Tonino Benacquista. Homo erectus.

marzo 28, 2022

Tonino Benacquista, Homo erectus
El Aleph editores, 2012. 240 páginas.
Trad. María Llopis Freixas.

Hay un club clandestino de hombres que se reúnen para contar sus despechos amorosos y buscar un poco de consuelo. La novela sigue las andanzas de un colocador de ventanas que decide gastarse sus ahorros en contratar los servicios de prostitutas, un filósofo que entabla una relación con una supermodelo y un maldito de la vida al que las mujeres no hacen caso que recibe la visita de una mujer misteriosa en su casa.

Buf… cuando leo libros como éste me pregunto dos cosas. Cómo es posible que lo traduzcan, y de qué manera se ha colado en mi lista de libros pendientes de leer. Me ha parecido acartonado y cuando leí que estaba escrito en el 2012 no daba crédito, parece de los años 60.

Lo peor no es el machismo que respiran cada una de sus páginas, ni siquiera lo estúpido del comportamiento de sus protagonistas (al fin y al cabo el autor no son sus personajes). Lo peor es lo banal de las relaciones que se pintan, los clichés baratos de cómo reaccionan y la poca profundidad de todo. Estuve a punto de abandonarlo a las 30 páginas, lo acabé por si acaso había redención al final y no, así que elegí mal. Alguna cosa pequeña me ha gustado, pero en general me ha parecido horrible y aburrido.

No me ha gustado.


—El miedo de perder a Émilie me calmó de una forma brutal. ¿No abrazarla nunca más? ¿No impregnarme más de su olor? ¿No devorarla más como un cordero? ¿No dejarle a veces hacer el papel de lobo? ¿No conocer a los hijos que tendríamos? ¿Todo eso porque mido con un doble centímetro el apego al otro? Los cinco o seis meses que siguieron a su ultimátum desempeñé el papel del compañero ideal, modelo de comprensión, de tacto. Por lo menos en la superficie, porque nada había cambiado, sino que lo que hacía ahora era acallar mis inquietudes, cada vez más severas e injustas. ¿Por qué no está conmigo, aquí, enseguida? ¿Qué tiene mejor que hacer? ¿Por qué solo me dice que me quiere cuando se lo pregunto? ¿Por qué se muestra tan prudente cuando abordamos los proyectos de futuro? Sabía que nuestra pareja no soportaría una segunda crisis por unos agravios tan absurdos. Debía, a cualquier precio, dejarla en paz, dejarla vivir y quererme como ella lo entendiera. Entonces imaginé una solución, una terrible solución…
Para Denis un testimonio como aquel era indigno. Aquel tipo podía abandonar la sala en cualquier momento para encontrarse con Émilie, estar en su compañía, tener hijos con ella o pelearse por el mando a distancia, y sin embargo, allí estaba, razonando, perdiéndose en sutilezas estúpidas sobre la vida en pareja, cuando tantos pequeños momentos de armonía no tenían necesidad alguna de ser comentados o puestos en perspectiva.
—…Una solución terrible pero terriblemente eficaz: engaño a mi mujer. Me acuesto con otra una vez a la semana. Un acto que tiene poco interés en sí mismo, pero solo des-
pues, cuando regreso a mi casa, me siento lamentable, me .1 vergüenza buscar una excusa para darme una ducha en i llanto llego, para destruir cualquier rastro, para mentir sobre mi agenda. Entonces me doy cuenta de que vivo con una mujer maravillosa que no duda ni un segundo de mi trai-i ¡ón. Cuando la tomo entre mis brazos cuando otra acaba de irse de ellos, mido hasta qué punto mis reproches son in-Ilindados, y por fin dejo de buscar problemas donde no los hay. Lo que antes consideraba como indiferencia hoy me parece confianza y respeto. Ya no intento conocer el detalle de todo el tiempo que pasa sin mí, ahora ya sé que necesita realizarse, sola, sin vivir a través de mí, por mí o para mí, y es esa Émilie la que amo.
¡Pero qué está diciendo este mamarracho! pensaba irritado Yves Lehaleur. Desde que frecuentaba el club de los Jueves, había oído cosas de todo tipo, pero nunca hasta ese punto. Engañar a su mujer para dejar de acosarla… ¿Qué estadio de degeneración de la pareja había alcanzado para plantearse este tipo de estratagema? Al ver roto su amor debido a un adulterio, Yves no podía admitir que fuera una solución para nada. Para él, los esquemas psicológicos complicados en respuesta a los problemas del corazón ocultaban otros males. Para cuidar a su Pauline, no había recurrido a unos subterfugios tan viciosos. Ella estaba allí, evidente, y con ello le bastaba.
El testigo abandonó la silla del profesor y otro le sustituyó, que se apresuró a pronunciar una palabra para desembarazarse de ella enseguida: era impotente. Una desgracia que sufría desde toda su vida de hombre, precisó vacilando al pronunciar la palabra hombre. A la edad en que aquellos que lo han hecho triunfaban sobre aquellos que estaban a punto de hacerlo, él había esperado su turno que parecía no llegar nunca. Pese a una excepcional timidez que le privaba del uso de la palabra en presencia de las chicas, se había prometido curarse de la adolescencia antes de los veinte años.


