Charles Stross. Accelerando.

marzo 31, 2020

Charles Stross, Accelerando
Bibliópolis, 2011. 352 páginas.
Tit. or. Accelerando. Trad. Carlos Pavón.

Recorrido por la historia de un futuro en el que la singularidad tecnológica ha sucedido y se va -como dice el título- acelerando. Un mensaje extraterrestre permite descubrir una especie de routers espaciales que nos permiten viajar a diferentes puntos del universo.

Un libro con una cantidad de ideas muy interesantes: el computronio -finalidad de toda la materia, convertirse en materia pensante- los cerebros matrioskas, los oráculos de Turing, esos routers misteriosos y lo que se encuentran en ellos, los finanfieros, las capas y capas de inteligencia artificial que subyacen a todos los procesos.

Pero todas esas ideas no se articulan en nada, quedan como un fondo ‘mágico’ sobre el que se desarrollan las aventuras de los protagonistas que tienen un comportamiento de persona normal del siglo XX pese al entorno que les rodea. Se me hace difícil de creer que tras pasar la singularidad tecnológica las cosas cambien tan poco. Me imagino algo como esta intro de los Simpsons:

En fin, entretenido pero decepcionante. Aquí reseñas elogiosas: Accelerando y Accelerando.

Se deja leer.

Como copias, viviendo en un espacio simulado. Si primero desmantelas todos los planetas y utilizas los materiales resultantes para construir un cerebro matrioska.
—Ah. —Sadeq asiente pensativo—. ¿También es ésa tu definición? —pregunta levantando la vista para mirar al punto luminoso que el fantasma emplea para indicar su presencia.
—Básicamente —dice casi a regañadientes.
—¿Básicamente? —Amber mira a su alrededor. «Mil millones de mundos por explorar», piensa entusiasmada. «¿Y eso es sólo el cortafuegos?» Se siente vagamente engañada. Uno tendría que ser muchísimo más que un simple humano para poder contar los dígitos de las astronómicas cifras que todo esto implica, pero en lo esencial es perfectamente comprensible. Éste es el tipo de civilización en la que papá decía que ella podría acabar viviendo, dentro de la esperanza de vida de su cuerpo de carne. Papá y sus compañeros de borrachera cantando «¡Desmantelad la Luna! ¡Fundid Marte!» en un castillo a las afueras de Praga mientras esperaban los resultados de unas elecciones descaradamente manipuladas en la tercera década del tercer milenio. El Partido del Espacio y la Libertad conquistando la CE y alcanzando la velocidad de escape. ¡Pero se supone que esto está a kiloparsecs de casa, que hablamos de antiguas civilizaciones alienígenas y todo eso! ¿Dónde está la superciencia exótica? ¿Qué fue de las estrellas neuronales, de los soles de materia extraña estructurados para la computación a velocidades no ya electrónicas sino nucleónicas? «Esto me da mala espina», piensa, y genera una copia de sí misma para establecer un canal privado con Sadeq—. No es lo bastante avanzado. ¿Crees que esta gente podría ser como los Finanfieros? ¿Parásitos o bárbaros que simplemente se han subido a la máquina?
—¿Crees que nos están mintiendo? —contesta Sadeq por el canal. —Hmm. —Amber se pone en marcha hacia la plaza, bajando hacia el centro de la falsa ciudad—. A mí me parece un poco demasiado humano. —Humano —repite Sadeq, con una curiosa nostalgia en la voz—. ¿No dijiste que los humanos se habían extinguido?
—Vuestra especie se ha quedado obsoleta —comenta el fantasma con tono petulante—. Mal adaptada a las realidades artificiales. Círcuitería mal optimizada, sensores de ancho de banda bajo excesivamente complejos, variables globales caóticas…
—Sí, sí, me hago una idea —dice Amber dirigiendo su atención a la ciudad—. Entonces, ¿por qué piensas que podemos encargarnos de ese dios alienígena que te está dando problemas?
