
Manos de pan, 2025. 156 páginas.
La autora cuenta su migración a Rupit, dejando su ciudad de Buenos Aires y a sus hijos siguiendo a su pareja. Una ida y vuelta de recuerdos entre el pasado que se deja atrás y el futuro complicado que tiene que ir construyendo. Todo mezclado con el guión de un podcast sobre el movimiento en contra de unas minas de uranio de la zona.
Estando bien escrito la verdad es que todo lo que me cuenta me ha interesado bien poco, lo que no quita para que guste entre un público más receptivo. A mí me ha parecido ni fu ni fa.
Se deja leer.
Rupit i Pruit, Barcelona, Catalunya.
Junio 2023.
La verdadera distancia no es espacial, es temporal. Hasta hace nada eran cuatro horas menos, pero con la cercanía del verano los días se alargan, se retrasa el reloj y ahora tienes a tus hijos a cinco horas de distancia. El sol se pone detrás de la montaña, son las nueve de la noche y todavía no se ha escondido. Deberían cenar, pero cómo hacerlo de día. Hablas con tu hija, apenas te presta atención; está ocupada, son las cuatro de la tarde y viaja hacia la facultad. Fumarías un cigarrillo, pero has dejado de fumar un par de meses antes de venirte a Rupit. Te retas a ti misma, te exiges demasiado, no puedes migrar y dejar el cigarrillo. Te crees omnipotente. Por suerte, no has interrumpido tus sesiones con el psicólogo que te ayuda a recordar tus miserias. Esta Bibiana que eres aquí nunca ha fumado, vida nueva. Te sirves una copa de vino y sales al patio. Juan aprovecha que el sol ya no quema para quitar los yuyos, usa unos guantes que lo protegen, todavía quedan algunas ortigas traicioneras escondidas. Cuesta diferenciar qué es césped sembrado y qué es planta invasora de nombre desconocido. Miras la hilera de brotes, los girasoles son los únicos sobrevivientes de la última helada. La Isabel te ha dicho que ya no habrá más. Te preguntaste cómo lo sabía, pero sabes la respuesta. Lo pondrían en el calendario de 2023 que no te ha podido dar porque lo tenía en uso. Todos ellos saben cosas que tú ni siquiera imaginas.
CCompraste nuevos geranios. Brillan rojos sobre la pared baja de piedra antigua. Ofreces una copa a Juan, que te sonríe agachado; la tomará cuando termine de puntear con su pequeña pala el contorno de los girasoles. A las dos pequeñas hojitas le ha continuado un tallo fino que se eleva firme. La hilera de girasoles bebés se distingue del resto
de los yuyos invasivos, una línea recta y ordenada, paralela a la pared 11 íedianera, que impone respeto. Los observas sin lograr quererlos: hay .ligo de la terquedad con que sostienen su equilibrio que no te parece adecuada. Miras el calendario de 2022. No hay ninguna mención a los girasoles. Lees que es tiempo de sembrar hortalizas: carabasses, porros, apis, cebollins, cards blancs, tomàquets, alberginies. Ahora sí podrías plantar muchas flores coloridas. Te prometes hacerlo el año próximo, como si gozaras de la certeza de la permanencia, como si jamás dudaras de dónde te pillará la próxima primavera.
Esta aventura que se han propuesto tiene fecha de caducidad, aunque ninguno de los vecinos lo sepa. Asumes que antes de que vuelva el frío se habrán ido. Te sientes un poco traicionera, Julio y Marimar son ahora tus amigos, deberías alertarlos. Pero es que en Rupit no existe el alquiler temporal: si hubieras dicho la verdad desde el inicio no habrías podido alquilar los baixos de la casa ni tendrías este patio ni veríais estas montañas, los árboles por fin cubriéndose de brotes. Tampoco te hubieran entendido, pero eso lo comprendes recién ahora. O quizá son ellos quienes llevan la razón, son ellos quienes te engañaron a ti, a sabiendas de que planeabas una estancia corta, pero sabedores de la imposibilidad de abandonar este sitio. Miras la pared de piedras sobre la que los pequeños girasoles proyectan su sombra gracias a los últimos rayos de sol. Intentas leer el mensaje que esconden en los intersticios, la receta del maleficio de este pueblo mágico que se te ha metido en las venas.
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