Violette Leduc. Thérèse e Isabelle.

octubre 27, 2022

Violette Leduc, Thérèse e Isabelle
Mármara ediciones, 2015. 124 páginas.
Trad. Delfín G. Marcos.

Dos chicas en un internado que tras una pelea inicial se entregan a los placeres del sexo. Formaba parte de Ravages pero por sus escenas subidas de tono fue censurado. Funciona muy bien como episodio independiente.

Igual que las obras de Henry Miller no son una sucesión de escenas pornográficas por su uso del lenguaje, este libro no es solo una concatenación de encuentros clandestinos donde estas adolescentes van explorando su sexualidad, en un juego de placer y dominación. Un lenguaje poético pero salvaje hace que nos importe menos los detalles obscenos que la manera de contarlos.

Pasión desbordada, descubrimientos, amores de juventud -los más desgarradores y atribulados- y el riesgo de ser atrapadas en un internado de normas estrictas.

Muy bueno.

Deseábamos que el reloj del colegio comenzase a marcar la hora con sus once estruendos.

Me fijé en palabras de la primera página sin llegar a leerlas. Me quitó de nuevo el libro. Apagó.

Isabelle me tiró hacia atrás y me tumbó a lo ancho del edredón; me levantó, me sostuvo con sus brazos: me desterró de un mundo sin vida, me invitó a lo desconocido. Sus labios entreabrieron los míos, me humedecieron los dientes. Los mantuve apretados. Me asustó lo carnoso de su lengua: aquel extraño sexo se quedó a las puertas. Yo seguía ausente, replegada. Aquellos labios se pasearon por los míos: unos pétalos quitándome el polvo. Mi corazón latía demasiado fuerte, no quería perderme esa dulzura recién estrenada, ese nuevo roce. Isabelle me está besando, me dije. Dibujó un círculo alrededor de mi boca, delimitando mi confusión, y dejó un beso primaveral en cada comisura, dos notas picadas, y otras dos, y un silencio hasta las siguientes. El asombro bajo mis párpados, el rumor ensordecedor del molusco. Isabelle continuó: fuimos descendiendo de hito en hito hacia una noche que no era la noche del colegio, ni la de la ciudad, ni la de la cochera de los tranvías. Ella fabricaba su miel sobre mis labios, las esfinges se habían ido a dormir. Supe entonces que había estado privada de ella desde antes de conocerla. Ella escuchaba lo que me daba, besaba el vaho sobre el cristal. Isabelle retiró la cabellera que nos daba cobijo.

-¿Estará dormida? -dijo Isabelle.

-¿Te refieres a la supervisora?


Mi durmiente tenía en la cabeza la noche sin alba, mi durmiente guardaba en su corazón el canto del ruiseñor en vela. Respiré paciente, apenas viva cerca de ella.

Me abrazó, no dejaba de preocuparse aunque durmiese:

-No estás dormida.

-Sí que lo estoy. Duérmete.

Algunas alumnas cambiaban de postura: el alba se estremecía en sus sueños.

Me levanté, Isabelle también se levantó. Salí al pasillo, pero ella me acompañó bruscamente por su celda.

Se abrió la bata, me mostró su orgullo, me magulló el pubis pasando su muslo entre los míos. Yo quería marcharme. Que se hubiese quedado dormida me exasperaba.

-¡No te vayas!

Isabelle se desmoronó:

-¿Por qué me he quedado dormida? ¿Por qué?

Temblaba.

Demasiado amor esfumado.

-Haz lo que te apetezca -dije.

Me lamió, olisqueó lo que quedaba de noche en mi cara, se arrodilló.

La cara se abrió camino, la cara me exploraba. Sus labios viajaron y se posaron allí donde no podía verlos. Me sentí humillada. Indispensable y desatendida, así se quedó mi cara tan lejos de la suya. Su frente húmeda me nubló. Una santa me lamía los pecados. Sus donaciones me empobrecían. Se entregó demasiado: me sentía culpable.

-Ve a descansar. Una de las alumnas ya está estudiando- dijo Isabelle.

Obedecí. Me arrojé al río del descanso.

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