral, uno de los maestros del género que lo siguió practicando hasta el último momento. Siempre he dicho que no me gusta leer artículos, pero este libro lo encontré por la calle y, además, parece que estés leyendo un libro de historia.

Porque son textos escritos a principios de los 70, cuando el franquismo estaba abriendo -poco- la mano sin saber que el final de la dictadura, y de una España en blanco y negro, estaba ala vuelta de la esquina. Y algo así se respira en este libro, como si el autor barruntara que vienen nuevos tiempos.

Algunos son imposibles de entender sin contexto o búsquedas en la wikipedia, pero otros siguen siendo universales.

Bueno.

Aquí te cojo, aquí te mato. Pues no. Toda la educación sentimental de Oriente y Occidente es una ralentización. La ralentización amorosa no había llegado nunca a España. Don Juan tenía siempre demasiada prisa y no sabía lo que era eso. No digo yo que el señor Barrera de Irimo vaya a explicárnoslo también, porque no es materia de su ministerio, pero a lo mejor López Ibor nos ralentiza un poco, y eso que saldríamos ganando.
Después del Plan de Estabilización, después de los Planes de Desarrollo y de la escalada y del nuevo nivel de vida, ahora viene la ralentización. 1974 va a ser, o está siendo ya, el año de la ralentización. Algunos obreros, por su parte, han iniciado ya la ralentización sin que nadie les diga nada y hacen semanas de trabajo lento. Porque de lo único que no han hablado los economistas es de la ralentización del trabajo. Eso parece que no interesa. No se suelen ralentizar los precios, sino los salarios. Yo, por mi parte, he iniciado ya la ralentización de mi vida privada, y me va de maravilla. Escribo los artículos más despacio, con lo que estoy más tiempo en casa y malgasto menos dinero en la sociedad de consumo esa que anda por ahí. He ralentizado mis deudas y tardo más ‘en pagar a los acreedores. En cuanto al amor, hace ya tiempo que venía ralentizándome por pura intuición, sin haber leído a Barrera de Irimo, y ahora me estoy ralentizando aún más por razón de la edad y la insistencia, hasta llegar al reposo absoluto, a la horizontal perfecta, que según Freud es la aspiración de todo organismo vivo.


En un número de La Esfera de los años veinte, leía yo, hace poco, una entrevista de César González-Ruano con la que iba a ser esposa del dictador. España tenía una luz sepia que era la misma de las fotos de La Esfera.
O sea que no hay que precipitar juicios sobre las dictaduras, ya que el paso del tiempo y el color de la nostalgia las vuelve amables, y visto todo objetivamente, con esa objetividad cordial que da la perspectiva, resulta que no fue para tanto. Las revistas del corazón y otros frutos amargos, que siempre andan, proustianamente, a la busca del tiempo perdido, porque saben que eso gusta y no compromete, se han encontrado ahora con el filón de la Dictadura, que puede dar mucho juego. Del paraíso que fueron Cánovas y Sagasta (paraíso terrenal donde ellos hacían de Adán y Eva) ya estábamos un poco saturados por la prensa. Vamos ahora a explotar sentimentalmente la Dictadura, que, aparte de consideraciones políticas, puede darnos un serial muy emotivo: “Por el camino de don Miguel”, “A la sombra de las espadas en flor”, “Sodoma y Gomorra”, “La prisionera” y “La fugitiva” (¿España?), y, por fin, “El tiempo recobrado”, o sea, eí fin de la Dictadura.
Agustín de Foxá, en Madrid de Corte a checa, aparte de plagiar desfallecidamente El ruedo ibérico para hacer un ruedo de derechas, nos ha contado lo que vino después. Foxá sucede a Proust, y hay que reconocer que algo perdemos en el cambio, siquiera sea literariamente. La Dictadura de Primo de Rivera, como toda etapa histórica, requiere un estudio objetivo y
científico, pero mitificarla en rosa es falsearla en contra, incluso, de sí misma. No hagamos de esa época, ni de ninguna, un reinado de Sissí emperatriz.
La gente de orden dice que España necesita una dictadura de vez en cuando — con mayúscula o sin mayúscula—, un “cirujano de hierro” que resuelva los males del país y la natural anarquía de la raza. El pueblo, que no tiene luces para expresar esto tan brillantemente, lo resume en la eficaz fórmula de “vivan las caenas”, con el natural laconismo de nuestra gente, y vaya usted a saber si aquella Dictadura fue buena o mala. Lo que fue, según la prensa rosa (que es más de la que parece), es una época brillante y gentil, con muchos uniformes para hacerle juego a los moarés de las damas y al mordoré de la vida. Porque hubo una época mordoré y una España mordoré, y el mordoré era el color de moda, un marrón lírico, que se veía en los zapatos de las señoras, en el raso, en la piel, el ante y la napa, en las joyas y en el amor. Uno, perecido siempre por los valores estéticos, cree que la Dictadura fue, ante todo, plásticamente, la época mordoré y la política mordoré, de acuerdo con el sepia de La Esfera y la luz que tenía entonces la vida, como hemos apuntado antes.


Las melancólicas
Efectivamente, en Santiago de Compostela se pasó por error una copia de la película Las melancólicas que iba destinada al mercado exterior y, por tanto, contenía unas escenas de desnudismo y erotismo rodadas expresamente para los ateos de por ahí fuera. Así, Santiago de Compostela, ciudad de peregrinos, ha conocido una peregrinación insólita. La peregrinación de toda Galicia — gentes de La Coruña y de El Ferrol, etc. — que iban al cine Yago, de la capital compostelana, a ver Las melancólicas. Un estudiante santiagués me cuenta que el público lo veía todo en silencio, sin comentarios, y que no hubo ningún incidente ni se registraron violaciones de acomodadoras en dos semanas de proyección. Lo que quiere decir que a lo mejor estamos más preparados para la vida política de lo que se piensa, porque meter en Santiago de Compostela, ciudad medieval y lluviosa, unas escenas de lesbianismo en crudo, tras siglos de bo-tafumeiro, es una experiencia sociológica realmente fuerte, una vacuna con dosis de caballo. Pero el caballo — cual si se tratase del de Santiago — ha aguantado muy bien.
Todo se debe a un error, efectivamente, pero la experiencia se ha producido y la ciencia es irreversible. Queramos o no, ha quedado claro que el español, aunque sea gallego, no muerde a la espectadora de al lado por el solo hecho de que en la pantalla anden a mordiscos eróticos.

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