Una mujer convaleciente en el hospital aparece muerta, pero no por muerte natural, aparentemente ha sido asesinada. El caporal de los mossos Xurxo Chouzas y la sargento Eva Grau comenzarán una investigación que se verá atravesada por diferentes desencuentros. Mientras, en un pueblo lejano, las hijas de la fallecida están teniendo una nueva vida.
Novela negra de calidad, se van alternando las dos historias que acaban convergiendo de una manera inesperada. Con caracteres muy bien dibujados y el habitual toque de la autora en forma de referencias poéticas que le dan profundidad a la lectura.
Muy bueno.
Ona obedece la orden de la mujer, nota el aire caliente al entrar. Chiara ya está
para vestirse, tal y como ha dicho Felisa. En la habitación, las camas aún sin hacer. Al abrir el armario, ve su ropa colgada en perchas.
«Pero ¡¿esto qué es?! No sé cuándo lo han ordenado. Me pondré mi sudadera, ¡los pantalones me sobran de cintura!», piensa, preocupada por la disminución de peso. El armario tiene una puerta con un espejo de cuerpo entero; vacila un instante antes de mirarse en él, se arma de valor y se coloca delante. «En el espejo soy igual a como me imagino. Dicen que el color de mis ojos es precioso tienen razón, solo salvaría mis ojos», piensa. Poco a poco, descuelga la ropa de las perchas y la vuelve a meter en la mochila, también la ropa de su hermana.
— ¡¿Qué se creen esas asquerosas?! Ens tornem a casa9 —susurra con rabia.
Baja la escalera. Quiere que sepan, que se den cuenta de que no quiere permanecer aquí, y adopta una postura desafiante estira el cuello, pero le duele y no quiere fruncir demasiado el entrecejo para no afear sus ojos, que es lo único que salvaría.
—Te esperaba Ona. Anda, guapina, coge esa botellina, vamos a buscar agua al caño —ordena Felisa mientras
desayunando. Sube a su habitación
se coloca un pañuelo estampado en flores rojas, sobre su cabello. Hace juego con su chaqueta de lana, del mismo tono.
Ona la mira sin decir una palabra. Felisa, ataviada con el color del fuego como si con ello quisiera calentar el invierno, le extiende el recipiente a la niña y salen de la casa. Caminan por el sendero, Ona se tambalea al pisar un charco de agua helada, emite un pequeño grito.
—Dame la mano, Ona. Esta noche ha caído una buena helada —dice Felisa y la coge de la mano.
—Puedo ir sola —protesta.
—Sí, lo sé, pero yo voy más segura si tú me das la mano, ya soy viejina y una caída a mi edad es peligrosa.
—Pues agárrate fuerte, no te dejaré caer, tranquila.
—No te acerques al caño, te mojarás. Dame la botella, esta agua es muy buena para las dolencias, baja directa del manantial la Pinganilla, cuando llegue la primavera iremos a verlo, te gustará mucho.
—Cuando llegue la primavera yo no viviré aquí.
-Ya.
—No hemos encontrado a nadie, ¿dónde han ido? ¿Y los niños están en el colegio?
—En este pueblo hace años que no hay niños, hijina.
— ¡No hay niños! Eso es imposible, en todos los pueblos hay niños.
—Pues en este no.
—¿Se han muerto o han desaparecido?
—Hace años, cuando yo era pequeña, había muchos chavales. Cuando cerraron las minas la gente se estableció en la capital aquí no había trabajo. Solo quedamos los más viejos. Ni niños ni alcalde.
—Si no hay niños, no hay colegios y tampoco tenéis aceras, ¿para qué queréis alcalde?
Felisa ríe abiertamente.

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