Pau Luque. Ñu.

abril 2, 2025

Pau Luque, Ñu
Anagrama, 2024. 194 páginas.

A medio camino entre el ensayo y la autoficción el autor va desgranando temas que no tienen un orden específico (al final del libro ironiza con la posibilidad de que fuera su hija pequeña la que ordenara el material) y se enlazan bajo el paraguas de las soluciones anteceden a los problemas, en vez de ser al contrario como creemos normalmente.

A través de las reflexiones y las conversaciones con su amiga Curiel, echando mano de anécdotas de su vida, citas de medios y libros se va armando una trayectoria que no nos da una solución clara pero que nos induce a la reflexión.

En un momento dado el autor comenta que a los escritores se les anima a encontrar su voz, pero que una vez la encuentras también tienes que tener algo que decir. No voy a ser tan bestia como para decir que Luque no tenga nada que decir, pero muchas de las cosas que dice me resultaron bastante intrascendentes, aunque bien contadas, eso sí. Lo mejor el epílogo que es lo único que trasluce un poco de verdad e intensidad.

Se deja leer.

Empezaron a salir y al cabo de apenas tres semanas él ya se había ido a vivir a casa de ella, un piso de dos habitaciones en Sant Andreu Comtal. Boix sobrevivía con algunas traducciones, algunas clases en talleres literarios, alguna reseña y algún informe de lectura. Boix era, en fin, un parásito. Por no tener, no tenía ni siquiera el vicio del alcohol, que es el vicio de todo escritor de mediana edad a la búsqueda de un organismo que parasitar.
¿Por qué se enamoró Curiel de Boix? Cuando una vez le hice esta pregunta a Curiel, me respondió que le impresionaba mucho lo raro y erudito que era Boix. «Había leído toda la literatura catalana.» «Pero», intervenía yo, «eso es una exageración, ¿no?» «No, lo había leído todo. O al menos todo lo que se había publicado antes de 1990. Ahora es muy difícil estar al día de las novedades. Pero la literatura catalana previa a la década de los noventa no era tan abundante. Podía hablar horas, días, de literatura. Enlazaba Curial e Güelfa y Olivetti, Moulinex, Chaffoteau et Maury. O La pell de brau y El Jardí dels Set Crepuscles. Y combinaba la lectura con su propia escritura. Metabolizaba muy lentamente toda la literatura que leía hasta que llegaba un día en que se ponía a escribir. Y entonces, según me contó años más tarde Palol, Boix escribía durante meses y meses sin leer nada, ¡ni siquiera lo que acababa de escribir! Y de pronto, un día, dejó de escribir. Boix no quería hablar de ello. Palol estaba desconcertado. La única relación de Boix con la literatura pasó a ser la lectura. Leía y releía. No tocaba una pluma, un teclado o un bolígrafo. Se sumergía metódicamente en la lectura. Y, de vez en cuando, hacía reflexiones y digresiones torrenciales. Fue entonces cuando yo lo conocí. En aquella época había llegado a la conclusión de que Palol era el único escritor catalán contemporáneo a la altura de los clásicos de la literatura europea. Y lo leía a todas horas. De vez en cuando iba a comer con el propio Palol y le daba cuenta de nuevas interpretaciones deslumbrantes de su obra. Interpretaciones que al propio Palol jamás se le habían ocurrido. Palol lo conminaba a escribir, no sé si por corresponder el halago recibido o porque realmente tenía alguna esperanza con Boix. ¿Has leído a Palol, Pau?» «Sí, leí siendo muy joven Jardí dels Set Crepuscles, Igur Neblí, El legislador, que me encantó, y varias cosas más. Más tarde intenté leer El Troiacord, pero confieso que sus 1.300 páginas y una trama que me pareció francamente incomprensible hicieron que la abandonara.» «¡No me extraña!», dijo Curiel, y añadió: «Boix decía que él era la única persona, incluido el propio Palol, que se había leído los cinco volúmenes de El Troiacord. Tenía esas salidas raras y ásperas, Lluci Boix. Mira, la verdad es esta: me enamoré de sus excentricidades. Y fue en el punto más alto de mi devoción por esas extravagancias que decidí casarme con él». «¿Se lo propusiste tú?» «Sí, yo en aquel momento debía tener treinta y cuatro años. Era casi joven, y me pareció un momento ideal para casarme motivada por las rarezas de mi pareja. Y Boix, que era la persona más pasiva que haya conocido en mi vida, naturalmente accedió.» «¿Realmente nunca escribió nada más?», pregunté. Hizo que no con la cabeza. «¿No lo viste escribir algo alguna vez?» «Jamás. No es que no escribiera libros o textos, es que no escribía nada, no escribía mensajes en el teléfono móvil, ni correos electrónicos, ni cartas, ni listas de la compra, ni recetas de cocina, ni números de teléfono en una agenda, ni dejaba notas pegadas en la nevera, ni rellenaba formularios médicos, …

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