—Preguntó por ti —dice el fantasma, pasando de ser una elipse a una línea y luego encogiéndose hasta transformarse en un punto brillante adimensional—. Y ahora viene hacia aquí. Nosotros-yo no queremos arriesgarnos a exponernos. Llámanos-me cuando hayas matado al dragón. Adiós.
-Oh, mierda… —Amber se da la vuelta. Pero ella y Sadeq están solos I hijo un sol de justicia. La plaza, al igual que la de la República Guardería, es rústica de un modo que resulta encantador, pero está desierta: sólo hay recargados muebles de hierro forjado tostándose bajo el sol cegador, una mesa con una sombrilla y junto a ella algo peludo despatarrado en una Huincha de luz en el suelo.
—De momento parece que estamos solos —dice Sadeq. Sonríe torciendo la boca y señala la mesa con la cabeza—. Tal vez deberíamos esperar a que llegue nuestro anfitrión.
—Nuestro anfitrión. —Amber echa un vistazo a su alrededor—. El alie-nipona ese tiene acojonado al fantasma. Me pregunto por qué.
—Preguntó por nosotros. —Sadeq se dirige hacia la mesa, saca una silla y se sienta con cuidado—. Eso podría ser una muy buena noticia, o tina muy mala.
—Hmm. —Amber termina su inspección; no ve signos de vida por ninguna parte. A falta de una idea mejor se acerca tranquilamente a la mesa y se sienta enfrente de Sadeq. Parece algo nervioso bajo su atenta mirada, pero tal vez sólo sea vergüenza por haberla visto en paños menores. «Si ésa fuera mi vida eterna, también estaría avergonzada», se dice Amber.
—Eh, has estado a punto de pisar… —Sadeq se queda inmóvil, tratando de ver algo cerca del pie izquierdo de Amber. Por un instante parece perplejo y luego sonríe abiertamente—. ¿Qué haces tú aquí? —le pregunta al punto ciego de ella.
—¿Con quién hablas? —le pregunta ella sorprendida.
—Está hablando conmigo, so boba —dice algo que le resulta tentadoramente familiar desde su punto ciego—. Conque los tontainas están intentando utilizarte para sacarme, ¿hmm? No se puede decir que sea ingenioso.
—¿Quién…? —Amber mira al suelo entrecerrando los ojos, y genera un montón de fantasmas que manipulan precipitadamente las listas de control de acceso que le permiten modificar la realidad. Nada parece afectar a la ceguera—. ¿Eres el alienígena?
—¿Qué otra cosa podría ser? —pregunta el punto ciego con acerba ironía—. No, soy la gata de tu padre. Escucha, ¿quieres salir de aquí?
—Eh. —Amber se restriega los ojos—. No puedo verte, seas lo que seas —dice cortésmente—. ¿Te conozco? —Tiene la extraña sensación de que sí conoce al punto ciego, de que es muy importante, y le falta algo muy personal, algo que define su sentido de la identidad, pero no sabría decir qué puede ser.
—Sí, niña. —La no voz que sale de la nebulosa mancha del suelo tiene algo de ese aire jocoso propio de alguien que está de vuelta de todo—. Os han manipulado hasta la médula, a los dos. Dejadme entrar y lo arreglaré.

2 comentarios

  • Cities: Walking marzo 31, 2020en8:50 am

    Lo he intentado con Stross un par de veces y no hay manera. En ambos casos a las pocas páginas me fue más que evidente que no ninguno de esos libro era para mí (juraría que uno era Accelerando). Ahora que la intro de los Simpsons que has incluido es puro arte, ¡lo que me he podido reír!
    XD

  • Palimp marzo 31, 2020en12:28 pm

    A mí últimamente me cuesta encontrar ciencia ficción de calidad. Muchos libros de ahora o bien caen en el best seller descarado, o meten adelantos científicos que son más mágicos que científicos, o como en este caso plantean futuros hipertecnológicos en los que las personas se comportan como si todavía se escribieran cartas. Pero bueno, siempre nos quedarán los clásicos.
    La intro de los Simpsons, una de las mejores.

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