Fialho de Almeida. La Pelirroja.

octubre 31, 2007

Periférica, 2006. 156 páginas.
Tit. Or. A Ruiva. Trad. Antonio Sáez Delgado.

Fialho de Almeida, La Pelirroja
Mala vida

Comenté en la entrada sobre Mark twain que seguro que se podía ganar dinero cogiendo libros sin derechos y editándolos de cualquier manera. Pero también se puede hace lo contrario. Buscar textos sin derechos pero desconocidos o no publicados en nuestro país y editarlos con cuidado y buen gusto. Esto es lo que ha hecho la editorial Periférica y no sé si ganarán dinero, pero su labor es de agradecer.

La pelirroja es la hija de un enterrador, bastante guapa. Se amanceba con un muchacho gracias a una tercera, en parte por salir de la miseria, en parte por disfrutar del sexo. Pero como no tiene ni oficio ni beneficio la relación empieza a ir mal y Carolina, la pelirroja, va degradándose poco a poco.

Su carga erótica pasa desapercibida en pleno siglo XXI, pero seguro que en el XIX escandalizó lo suyo. El libro es una delicia, tierno y a la vez crudo como la autopsia del cadáver que realiza el doctor. A destacar el ambiente sórdido, la descripción de los personajes y la ausencia de moralina -pese a ser la historia de una degradación.

El libro una joya y la edición, excelente.

Escuchando: Para toda la vida . Fito & Fitipaldis.


Extracto:[-]
No había conocido a su madre, nunca la había besado una mujer buena y el sepulturero no reprimía ante ella sus brutales manifestaciones. Entregada a sí misma, chamuscada por caricias pérfidas de hombres entregados al rumbo habitual de su bestialidad, había crecido en ese ambiente. Sin embargo, aún había dentro de ella un rasgo ideal e inexplicable, cierta virginidad infantil: rezaba por las noches.

A veces la acorralaban tristezas íntimas, el insomnio le trituraba la salud como en un almirez de bronce. Sin saber por qué, era desgraciada. Deseaba ser como la pequeña que vino un día a coser a la puerta de una carbonería, con una rosa en las trenzas. Pero, de repente, algo la arrojaba ál condenado recuerdo de los hombres dormidos en la sala del velatorio, y los veía salir de las mortajas hilvanadas, sonrientes, con vida; alargaban los brazos, buscándola; roídos por los gusanos, muchos venían, como en el baile de Roberto, a rozarla en las caderas con sus miembros escuálidos y podridos.

Y aturdida, observando en el vacío aquella visión candente, miserable a sus quince años, se sentaba, extenuada y débil, a la sombra de los viejos cipreses y de las tumbas soberbias, dando golpes con la cabeza, y con el alma revuelta por emociones criminales. Muchas veces era ya de noche cuando volvía sola a casa, fuera del cementerio.

Su padre se quedaba envuelto en una manta, con un gorro de lana negra, por cuyos agujeros asomaba el pelo. Se acostaba en la concavidad de alguna vieja tumba vacía. Si helaba, levantaba la tapa de una sepultura familiar para echarse en los huecos, entre ataúdes de plomo.

Ya estaba acostumbrado a aquella jarana, y después, así, no se despertaba por las mañanas en la cama y podía empezar temprano el trabajo, regando de madrugada los arriates de las familias que le pagaban por ese trabajo, barriendo de los pedestales las flores secas que el viento arrancaba de los ramos, y en plena noche, con pasos lentos y afligidos, en las trágicas encrucijadas de los cipreses, reanimando o encendiendo los candiles apagados por las ráfagas del nordeste, con el rollo entre los dedos.

2 comentarios

  • Magda noviembre 1, 2007en3:31 am

    La trama parece sencilla y el tema interesante, aunque creo que es triste ¿verdad?

  • Palimp noviembre 1, 2007en1:42 pm

    No sé si triste es la palabra adecuada… es una vida desperdiciada.

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