Nunca nadie se ocupó de mí como lo haces tú… Podríamos formar un buen equipo, los dos… Me gano bien la vida, ya lo sabes… No tendrías que trabajar tanto…
Y de repente, el silencio.
Yves dibujó la sonrisa del idiota que se niega a entender. Todo lo que acababa de oír le recordaba el fracaso de su vida anterior: se trataba de techo, de dinero, de pareja, pero esas palabras reunidas en la boca de Kris le recordaban otra.
—Quizá lo he entendido mal. ¿Quieres que haga de macarra?
—¿Por qué tienes que decir esa palabra? Necesito pensar en un hombre cuando me voy a trabajar, necesito saber que estará allí por la noche, que curará mis heridas, las que se ven y las otras.
¿Qué falta había cometido para que le hicieran una oferta tan inmunda? Si le daban una imagen de felicidad tan corrompida es que no habían entendido nada de él. Yves se sintió vestido con andrajos nauseabundos que quiso hacer trizas de golpe.
—Quiero hacerte una pregunta, Kris. ¿Es vergonzoso frecuentar a prostitutas?
—¿Qué quieres decir?
—¿Cómo no enfrentarse a las cuestiones morales cuando se paga a tantas chicas como hago yo? ¿Solo puedo recurrir a este tipo de comercio? Para muchos, eso me convierte en un pobre desgraciado. La gente puede ver en ello el dominio ancestral del hombre sobre el cuerpo de las mujeres, la necesidad secular de convertirlo en una mercancía. En otros momentos, no me siento para nada culpable; las que me venden su cuerpo —por lo menos las que tengo ganas de volver a
ver— no me parece que vendan ni una onza de su dignidad. Las trato con un respeto que ellas también me dan, y no las culpo por haber elegido poner precio a sus encantos. Pero, pase lo que pase, nunca tendré la conciencia tranquila, y las preguntas morales nunca tendrán respuestas, es así desde que el mundo es mundo.
—¿Dónde quieres ir a parar?
—Puedo intentar entender lo que pasa por la cabeza de un gángster, de un asesino, de un mercenario. Puedo interesarme por el caso de un psicópata, de un enfermo mental. Puedo intentar superar mis propios tabúes para tratar de entrever una lógica que no sea la mía, aunque sea monstruosa. Pero frente a un macarra, un violador o un tipo que levanta la mano a su mujer, me da vergüenza formar parte de la casta masculina. Quienes explotan o maltratan el cuerpo de las mujeres han renunciado a ser hombres: son animales. Me inspiran sentimientos de odio que podrían convertirme en el peor de los verdugos. Y tú, ¿estarías dispuesta a proponerme un arreglo tan abyecto?
—Acabo de entender por qué a los burdeles se les llama también casas de tolerancia: las putas lo toleran todo.
—Esta noche has atentado contra mi dignidad de hombre. Y me temo que no podré perdonarte nunca.

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