En plena revolución francesa se cruzan los destinos de varios personajes, una costurera que abraza la causa revolucionaria, un zapatero metido a policía, un actor que se acaba convirtiendo en un héroe anónimo, un médico que cura con el magnetismo, y, como villano, un aristócrata que está armando una revolución con un ejército de sonámbulos, individuos hipnotizados incapaces de sentir dolor.
Tenía ganas de leer algo de este colectivo, Wu Ming, y no sé si es porque no es su mejor obra, pero me ha dejado bastante frío. La historia está bien, es interesante, escrito con mucha solvencia, y, aquí y allá, salpicadas algunas frases realmente brillantes. Pero más allá de un entretenimiento de calidad no hay nada que me haya resultado de excesivo interés. Si no lo hubiera leído, tampoco hubiera perdido nada.
Se deja leer.
Olvidándose de comer, D’Amblanc salió a la calle camino de la casa de la señora Girard. Pasó por delante del taller de un carpintero que había al otro lado de la calle, y en el que unas mujeres fabricaban fusiles para la República. El carpintero estaba en la guerra, defendiendo la patria. D’Amblanc saludó, aunque sin aplaudir, como hacían quienes suplían la falta de convicción con grandes muestras de entusiasmo. Las mujeres contestaron con chistes y comentarios obscenos. No lejos de allí, la vendedora de periódicos seguía voceando su mercancía, a la vez que agitaba el diario de Hébert.
—¡Padre Duchesne monta en cólera contra el rey de España, amigo de los Capeto y de todos los aristócratas! ¡Padre Duchesne celebra que Francia haya declarado la guerra a los españoles! ¡Un enemigo más para Francia es un triunfo más para la libertad!
En la primera página se veía la viñeta que representaba a Padre Duchesne, «vendedor de estufas», con una pipa y un rollo de tabaco en forma de zanahoria, y al pie se leía: «Yo soy el verdadero Padre Duchesne, ¡jodeos!»
D’Amblanc aligeró el paso. No necesitaba fijarse en el camino y podía dejar que sus pensamientos se enredasen y desenredasen libremente. Era como si aquellos pensamientos pudieran verse, como si formaran una nube que lo envolvía y obligaba a los transeúntes a apartarse. Podían decir: «Abrid paso a un hombre que está reflexionando sobre una cuestión muy seria, de la que podría depender nuestro destino.»
Sólo uno lo llamó y quiso que se detuviera, suspendiendo aquel torbellino de ideas. Al volver la esquina, D’Amblanc casi tropezó con los trastos de un ropavejero, que ocupaban media calle. El hombre lo saludó. Era un confidente de la policía. Hacía buen negocio con mercancía rara: lirios de Francia despegados de Dios sabe dónde, estatuas de santos, coronas, mitras, estucos. D’Amblanc sorteó un escudo nobiliario que había en el suelo, entre una rueda de carro apoyada en la pared y una estatuilla de madera de San Sebastián. Los colores, otrora vívidos, se reducían a manchas dispersas. Al santo le faltaba la nariz y parte de la cara.
—Ciudadano, deteneos y echad un vistazo —lo invitó el ropavejero—. Tengo de todo.
D’Amblanc contestó sin detenerse, con un ademán y unas palabras.
—Gracias, ciudadano, pero llevo prisa.
Aunque no podía correr más que sus pensamientos. Torció otra esquina y se encontró con un grupo de curiosos de variada condición, hombres y mujeres, que asistían a un espectáculo callejero. Un presunto científico iba a demostrar los prodigios de la electricidad, utilizando unos gorriones.
Había una máquina de fricción consistente en un disco de vidrio que giraba dentro de un bastidor y rozaba cuatro cojinetes de cuero. Haciendo girar el disco por medio de una manivela, se creaba un fluido eléctrico que un tubo de latón transmitía a una botella de Leyden, donde quedaba almacenado. Cuando el hombre dejaba de accionar la manivela, cogía una vara de madera, uno de cuyos extremos estaba atado a la botella y el otro terminaba en dos puntas de cobre. El charlatán acercaba este extremo a un gorrión, que recibía una descarga eléctrica que lo aturdía. El hombre describía con palabras grandilocuentes la acción y sus efectos y luego repetía la operación: manivela, botella, vara y gorrión fulminado.
D’Amblanc observó que el pájaro perdía el conocimiento y luego volvía en sí, temblando, dentro de su pequeña jaula. El hombre anunció el gran final proponiendo la demostración «definitiva» de los poderes del fluido. El gran final consistió sencillamente en suministrar al gorrión una descarga tan fuerte que lo mató en el acto, haciendo que saltara y cayera al suelo de la jaula patas arriba. El público aplaudió y el «científico» pasó el sombrero y recogió unas monedas.
D’Amblanc decidió seguir. La moda científica que había dominado en los años anteriores a la revolución no parecía decaer, al menos en la calle. Apresuró el paso y siguió pensando en la conversación de la mañana. Acabó comparando la bolsa de Chauvelin con la caja de Pandora: algo que habría sido mejor no abrir.

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