En estos ensayos que me resisto a calificar de autoficción la autora nos habla de la identidad, en una familia conservadora que esperaba un varón, el tener una hija que se define como lesbiana provoca diferentes seismos en su entorno.
Bien escrito, cuando habla de los problemas que le provoca su disidencia sexual me interesa, cuando habla de algunos miembros de su familia con ternura, me gana por el corazón, pero cuando se trasluce el ambiente de privilegio de pertenecer a una familia patricia se me activa la conciencia de clase.
Aún así, muy bueno.
Honestamente, no daba crédito a lo que estaba viendo. En ese estado abandoné la salita de espera, pero cuando entré en la otra habitación, me quedé helada. Cristal era visiblemente trans. Una travesti con rulos teñidos de rubio que le llegaban hasta la cintura, ojos color verde profundo y las manos más grandes que vi en mi vida. Con voz grave, como si fuera una cantante de tango, dijo:
—¿Qué? ¿No sabías?
No respondí, solo atiné a mirar a mi alrededor. Su santuario era una continuación amplificada de lo que había visto en la sala de espera. Sonreí de los nervios. Cristal prendió un cigarrillo, me pasó el mazo de cartas y pidió que pensara una pregunta y cortara el mazo tres veces. Yo no podía pensar en nada. No podía creer que mi hermana no me hubiera alertado, no podía creer que mi abuela confiara a una bruja trans y no podía creer que yo estuviera pensando en semejantes boludeces. No podía creer mis contradicciones, mi sorpresa, mi falta de mundo.
—Ah, no me creés —dijo ella, mientras examinaba mi corte del mazo—. ¿Por qué no me creés?
Le dije que sí, que me perdonara, que si prefería podía cortar de nuevo. Pero ella dijo que no hacía falta y me pidió que hiciera la pregunta para la que había ido. Entonces dije:
—¿Voy a tener hijos alguna vez?
Cristal me miró fijo a los ojos, no sé si sorprendida por mi pregunta o midiendo el efecto que me podría causar su respuesta. Lo cierto es que tardó en hacer su próximo movimiento. Hasta que finalmente volvió a examinar las cartas y respondió que yo iba a ser madre, pero que mi compañera no iba a concebir. Nunca.
Yo me quedé muda, sin poder responder.
Luego Cristal agregó:
—No hace falta que sigas con esa relación. Te mereces más de lo que tenés, no dejes que te traten así.
Fue como un cachetazo, pero de pronto pude ver todo con claridad. Mi relación con la que fue mi esposa había empezado como tantas otras: un par de mensajes, una primera cita y una explosión tan grande de endorfinas que tuve la certeza de que esa persona era la persona. Entonces, casi de inmediato y producto de la obnubilación, la puse en un lugar tan idealizado y tan lejos de mí que me fue imposible alcanzarla.

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