Boris Vian. A tiro limpio.

octubre 29, 2020

Boris Vian, A tiro limpio
Tusquets, 2009. 116 páginas.
Tir. or. Trouble dans les andains. Trad. Juan Manuel Salmerón Arjona.

Robo la sinopsis:

Cuatro son los protagonistas de esta loca historia. Adelfín, refinado aristócrata de dudoso gusto. Serafinio, un übermacho con instintos incontrolables y virilidad a prueba de bombas. El mayor Loostiló, un militar en la reserva amigo del conde y Antioquío, compinche del militar. Todos ellos irán tras un misterioso objeto: el barbarón bífido. Dicha reliquia ha sido sustraída a Adelfín y sustituida por una vulgar imitación. A partir de ahí comienza una desbocada persecución en pos de recuperar la extraña pertenencia. Nuestra cordura se verá resentida. La salud de algunos de los personajes también.

Novela muy primeriza de Boris Vian, un artefacto dadaísta donde se mezcla el humor absurdo, la parodia y los juegos de palabras al servicio de una trama sin sentido donde se encadenan situaciones cada vez más sacadas de quicio.

Personalmente, a pesar de que tiene su gracia, creo que no está a la altura del resto de su obra, y me ha decepcionado un poco. Pero se deja leer. Otras reseñas: A tiro limpio (de aquí he copiado sinopsis), A tiro limpio y A tiro limpio.

Para curiosos.

Capítulo X. A oscuras

Un vago temor invadió al conde cuando reflexionó en las evidentes desventajas de la situación. Sera-finio canturreaba una vieja canción española que le enseñó su madre y cuyo significado había olvidado hacía mucho. Le acudía a la mente en los momentos de viva emoción. Adelfín, que no ignoraba este detalle, le pasó varias veces la mano por el lomo para apaciguarlo. Se-rafinio enmudeció. Pero las velludas piernas le temblaban. Nunca había podido soportar la visión de la nada.

Adelfín se registró el bolsillo del chaleco y sacó el mechero Dunhill bañado en oro que la duquesa Adé-mahye de Chivocornio le regaló el día que ganó la carrera al trote en dieciocho hoyos del Gran Premio de los Deportistas de Saint-Germain. Maldijo para sus adentros pensando que el mechero no se encendería, y al darle a la ruedecilla el mechero no se encendió. Dedujo entonces que le faltaba gasolina.

-¡Serafinio! -dijo a media voz.

-¿Sí, Adelfín?

-¿Tienes gasolina?

-¡Sí, Adelfín!

-Dame.
-Sí, Adelfín.

Y Serafmio le dio a Adelfín un bidón medio lleno de gasolina con el que acababa de tropezar.

Instantes después, un tenue resplandor nimbaba la sombra grotesca y oscilante que los dos hombres proyectaban en las paredes.

-Así está mejor -dijo suspirando el conde-. ¿Dónde estamos?

-Ojalá lo supiera -rezongó Serafmio-. Yo diría que estamos en un apuro, pero es un punto de vista que no te obligo a adoptar.

De pronto Adelfín se metió la mano en el bolsillo derecho del pantalón negro; palideció, los dientes le rechinaron, la cara se le tiñó de un color entre el de la perla y el de un hermoso cielo mediterráneo, y en voz baja bramó:

-¡Serafmio! ¡Me han robado el BARBARÓN BÍFIDO!

-¡Todo se aclara! -exclamó Serafmio… pues la luz había vuelto de pronto.

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