Alvin W. Gouldner. El futuro de los intelectuales y el ascenso de la nueva clase.

marzo 15, 2024

Alvin W Gouldner, El futuro de losintelectuales y el ascenso de la nueva clase
Alianza editorial, 1980. 134 páginas.
Tit. or. The future of intellectuals and the rise of the new class. Trad. Néstor Mínguez.

Ensayo de enfoque marxista de la aparición de la nueva clase de los intelectuales, que parece no encuadrarse ni dentro del proletariado ni en la burguesía, tomando parte de unos y de otros, estando de lado de los dos sitios, puesto que los intelectuales colaboran con el poder pero a la vez las universidades son lugares de nacimiento de posiciones críticas con el poder e incluso revolucionarias.

Tiene formato de tesis, con una serie de apartados y puntos sucesivos, no hay un hilo conductor ni narrativo ni mucho menos divulgativo. Teniendo en cuenta que tiene más de 40 años muchas cosas de las que dice están muy desfasadas pero aquí y allá se encuentran cosas interesantes.

Lo que no creo que se hubiera imaginado el autor es que cierta parte de los intelectuales se convertirían -vía fuerza de trabajo, ojo- en la nueva clase dominante. Según la lista Forbes de los 10 hombres más ricos del mundo 7 son dueños de tecnológicas, que han llegado ahí vía desarrollos informáticos.

Me ha suscitado reflexiones propias, como que el sistema ha caído en su propia trampa, puesto que necesita intelectuales -de momento- para mantener el sistema en marcha pero a la vez esas personas formadas pueden ser críticos con el status quo. Por otro lado el acceso más o menos universal a la formación está sirviendo de método extractivo de talento del proletariado, eliminando futuros líderes.

Para pensar.


5.17. La nueva ideología sostiene que la productividad depende principalmente de la ciencia y la tecnología y que los problemas de la sociedad son solubles tecnológicamente, mediante el uso de la competencia técnica adquirida en la educación. Aunque esta ideología despolitíza el ámbito público, y en parte a causa de ello, no puede ser interpretada sencillamente como una legitimación del statu quo, pues la ideología del proceso tecnológico autónomo niega legitimidad a todas las clases sociales que no sean la Nueva Clase. El uso de la ciencia y la tecnología como ideología legitimadora está al servicio de la Nueva Clase, pues elogia las funciones que desempeña, las habilidades que posee y sus credenciales basadas en la educación, y de este modo refuerza las pretensiones de la Nueva Clase sobre los ingresos dentro del statu quo en que vive. Al presentar la tecnología como un recurso social impersonal y autónomo, la Nueva Clase se oculta a sí misma y oculta su papel en el proceso, y el modo en que busca una renegociación de los ingresos favorables para ella.
5.18. La teoría de la cultura como capital se origina, al parecer, en el mismo padre putativo de la sociología, Auguste Comte, el secretario e «ingrato» discípulo del gran socialista utópico Henri de Saint-Simon. En su Sistema de orden social35, capítulo segundo, Comte hizo comentarios sobre el origen del capital en el trabajo, en la capacidad humana de producir más de lo que puede consumir —esto es, de obtener un excedente— y en la durabilidad de parte de él, lo cual permite su acumulación a través de las generaciones y su transmisión a lo largo del tiempo. Pero esto es exactamente lo que implica el concepto antropológico de «cultura». Comte se hallaba, en este temprano momento, entre la economía política y la sociología, donde la cultura y el capital se mezclaban y eran intercambiables, y donde podía decirse que «la base del desarrollo social» era el capital o la cultura. Los conceptos nacientes de «cultura» y «capital» fueron hermanos siameses unidos por la espalda: la cultura era capital generalizado y el capital era cultura privatizada.
En efecto, fue la transformación de la cultura en propiedad, cuyos ingresos podían ser apropiados o legados privadamente, a lo que los economistas clásicos habían llamado «capital». El capital era la apropiación privada de la cultura, el cercamiento privado de bienes comunes.
5.19. Si una parte cualquiera de la cultura ha de ser «capital», debe haber apropiación privada de los bienes que produce, cuando está protegida por la costumbre y el Estado. La cultura se hace capital cuando es «capitalizada», lo cual significa: cuando los ingresos son apartados para los que poseen cultura o ciertas formas de ella, mientras se niega esos ingresos a quienes carecen de ella. El capital, pues, constituye por sí mismo una ventaja; quienes lo tienen se aseguran gratificaciones que están negadas a los que carecen de él. La provisión de ingresos especiales a quienes poseen cualquier habilidad culturalmente adquirida, mediante salarios, honorarios, patentes, derechos de autor o el otorgamiento de credenciales, es la capitalización de la habilidad.
El otorgamiento de credenciales es la certificación por alguien o por un grupo, considerado como una autoridad competente, de que el individuo aludido posee ciertas habilidades culturales. La reserva de ciertos cargos, beneficios o trabajos —como la reserva de ingresos— para quienes tienen las credenciales pertinentes, como en cualquier sistema burocrático, meritocrático o de administración pública, es la capitalización de estas habilidades culturales. La cultura se transmite mediante la educación y la socialización. En general, es sabido que quienes tienen mayor educación formal también tienen ganancias que exceden a las de quienes poseen menos educación, aunque parece que cada incremento en la educación produce incrementos decrecientes de los ingresos adicionales


14.4. La paradoja de la Nueva Clase consiste en que es al mismo tiempo emancipadora y elitista. Subvierte todos los órdenes establecidos, los límites sociales y los privilegios, incluidos los propios. La Nueva Clase tiene una cultura del discurso crítico y cuidadoso que es una racionalidad históricamente emancipadora. El nuevo discurso (CDC) es el fundamento para una crítica de las formas establecidas de dominación y proporciona una vía de escape de la tradición, pero también lleva las simientes de una nueva dominación. Su discurso es una pesada maquinaria de argumentación que puede marchitar la imaginación, anular el juego y frenar la expresividad. La cultura del discurso de la Nueva Clase trata de controlar todo, tanto a su tema como a sí misma, en la creencia de que tal dominación es el único camino hacia la verdad. La Nueva Clase comienza monopolizando la verdad y convirtiéndose en su guardián. De este modo, hace depender de ella hasta las pretensiones de la vieja clase. La Nueva Clase se coloca por encima de las otras, al sostener que su lenguaje es mejor que el de ellas; que la vida examinada (su examen) es superior a la vida no examinada, la cual, dice, sólo es sueño y no es mejor que la muerte. Aunque subvierte las viejas injusticias, la Nueva Clase inaugura silenciosamente una nueva jerarquía del saber, de los informados, los reflexivos y penetrantes. Quienes hablan bien, sostiene, superan a los que hablan pobremente o no hablan en absoluto. Ahora no basta con ser sencillamente bueno. Ahora hay que explicarlo. La Nueva Clase es el embrión de la clase universal, pero sumamente agrietada.

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