
Almadía, 2022. 228 páginas.
Trad. Colectivo falsos amigos.
Incluye los siguientes relatos:
Que solo una madre, Judith Merril
Ararat, Zenna Henderson
Salvaje, Joanna Russ
El nacimiento de un jardinero, Doris Pitkin Buck
Incógnito, Wilmar H. Shiras
El beso del Dios Negro, C. L. Moore
La estación de Mr. Sakrison, Mildred Clingerman
Cierro con este libro la lectura de esta trilogía que me ha descubierto grandes relatos de autoras desconocidas para mí en muchos casos. No me ha gustado el de Henderson, porque sus historias sobre el pueblo siempre me han parecido entre ñoñas y reaccionarias teñidas de hippismo. Pero el siguiente es un relato de Joanna Russ que es lo opuesto y que me maravilló.
Recomiendo vivamente esta trilogía si eres amante de la ciencia ficción, los relatos muy bien escogidos, se incluye una mini biografía de las autoras y la traducción, impecable, fresquísima. Una verdadera delicia. Muy bueno.
Se deslizó como un animal a hurtadillas, rozando con dedos ligeros sus alrededores mientras avanzaba: piedra, piedra, abertura, un aire cálido creciente… En las tinieblas se sentía lobuna, sus dientes expuestos debajo de los labios estirados; como si fuera de otra especie, el tacto y el sonido guiaban su camino.
A través de sus manos y oídos, la casa suspiraba y ondulaba en su sueño. Alyx colocó las puntas de los dedos de su mano libre sobre el cuello del gordo y, con los roces más delicados, lo guió por las curvas del corredor. Atravesaron un espacio vacío donde dos salones se unían. Alguien caminaba por el corredor y sin hacer ruido se retiraron a una recámara donde un durmiente se reclinaba sobre una ventana, su aliento calentando el vidrio apenas alumbrado. Cuando los pasos se detuvieron brevemente, el gordo suspiró y Alyx le torció la muñeca con fuerza. Se escuchó una tos desde el corredor y la persona dormida en la recámara se movió y murmuró, y los pasos siguieron adelante. Regresaron cuidadosamente a uno de los salones y allí fue cuando el gordo le dijo a Alyx a dónde quería que fueran.
-¿Qué? —exclamó Alyx. Asombrada, se alejó con una inhalación marcada que se convirtió en un siseo imprudente. Metódicamente, el gordo empezó a picarle las costillas con los dedos de una mano y a darle pequeños empujones con la otra mientras Alyx, enfurecida, intentaba alejarse de él; todo esto en completo silencio. En los alcances más lejanos de la residencia, algo se cayó, o alguien habló, y sin pensar, los dos se congelaron, quedándose quietos hasta que el sonido distante se desvaneció por completo. El gordo retomó sus empujones insistentes. Alyx, con los nervios de punta, avanzó cuidadosamente junto a él y pasaron cerca de un gato delineado por la luz tenue de una ventana. El felino estaba perfectamente despreocupado por las visitas mientras se frotaba las patas contra la cara. Luego pasaron por una puerta cuyas grietas brillaban
amarillentas y, al pasar por unas escaleras fantasmales
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