Alex Rovira y Francesc Miralles. El laberinto de la felicidad.

marzo 8, 2012

Alex Rovira y Francesc Miralles, El laberinto de la felicidad
Santillana, 2007. 140 páginas.

Quien me proporcionó el libro ya me avisó de que era malo, pero tozudo de mí me empeñé en leerlo. Es peor.

La protagonista se pierde en el bosque de los lamentos y tiene que encontrar la salida del laberinto de la felicidad.

Autoayuda levemente disfrazada de ficción, con un mensaje tan claro como inane. Por si acaso se pierden las enseñanzas la prota las va apuntando en un cuadernito con letra bien grande. No aguanto los libros de autoayuda, por favor no contaminen la literatura con ellos.

Calificación: Infame.

Un día, un libro (190/365)

Extracto:
El explorador se puso de cuclillas, fijó bien su monóculo y, apoyado en su cazamari-posas, explicó con voz suave:
—Por qué estoy aquí no tiene importancia: lo único que cuenta es que busco la salida del Laberinto. Digamos que viajé muy lejos para encontrar algo que en realidad tenía muy cerca. ¿Lo entiendes?
—No del todo.
—Te lo explicaré con una historia que me contó un lama que conocí en un monasterio del Tíbet: Un hombre cumplió su sueño de viajar a la Luna, pero, durante el alunizaje, el cohete se averió sin remedio. El siempre había deseado ir hasta allí, pero se encontró con que no podía regresar a la Tierra y le quedaba sólo oxígeno para tres días. En ese tiempo era imposible que pudieran mandarle otro cohete para recogerlo o traerle más oxígeno. El astronauta supo entonces, por primera vez en su vida, qué era exactamente lo que quería: volver a casa y estar en la Tierra para llevar allí una vida simple y feliz. ¡Tuvo que viajar hasta la Luna para valorar algo que tenía tan cerca!
Ariadna se quedó muy pensativa al oír esta historia, que el explorador concluyó así tras una pausa:
—Todos somos como ese astronauta: vemos la felicidad en lo que está lejos, pero en realidad la tenemos mucho más cerca de lo que imaginamos.
Dicho esto, el explorador se fue a campo través con su cazamariposas. Antes de que estuviera tan lejos que no pudieran oírse, Ariadna le gritó:
—¿Y qué pasa con los obstáculos que no creamos nosotros, los que son reales?
—¡A ésos yo no los llamo obstáculos, sino trampolines! —gritó como respuesta, arrastrando la erre con su divertido acento francés—. ¡Sirven para ir a lugares a los que nunca habríamos llegado por nosotros mismos!
Luego saludó elevando su sombrero de explorador y prosiguió su camino.

3 comentarios

  • Cities: Walking marzo 8, 2012en5:16 pm

    Un buen amigo mío es uno de los mayores aficionados del mundo de estúpido subgénero de autoayuda enmascarada de ficción. Me insistió tanto tanto tanto que me tuve que leer Caballero de la Armadura Oxidada de Robert Fisher. Fijaté si me ***influyó*** su lectura que me ha salido el título del tirón sin dudarlo ni por un segundo, y eso que me lo leí hace más de 15 años. Creo que años después me insistió en alguno de Coehlo (¿El Alquimista?), aunque para éste ya iba preparado.

    ¡Gensanta, qué basura!

  • Gabi marzo 9, 2012en1:25 pm

    Amén.
    G.

  • Palimp marzo 14, 2012en7:32 pm

    El libro que mencionas tiene hasta entrada en la wikipedia, cuyo resumen ya da repelús… pero venden, vaya si venden.

    Gabi, me congratular de ver otro comentario tuyo y coincidir.

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