Francisco González Ledesma. Crónica sentimental en rojo.

agosto 3, 2012

Francisco González Ledesma, Crónica sentimental en rojo
Planeta, 1984. 286 páginas.

No es el primer libro que leo del autor, aunque el otro estaba escrito con seudónimo y no lo reseñé por aquí. Era para regalar, lo leí en el viaje y adiós. No me gustó demasiado. Tampoco éste.

Una chica aparece asesinada y le han cortado un pecho. El inspector Méndez se encargará de investigar el asunto moviéndose por los bajos fondos de una Barcelona que ya no existe.

Es un libro que está bien y está mal. Alterna páginas bastante buenas y retratos acertados con malos chistes homófobos fragmentos sin sustancia. Un ejemplo. Al final los dos culpables se cascan una parrafada explicando sus maquinaciones tan ramplona como inverosímil. Pero también acaba con un sacrificio de uno de los personajes que está muy logrado. Una de cal y otra de arena.

Lo mejor, las anécdotas de periodistas y el personaje de Amores, gafe que se ve envuelto en las más peregrinas situaciones sin comerlo ni beberlo.

Como es un premio planeta puede que otros libros del inspector estén mejor. Ya les iré contando.

Calificación: Regulero.

Un día, un libro (336/365)

Extracto:
Carrero, aragonés como Foriscot, era un experto en la pequeña historia del bruto hispano, de la gente apegada a su terruño, a su santo menestral y a su virgen con azada. Suya era la historia de aquella putica de Zaragoza —mujer, aseguraba, de gran valía y de mucha consideración— que un día quedó sin piernas en un accidente de tren, y a la que sus fieles clientes sacaron a la procesión en un carrito que llevaban en andas. Suya era también una copla de Semana Santa que aseguraba se cantaba en un pueblo de los que a él le gustaban y que muy aproximadamente decía así: «Lo han coronado de espinas — A la cruz lo llevan presto — ¡Si serán hijos de puta! — ¿No hay pa cagarse en sus muertos?»


Hizo una entrada triunfal en la comisaría y se encontró con Castillo, policía ya jubilado (o sea ligeramente mayor que Méndez, pero más en buen uso que él) quien venía a hacerles una visita y a hablar de las gloriosas redadas de otro tiempo, cuando se empezaba el brillantísimo servicio deteniendo por rojo al sereno de la demarcación. Castillo había estado en la Social, practicando registros domiciliarios, y llevado de su fino olfato había efectuado detenciones memorables, como la de un periodista deportivo que luego llegó a ser amigo de Méndez. La cosa había ido exactamente así:
Castillo había entrado en el domicilio del periodista, que pese a estar en la sección de deportes tenía amplias aficiones culturales, y ya al poner los pies en el recibidor había entrevisto una habitación con una biblioteca. Eso le demostró que su olfato no le engañaba: acababa de entrar en la guarida de un rojo peligrosísimo. «Vaya, hombre… De modo que encima una biblioteca.»
Y la había repasado con ojos ávidos. Muchas novelas, mucho Pérez Galdós, algún Pereda, algún Blasco Ibáñez… Y de pronto un grueso libro: El Capital. Pero los ojos de Castillo habían pasado por encima del título sin que en ellos se insinuara la más mínima sospecha. ¿Por qué iba a recelar de un libro titulado El Capital? ¿No estaba sirviendo él, Castillo, a un régimen capitalista? Pero al cabo de unos instantes alzó los brazos. ¡Al fin! Allí estaba un libro titulado La República, de un tal Platón. Castillo se volvió hacía el periodista y le gritó: «¿De modo que La República, eh? Y encima lo tienes ahí, para hacer propaganda. Pues te has caído con todo el equipo, cabrón.»
Y se lo llevó convenientemente detenido.

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