Álvaro Cortina. Deshielo y ascensión.

mayo 7, 2020

Álvaro Cortina, Deshielo y ascensión
Jekyll & Jill, 2013. 328 páginas.

Hablaba el otro día (vía telemática como manda la situación) sobre las editoriales que te dan confianza. Sabes que puedes leer cualquier libro de su catálogo que te podrá gustar más o menos pero que no te va a decepcionar. Con Jekyll & Jill lo que me pasa es curioso: primero aplaudo la calidad de sus ediciones, que muchas veces incluyen material extra muy vistoso, segundo las obras de su catálogo las amo o las odio.

En este caso me enamoré a primera vista. Una novela de ciencia ficción atípica, con mucha calidad literaria, que se estructura a través de cuatro narraciones ambientadas en un mismo universo que no se explica pero se adivina a través de la información que va dando el autor de soslayo. El típico autor del que empiezas a buscar todo lo que ha escrito y del que, por desgracia, no encuentras nada más.

Otras reseñas: Deshielo y ascensión y Deshielo y ascensión.

Muy recomendable.

Se inclinó mucho hacia mí y me preguntó si sabía yo algo de los fagobitas. Mis hijos reían en alto, motivados por las gracias y desgracias del sol constante. Marr ponía caras extrañas. Mirando al otro extremo de la mesa, le di algún dato suelto, rápido, sin gran convencimiento. Le hice referencia sucinta a sus ritos más conocidos (en especial la ingesta de cruces y otras maderas), que ya conocía («Sí, sí, eso ya, pero qué más»), su adopción de simbología cristiana arcaica, sus mutilaciones y la persecución que sufrieron. Seguidamente, le insistí de nuevo en la total imposibilidad de la existencia de la ermita. La consideraba parte de sus alucinaciones. Él me dijo aceptar el «noventa por ciento» de sus «figuraciones enfermizas» como tales. Por ejemplo, el miedo a los congrios eléctricos. Si bien, no mencionó la cuestión más peliaguda de las moscas y las larvas, que le llevó a cortarse partes del cuerpo. Pero quiso dejar claro que había estado realmente en la ermita antes de los accesos de locura. Se resistía cerrilmente a claudicar. «Porque, Stefano, si se fija, fue antes.» Yo, sin mirarlo: «Isaac, más bien fue simultáneo según su relato, ¿no? Tuvo alucinaciones después de dormir en la ermita, y quizá también antes». Y Erikson-Vargas, sosteniendo el tenedor y estirando el cuello, levantaba a duras penas la voz: «¿Cómo he sobrevivido si no?». Lo cual no era un mal apunte. Yo me quedé callado con un vago fastidio.
Pasé al tema «oficial» de la mesa para intentar evadirme. Lo dejé hablando solo en su esquina de mantel, a mi lado. Todos se reían de una broma acompañada de un gesto de Marr que no había podido escuchar ni ver. Me dio lo mismo. Sonreí ostensiblemente, casi con picardía, con auténticas ganas de huir del tema de Isaac. Solange empezó a soltar entonces unas carcajadas (a cuenta de lo de Marr, no a cuenta de mi picardía) que siempre me habían resultado muy graciosas. Mis hijos siguieron aquella alegría con su excedente de jovialidad. Y todos tan contentos. Menos Erik-
son-Vargas, que estaba a lo suyo. Hoy siento nostalgia de todo aquello. Uno de esos momentos concretos de, perdonen la pomposidad, bienaventuranza; una conquista tan irrenunciable como fugaz. Siento nostalgia también de mis noches con mis treinta y cinco discos. No era una gran colección, pero era muy mía.
El trabajo de examen de los testigos que traían los equipos que comandaba Hessen se intensificó durante los siguientes días. Pasaba muchas horas en mi despacho, embebido en mi escrupuloso estudio de las nuevas zonas. El sol devoraba todo por allí, y el verde progresaba por las campas: la consistencia de ambas cosas se nutrían mutuamente, era un aliento recíproco. En la lejanía, el paisaje era un prado saludable cualquiera, pero si uno se acercaba, sentía un fondo de ciénaga escarchada bajo las botas. Una perpetua generación de insectos que emergía iba descubriéndose a cada paso, como un polen negruzco con patas largas. Pensé en los miembros del pobre Erikson-Vargas que mis hombres no pudieron encontrar, descomponiéndose sin remedio, fundiéndose orgánicamente en aquella profusión sucia y energética del proceso equinoccial.
Durante aquellos días de aire pesado, húmedo (condición atmosférica poco elegante, por cierto), iba del laboratorio al pabellón central, donde me esperaban el despacho y mi escritorio, con una mesa de madera de cerezo pintada de azul. No me pareció fea cuando la vi en un escaparate de Sitka y la compré.

2 comentarios

  • Cities: Walking mayo 7, 2020en8:47 am

    Tomo buena nota. Se agradece la recomendación porque estoy muy necesitado de una buena novela de ciencia-ficción, que no estoy teniendo mucha suerte últimamente.

  • Palimp mayo 15, 2020en12:18 pm

    Espero que te guste. No es una novela de ciencia ficción al uso, por eso me gustó tanto. Ahora que el género está produciendo obras obvias y facilonas esta está muy trabajada.

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