Conde de Lautreamont. Los cantos de Maldoror.

enero 26, 2022

Conde de Lautreamont, Los cantos de Maldoror
La otra orilla, 2007. 252 páginas.
Tit. or. Les chants de Maldoror. Trad. Manuel Serrat Crespo.

Cánticos del cruel Maldoror, que lo mismo te mata a una niña que blasfema contra el creador, todo ello con una prosa asfixiante y envolvente. Un clásico que influyó en muchos autores del principio del siglo XX y con unas imágenes que, en su momento, debieron perturbar mucho a los lectores.

Entiendo su influencia, comprendo que fuera un revulsivo, e incluso hay muchas páginas que me han sorprendido por su crudeza y sus imágenes sugerentes que no te dejan indiferente. Pero hay muchísimas más páginas que me han resultado infumables en su barroquismo y el dar vueltas a los mismos conceptos que tampoco es que tengan ningún destino.

Creo que merece la pena darle una oportunidad por esos destellos que brillan aquí y allá, que te pegan una buena sacudida. Pero, personalmente, la mayor parte del libro me la podría haber evitado.

Curioso.

Era un día de primavera. Los pájaros derramaban sus cánticos en trinos, y los seres humanos, entregados a sus diferentes deberes, se bañaban en la santidad del cansancio. Todo trabajaba en su destino: los árboles, los planetas, los escualos. ¡Todo, excepto el Creador! Estaba tendido en el camino con los vestidos destrozados. Su labio inferior colgaba como una cuerda somnífera, sus dientes no estaban lavados y el polvo se mezclaba con las ondas rubias de sus cabellos. Amodorrado por un denso sopor, machacado por los guijarros, su cuerpo hacía inútiles esfuerzos para levantarse. Sus fuerzas le había abandonado, y yacía allí, débil como la lombriz de tierra, impasible como la corteza. Oleadas de vino llenaban las huellas creadas por los sobresaltos nerviosos de sus hombros. La brutalidad de jeta de cerdo lo cubría con sus alas protectoras y le arrojaba una mirada amorosa. Sus piernas, con los músculos relajados, barrían el suelo, como dos mástiles ciegos. La sangre manaba de sus narices: en su caída el rostro se había golpeado contra un poste… ¡Estaba borracho! ¡Horriblemente borracho! ¡Borracho como una chinche que ha chupado durante la noche tres toneles de sangre! Llenaba el eco de palabras incoherentes, que me guardaré de repetir aquí; si no se respeta al borracho supremo, yo debo respetar a los hombres. ¿Sabíais que el Creador… se emborrachaba? ¡Piedad para ese labio manchado en las copas de la orgía! El erizo que pasaba le hundió sus púas en la espalda y dijo: «Eso para ti. El sol está en la mitad de su carrera; trabaja, holgazán, y no te comas el pan de los demás. Espera un poco y me vas a ver, si llamo a la cacatúa de pico ganchudo». El picoverde y la lechuza que pasaban le hundieron el pico entero en el vientre y dijeron: «Eso para ti. ¿Qué vienes a hacer a esta tierra? ¿Es para ofrecer esta lúgubre comedia a los animales? Ni el topo, ni el castor, ni el flamenco te imitarán, te lo juro». El asno que pasaba le dio una coz en la sien y dijo: «Eso para ti. ¿Qué te hice yo para me dieras unas orejas tan largas? Hasta el grillo me desprecia». El sapo que pasaba le lanzó un chorro de baba a la frente y dijo: «Eso para ti. Si no me hubieras hecho el ojo tan grande, no te hubiera visto en el estado en que estás, y habría ocultado castamente la belleza de tus miembros bajo una lluvia de ranúnculos, de nomeolvides y de camelias, para que nadie te viera». El león que pasaba inclinó su real rostro y dijo: «Yo lo respeto, aunque su esplendor nos parezca por el momento eclipsado. Vosotros, que pasáis por orgullosos y no sois más que cobardes, puesto que lo habéis atacado mientras dormía, ¿os alegraría si puestos en su lugar tuvierais que soportar, por parte de los que pasan, las injurias que no le habéis ahorrado?». El hombre que pasaba se detuvo ante el Creador desconocido, y, con los aplausos de la ladilla y de la víbora, ¡defecó durante tres días sobre su rostro augusto! ¡Desgraciado sea el hombre a causa de esta injuria, pues no ha respetado al enemigo caído en la mezcla de barro, sangre y vino, indefenso y casi inanimado!… Entonces, el Dios soberano, despertado al fin por todos estos mezquinos insultos, se levantó como pudo; tambaleándose, fue a sentarse en una piedra, con los brazos colgando como los dos testículos de un tuberculoso, y lanzó una mirada vidriosa, apagada, sobre toda la naturaleza, que le pertenecía. Oh humanos, sois niños terribles, pero os lo suplico, perdonemos a esta gran existencia que aún no ha terminado de incubar el licor inmundo, y no habiendo conservado suficiente fuerza para mantenerse erguido, ha vuelto a caer pesadamente sobre esta roca en la que está sentado, como un viajero Prestad atención a ese mendigo que pasa: ha visto que el faquir extendía un brazo hambriento, y, sin saber a quien daba limosna, ha dejado un trozo de pan en esa mano que implora misericordia. El Creador le ha expresado su agradecimiento con un movimiento de cabeza. ¡Oh, nunca sabréis qué difícil es sostener constantemente las riendas del universo! A veces la sangre se sube a la cabeza cuando uno se dedica a sacar de la nada un último cometa con una nueva raza de almas. La inteligencia, demasiado removida de arriba abajo, se retira como un vencido, y puede caer, una vez en la vida, en los delirios de que habéis sido testigos.


