Álvaro Cortina Urdampilleta. Abisal.

marzo 3, 2026

Álvaro Cortina Urdampilleta, Abisal
Jekyll & Jill, 2021. 720 páginas.

Tochaco que habla -y bien- de muchísimas cosas aparentemente heterogéneas. En la contraportada hacen tsunami de nombres y todavía se quedan cortos. Yo lo leí porque su anterior novela de ficción me había encantado, un libro raro dentro de la producción literaria de este país pero de una calidad excelente.

No sabía lo que me iba a encontrar y, después de leerlo, tampoco tengo muy claro que es lo que me he encontrado. Es un libro de hermenéutica artística y literaria, algo que en general me da repelús, pero que en este caso me ha gustado bastante. Algunas páginas se me hicieron -como gañán que soy- aburridísimas, pero otras me fascinaron.

Echo de menos lo que un personaje -aparentemente real- del propio libro echa en cara al autor: la presencia de un argumento, trama o tesis que articule todos estos pensamientos dispersos. Pero no creo que el objetivo del libro sea plantear hipótesis de ningún tipo, sino presentar una colección de estampas, al estilo de los gabinetes de maravillas de antaño. En ese aspecto cumple con nota.

Lo escogí para que me hiciera compañía en un vuelo transatlántico en el que no tenía ningún tipo de distracción a mano, con el móvil sin cobertura y ni siquiera unos auriculares para enchufar a la pantalla del avión. Me lo fui zampando de a poco y las últimas 40 páginas tardé tres días en leerlas en un destino que no me dejaba tiempo para la lectura.

Toda una experiencia.

Tectónicamente es este corazón mosaico un continente móvil. El corazón aventurero no es nada nostálgico, como repetiré más de una vez.
Vuelvo a aquel día genesiaco, con algo de arrepentimiento. Abandono pues el tiempo verbal presente. ¡No nos despedimos el desgradable anciano y yo! Pensándolo después, en la húmeda noche de una ciudad inmensa poco preparada para la humedad, me invadió una suerte de emoción de ultratumba. Es el estado de ánimo de ultratumba el que ralentiza el tiempo hasta la última quietud. Pensé, ¿cuándo volveremos a vernos, decrépito mayorazgo mesmérico y periclitante?, ¿volveremos a cruzarnos en la vasta ciudad sin nombre, esqueleto insolente y aristocrático, apenas recubierto por una fina película de piel… o nos hemos esfumado ya el uno para el otro? ¿Para siempre? ¿Dónde nos volveremos a ver, escalofriante Fulano de Tal, inspirador originario de mi criptofauna metropolitana, dónde? Estas son las preguntas de alguien que no debe andar bien pertrechado para la vida. ¿Dónde y cuándo, viejo azor? Y sin pensar respondí, con los labios ateridos: ¡En la Eternidad!
No mantendré una actitud restrictiva, ni siquiera meditada con respecto al rango de los productos culturales que conforman el pequeño mundo. Todo lo atractivo, todo lo pregnante será bien recibido. ¿Alta cultura, baja cultura? En estos ejercicios espirituales he sido, lo admito, bastante indiscriminado. Mis imágenes son igual demasiado grotescas, demasiado poco serias, lo admito; pero mi posición sí es seria: entre símbolos y figuras de vario jaez se desenvuelve lo más grave de nuestro acontecer sobre esta tierra. Yo creo que lo más alto que tenemos son estas imágenes, sancionadas por el mito. Aunque aquí no hablo de moral.
La teología y la moral son mis otras Escila y Caribdis. Tengo que admitir que este texto es más de superficie, el alcance del imperativo mitológico {«¡escapa barroquizándote!») es sólo estético. Estas imágenes no se subordinan a un principio. Tampoco se ordenan con respecto a un propósito más allá de las fronteras de la imaginación. Es decir, con ellas no explicamos nada: el origen y las causas me son indiferentes. Del mismo modo, con ellas, con las imágenes, tampoco nos hacemos mejores, más virtuosos o más felices. Escribe Gracián en el Oráculo manual §89: «Hay espejos del rostro, no los hay del ánimo; séalo la discreta reflexión sobre sí», pero recomienda esta reflexión para mejorar y, hasta cierto punto, para prosperar en este mundo dificultoso. Pero, como digo, yo no busco aquí explicar nada o señalar un camino… Más de una persona me ha reprochado tener intereses tan tan tan inútiles, y yo me pregunto seriamente si alguna vez a alguien le ha arrastrado eso a la mendicidad. Admito que he vuelto a dedicar mucho tiempo a algo que… no sirve para nada. En fin, todo lo que se quiera añadir de causas y fines a esta pluralidad organizada desde cualquier campo puede ser compatible, aunque, francamente, ajeno a mis intereses en este libro.
Otros Escila y Caribdis de Abisal son la religiosidad mística radical y el no menos temible atomismo materialista y costumbrista: son dos caras del mismo diablo, el diablo de la disolución de este mundo plural que habitamos. Corre por Abisal, por cierto, otro diablo, que es el diablo de la prisa, que me ha impedido más de una vez disfrutar de la vida, y que me hace ser más barroco de lo que debería. Es el mismo diablo, lector, que hace que pases las páginas a gran velocidad, es el que hace que tengas que pasar por Internet y es el diablo que hace que no te quede tiempo para nada más que para una vaga curiosidad.
Ciertamente, el barroco tiene sus peligros, también en el campo de la estética. Este ensayo de viajes alrededor de mi cuarto y alrededor de mi casa me produce también algo de vergüenza: algo en su amorfa forma barroca y en su constitución me hacen pensar en Aristóteles cuando critica a Platón. Si uno defiende la teoría de las ideas de Platón, dice aquél, un hombre blanco de 1,80 participa de la idea de Humanidad, de la idea de Blancura, de la idea de Humanidad Blanca, de la idea de Unidad, de la idea de «i,8odad», etcétera: «se produce», dice Aristóteles «un amontonamiento absurdo» (Met. xiii, 1076b.28-29).

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