Neal Stephenson. Snow Crash.

marzo 7, 2008

Ediciones Gigamesh, 2000, 2003. 432 páginas.
Tit. Or. Snow Crash. Trad. Juanma Barranquero.

Neal Stephenson, Snow Crash
Pizzas Cosa Nostra ¿Dígame?

Esta novela fue la que le dio la fama a Neal Stephenson, aunque ya tenía otras dos escritas. Ambiente cyberpunk gamberro y anfetamínico que pegó de inmediato.

Hiro Protagonist -no confundir con Hiro Nakamura- trabaja como repartidor para Pizzas Cosa Nostra. Pero no piensen que es un trabajo fácil; un retraso de más de treinta minutos en la entrega puede tener consecuencias fatales. En un mal trago recibirá la ayuda de una korreo quinceañera con la que formará una curiosa sociedad.

El autor va provocando desde la primera página. Un héroe con dos katanas en un coche impresionante que se dedica a ¡repartir pizzas! Luego veremos que se dedica a más cosas, pero la primera en la frente. El libro está lleno de detalles tecnológico-futuristas muy bien construídos, como es habitual en Stephenson. Buena parte de la acción transcurre en el Metaverso, una especie de realidad virtual adelanto de sitios como Second Life. Eso es tener ojo. Hasta las representaciones se llaman avatares.

Mi única pega es la de siempre: el final. Mira que parecía que por fin la cosa iba a quedar atada y bien atada, pero no. Si no fuera porque no soy el único que piensa así, pensaría que es un problema mío.

Me gustó más La era del diamante, pero este no está nada mal. Recomendable.

Escuchando: Mi chica se ha ido a Katmandú . Los Nikis.


Extracto:[-]

Cuando el Repartidor pisa el acelerador, el mundo tiembla. Por no hablar de las superficies de contacto. Los neumáticos de tu coche tienen superficies de contacto minúsculas, besan el asfalto en cuatro puntos del tamaño de una lengua. Los del automóvil del Repartidor son anchos y adherentes, con superficies de contacto grandes como los muslos de una gorda. El Repartidor se pega a la carretera; arranca como un mal día, frena en una peseta.

¿Por qué va así de equipado el Repartidor? Porque la gente depende de él. Es un modelo a imitar. Esto es América. La gente hace lo que le da la puñetera gana, ¿algo que objetar? Porque tienen derecho. Y porque tienen pistolas y no hay quien cono pueda pararlos. El resultado es que este país tiene una de las peores economías del mundo. En resumen, y ahora hablamos de la balanza comercial, que después de haber dejado escapar nuestra tecnología a otros países y de que todo se uniformice, haciendo posible fabricar automóviles en Bolivia y microondas en Tayikistán para venderlos aquí; ahora que los buques y los dirigibles gigantes de Hong Kong transportan mercancía entre Dakota del Norte y Nueva Zelanda por una miseria y han conseguido reducir nuestra ventaja en recursos naturales a la nada; una vez que la Mano Invisible ha tomado todas las desigualdades históricas y las ha untado sobre el globo formando una gruesa capa de lo que un albañil pakistaní consideraría prosperidad… ¿Sabes qué? Que sólo hay cuatro cosas que hagamos mejor que nadie:

música
películas
microcódigo (programas)
repartir pizzas a toda hostia

Antes el Repartidor programaba, y de vez en cuando aún lo hace. Pero si la vida fuese una tranquila escuela primaria dirigida por maestros bienintencionados, el informe de evaluación del Repartidor diría: «Hiro es muy brillante y creativo, pero tiene que esforzarse más por desarrollar su capacidad de cooperación».
Así que ahora tiene otro trabajo. De acuerdo, no requiere inteligencia ni creatividad; pero tampoco cooperación. Tan sólo hay un principio: El Repartidor en tu puerta y la pizza entregada en treinta minutos, o puedes comértela gratis, pegarle un tiro al conductor, quedarte su coche y meter una demanda judicial de primera. El Repartidor lleva seis meses en este trabajo, lo que para él representa todo un récord, y jamás ha entregado una pizza en más de veintiún minutos.

Oh, antes se solía discutir acerca de los retrasos, lo que representaba pérdidas de muchos años-conductor para la empresa: clientes enrojecidos y sudorosos a causa de sus propias mentiras, apestando a Oíd Spice y al estrés laboral, que esperaban en porches iluminados de amarillo blandiendo su Seiko y señalando el reloj de la cocina: ¿Joder, tío, es que no ves la hora que es?

Eso se acabó. El reparto de pizzas es un gran negocio. Un negocio bien llevado. Hubo gente que fue cuatro años a la Universidad de Pizzas Cosa Nostra sólo para aprenderlo. Entraron sin saber escribir ni una frase en inglés, gente de Abjasia, Ruanda, Guanajuato, South Jersey, y salieron sabiendo más de pizzas que un beduino de arena. Y estudiaron el problema; hicieron gráficas que mostraban la frecuencia de peleas en los porches a la hora de la entrega. Cargaron con sensores a los primeros Repartidores para registrar y posteriormente analizar las técnicas de discusión, los histogramas de tensión en la voz, las estructuras gramaticales características de los residentes blancos de clase media de los barclaves que, en contra de toda lógica, habían decidido que ése era el momento para una última resistencia heroica contra todo lo rancio y moribundo que había en sus vidas: que iban arnentir, o engañarse a sí mismos, acerca de la hora de la llamada telefónica, e iban a conseguir una pizza gratis; no, que se merecían una pizza gratuita y junto con ella su vida, libertad y la búsqueda de algún puñetero nosequé inalienable. Enviaron psicólogos a sus casas, les regalaron televisores a cambio de someterlos a encuestas anónimas, los conectaron a polígrafos, estudiaron sus ondas cerebrales mientras les mostraban películas inconexas e ininteligibles de reinas del porno, accidentes automovilísticos nocturnos y a Sammy Davis Jr., los metieron en habitaciones de olor agradable, empapeladas en color malva, mientras les hacían preguntas sobre ética tan complejas que ni un jesuíta las podría haber respondido sin cometer un pecado venial.

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