Soy sucio. Los piojos me corroen. Los cerdos cuando me miran vomitan. Las costras y las escaras de la lepra han descamado mi piel, cubierta de pus amarillento. No conozco el agua de los nos ni el rocío de las nubes. En mi nuca, como en un estercolero, crece un enorme hongo, de pedúnculos umbelíferos. Sentado en un mueble deforme, no he movido mis miembros desde hace cuatro siglos. Mis pies han echado raíces en el suelo, y componen, hasta la altura de mi vientre, una especie de vegetación vivaz, llena de innobles parásitos, que no deriva aún de la planta, y tampoco es ya carne. Sin embargo mi corazón late. Pero ¿cómo latiría si la podredumbre y las exhalaciones de mi cadáver (no me atrevo a decir cuerpo) no lo nutrieran abundantemente? Bajo mi axila izquierda una familia de sapos ha fijado su residencia, y, cuando uno de ellos se mueve, me hace cosquillas. Tened cuidado de que no se escape uno y vaya a arañar con su boca el interior de vuestro oído: sería capaz de penetrar a continuación en vuestro cerebro. Bajo mi axila derecha hay un camaleón que les da caza perpetuamente para no morirse de hambre: es preciso que cada uno viva. Pero cuando una parte hace que fracase la astucia de la otra, al no encontrar nada mejor con que molestarse, chupan la grasa delicada que recubre mis costillas: ya estoy acostumbrado. Una víbora perversa ha devorado mi verga y ha ocupado su lugar: la infame me ha convertido en un eunuco. Oh, si hubiera podido defenderme con mis brazos paralíticos; aunque creo más bien que se han transformado en dos leños. Sea lo que sea, lo que importa es constatar que la sangre ya no llega hasta ellos para pasear su rubor. Dos pequeños erizos, que no crecen más, arrojaron a un perro, que no lo rechazó, el interior de mis testículos: lavada cuidadosamente la epidermis, ellos se alojaron dentro. El ano ha sido obstruido por un cangrejo; animado por mi inercia, custodia la entrada con sus pinzas y me hace mucho daño. Dos medusas atravesaron los mares, súbitamente atraídas por una esperanza que no les ha defraudado. Examinaron con cuidado las dos partes carnosas que forman el trasero humano, y, asiéndose con fuerza a su contorno convexo, las han aplastado de tal forma por medio de una presión constante, que los dos trozos de carne han desaparecido, quedando dos monstruos surgidos del reino de la viscosidad, iguales en color, forma y ferocidad. ¡De mi columna vertebral no habléis, pues es una espada! Sí, si… no le prestaba atención… vuestra demanda es justa. ¿Deseáis saber, no es cierto, cómo se encuentra implantada verticalmente entre mis riñones? Yo mismo no lo recuerdo muy bien; sin embargo, si me decido a tomar por un recuerdo lo que acaso no es más que un sueño, sabed que el hombre, cuando supo que yo había hecho votos de vivir enfermo e inmóvil hasta haber vencido al Creador, caminó detrás de mí, de puntillas, pero no tan suavemente como para que yo no lo oyese. Después no percibía nada durante un breve instante. El agudo estoque se hundió hasta la empuñadura entre las paletillas del toro de la fiesta, y su osamenta se estremeció lo mismo que un temblor de tierra. La hoja quedó adherida tan fuertemente al cuerpo que nadie, hasta ahora, ha podido extraería. Los atletas, los mecánicos, los filósofos, los médicos han intentado sucesivamente los procedimientos más diversos. ¡No sabían que el daño que hace el hombre no puede deshacerse! Les perdoné la profundidad de su innata ignorancia y les saludé con mis párpados. Viajero, cuando pases cerca de mí, no me dirijas, te lo ruego, ni una palabra de consuelo: debilitarías mi audacia. Déjame avivar mi tenacidad en la llama del martirio voluntario. Vete… que no te inspire ninguna piedad. El odio es más altivo de lo que crees; su conducta es inexplicable, como la aparente quebradura de un bastón sumergido en el agua. Tal como me ves, yo puedo hacer todavía excursiones hasta las murallas del cielo, a la cabeza de una legión de asesinos, y regresar para adquirir esta postura y meditar de nuevo sobre los nobles proyectos de la venganza. Adiós, no te retendré por más tiempo, y, para instruirte y preservarte, reflexiona en la suerte fatal que me ha conducido a la rebeldía, cuando acaso yo había nacido siendo bueno. Contarás a tu hijo lo que has visto, y, tomándolo de la mano, hazle admirar la belleza de las estrellas y las maravillas del universo, el nido del petirrojo y los templos del Señor. Te extrañarás de verlo tan dócil a los consejos de la paternidad, y lo recompensarás con una sonrisa. Pero, cuando él crea que no es observado, échale una mirada, y lo verás escupir su baba sobre la virtud; te ha engañado el que es descendiente de la raza humana, pero no te engañará más: tú sabrás en adelante lo que llegará a ser. Oh padre infortunado, prepara, para acompañar los pasos de tu vejez, el cadalso indeleble que cortará la cabeza de un criminal precoz, y el dolor que te mostrará el camino que conduce a la tumba.

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