Neal Stephenson. Azogue I, II y III

julio 11, 2008

Ediciones B, 2006. 550 páginas cada uno.
Tit. Or. Quicksilver. Trad. Pedro Jorge Romero.

Neal Stephenson, Azogue
Ciencia ficción histórica

Como me gustó el Criptonomicón -aunque me gustó más La era del diamante- cuando salió en bolsillo Azogue me compré los tres volúmenes. Tres en la edición española, porque en realidad es un sólo libro que forma parte de una trilogía, El ciclo barroco -pongan cinco libros más a la serie.

El ciclo es una especie de continuación hacia atrás del Criptonomicón. Una precuela mucho más larga que el original y con una serie de secundarios de lujo, puesto que en sus páginas aparecen todos los científicos famosos de la época: Newton, Leibniz, Hooke, Boyle… También aparecen los antepasados de los protagonistas del Criptonomicon y Enoch Root, así que o este hombre es inmortal o el nombre se lo van pasando de generación en generación.

Al relatar sucesos históricos -y ser fiel- el libro podría ser considerado más como novela histórica que de ciencia ficción, y lo cierto es que me ha gustado bastante menos que otras obras del autor. Mi preferido es el segundo volumen, en el que se narran las aventuras de Jack Shaftoe -el personaje que más me ha gustado de la serie.

La gente dice que hay que leerlo entero para poder apreciarlo bien, y aunque no me haya entusiasmado no está tan mal como para no dejarse leer. Cuando salga el resto de la trilogía en bolsillo, les cuento como sigue la cosa.

Escuchando: Psychopatha. Alan Vega.


Extracto:[-]

¿Qué tenía yo en Leipzig que tanto deseaban un apotecario de Grantham y un montón de cortesanos sentados en París esperando a que Cromwell envejeciese y muriese de causas naturales?

—¿Algo relacionado con la Royal Society? —Es la suposición de Ben.

—Buen intento. Casi aciertas. Pero eso sucedió en una época anterior a la Royal Society, en realidad antes de la filosofía natural tal y como la conocemos. Oh, hubo unos pocos, Francis Bacon, Galileo, Descartes, que vieron la luz y habían hecho todo lo posible por que los demás le prestasen atención. Pero en aquella época, la mayoría de los que sentían curiosidad por el funcionamiento del mundo se sentían cautivados por una aproximación muy diferente llamada «alquimia».

—¡Mi papi odia a los alquimistas! —anuncia God-ffey… muy orgulloso de su papi.

—Creo saber por qué. Pero estamos en 1713. Han cambiado muchas cosas. En la era de la que hablo, era alquimia o nada. Conocía a muchos alquimistas. Les vendía lo que precisaban. Algunos de esos caballeros ingleses se habían entretenido con el arte. Era algo muy caballeroso. Incluso el rey en exilio disponía de un laboratorio. Después de que Cromwell les hubiese dado una paliza y los hubiese expulsado a Francia, se encontraron con nada para pasar los años excepto… —y aquí, si hubiese estado relatando la historia a adultos, Enoch hubiese detallado algunas de las formas que tenían de pasar el tiempo.

—¿Excepto qué, señor Root?

—Estudiar las leyes ocultas de la creación divina. Algunos de ellos, en especial John Comstock y Thomas More Anglesey, se acercaron a monsieur LeFebure, que era apotecario de la corte francesa. Dedicaban bastante tiempo a la alquimia.

—Pero ¿no era la alquimia un montón de estupideces, basura, porquería y memeces criminales y fraudulentas?

—Godfrey, eres la prueba viviente de que la manzana no cae demasiado lejos del árbol. ¿Quién soy yo para discutir tales cuestiones con tu padre? Sí. Era todo una tontería.

—Entonces, ¿por qué ir a París?

—En parte, si he de decir la verdad, deseaba ver la coronación del rey francés.

—¿Cuál? —pregunta Godfrey.

—¡El mismo de ahora! —dice Ben, molesto por tener que malgastar tiempo en tales preguntas.

—El importante —dice Enoch—, el rey. Luis XTV. Su coronación formal se produjo en 1654. Le ungieron con bálsamo de ángel de mil años de antigüedad.

—¡Puag, debía de apestar!

—Difícil saberlo en Francia.

—¿De dónde sacaron semejante cosa?

—No importa. Me estoy acercando a responder la pregunta de cuándo. Pero ésa no era mi razón completa. En realidad se trataba de que sucedía algo. Huygens, un joven brillante de una gran familia de La Haya, trabajaba en un reloj de péndulo realmente asombroso. Evidentemente, los péndulos eran una idea antigua, ¡pero él hizo algo simple y hermoso que los ajustaba de forma que indicasen el tiempo! Vi el prototipo, agitándose en su espléndida casa, donde la luz del atardecer penetraba desde el Plein, una especie de plaza cerca del palacio de la Dutch Court. Y luego en París, donde Comstock y Anglesey jugaban con, tenías razón, tonterías estúpidas. Realmente querían aprender. Pero carecían del genio de un Huygens, la audacia de inventar toda una nueva disciplina.

Un comentario

  • Mycroft Holmes noviembre 12, 2010en12:40 pm

    No es cierto que Neal Stephenson sea fiel a los hechos históricos. De hecho «Azogue» empieza con una metida de pata espectacular a ese respecto. Si queréis saber cuál y hasta dónde llega su ignorancia histórica, leed el artículo publicado el 29 de octubre de este año en «La Bitácora de pedro Morgan», http://bitacoradepedromorgan.wordpress.com
    «Azogue» y toda la serie son un ejemplo más de cómo los editores de este país, por mala fe o por ignorancia, o por las dos cosas, se dedican a dar la larga cambiada a los lecores cuando de Historia y similares se trata.
    Por favor, que no os engañen más. Reclamad calidad y sobre todo reclamad que se publiquen libros con vuestra propia Historia. ¿Sabéis por ejemplo que era un «novator»?. Pues si estáis esperando a leerlo en la serie de Neal Stephenson ya podéis esperar sentados. También podéis esperar sentados a que esa especie de zote anglosajón os cuente que uno de los matemáticos que más admiraba Newton era español. Eso es algo de lo que, como muchas otras cosas, Neal no tiene ni idea. Y todavía hay gente como Miquel Barceló que lo recomiendan… ¿Por qué será?.

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