Martha Wells. Sistemas críticos.

abril 3, 2020

Martha Wells, Sistemas críticos

En la exploración de planetas se suelen llevar Matabots como guardaespaldas, como protección para posibles peligros. En una de estas misiones se presentará una serie de problemas de las que se podrán escapar gracias a que el Matabot de la expedición, además de narrarnos la aventura en primera persona, ha hackeado su sistema y es inmune a órdenes externas.

La obra, en sí, no es nada del otro mundo. Pero está tan bien construida, sin fisuras, con su grado exacto de elementos de ciencia ficción, sin fliparse, que me ha resultado deliciosa. Supongo que el matabot protagonista continuará sus aventuras y yo querré leerlas.

Recomendable.

Los matabots no tienen permitido viajar con los humanos, así que debía concederme permiso en voz alta. Con el módulo de control roto nada podía detenerme, pero era bastante importante no dejar que nadie, sobre todo la gente que me había contratado, supiera que iba por libre. Era casi igual de importante que evitar la destrucción de mis componentes orgánicos o impedir que me cortaran en pedazos para aprovechar las piezas.
Subí a Bharadwaj por la rampa hasta la cabina, donde Overse y Ratthi se afanaban en desenganchar unos asientos para hacer sitio. Se habían quitado los cascos y retirado las capuchas de sus trajes, así que pude percibir sus rostros horrorizados cuando vieron lo que quedaba de la parte superior de mi cuerpo a través del traje roto. Me alegré de haber sellado el casco.
Por eso me gusta ir con el cargamento. Si juntas a humanos y humanos mejorados con matabots, el resultado es una situación demasiado incómoda. O al menos resulta incómoda para mí. Me senté en cubierta con Bharadwaj en mi regazo mientras Pin-Lee y Arada arrastraban a Volescu hacia dentro.
Dejamos dos fardos de equipo de campaña y un par de instrumentos sobre la hierba, en el mismo sitio en el que Bharadwaj y Volescu habían estado trabajando antes de bajar al cráter a por muestras. Lo normal es que les hubiese ayudado a cargarlos, pero el Sistema Médico, que monitorizaba a Bharadwaj a través de los restos de su traje, era bastante claro al respecto: soltarla sería una mala idea. Sin embargo, nadie mencionó el equipo. En una emergencia, abandonar objetos fácilmente reemplazables parecía lo más obvio, pero yo había tenido contratos en los que los clientes me habrían dicho que dejase a la humana desangrarse y bajara a por las cosas.
En el contrato que nos ocupa, fue Ratthi el que saltó y dijo:
—¡Voy a por las cajas!
—¡No! —grité, aunque se supone que no debía hacerlo. En teoría, tengo que hablar siempre con respeto a los clientes, incluso cuando están a punto de suicidarse por accidente. El Sistema Central podría registrarlo y ordenar un castigo a través del módulo de control. Eso si no estuviera hackeado.
Por suerte, el resto de humanos también gritaron un «no» al unísono.
—¡Joder, Ratthi! —añadió Pin-Lee.
—Ah, no hay tiempo, claro —dijo Ratthi—. ¡Lo siento! —Y presionó el botón de cerrado rápido de la escotilla.
Y gracias a eso no perdimos la rampa cuando el hostil llegó por abajo, con la boca llena de dientes o cilios o lo que fuera que usara para masticar el suelo. Las cámaras de la nave captaron una bonita panorámica de este ser y el sistema, muy amable él, la envió directamente a las redes de todo el mundo. Los humanos gritaron.
Mensah nos elevó con tanta rapidez y tanta fuerza que yo casi me incliné y todos los que no estaban en el suelo acabaron allí.
En el silencio posterior al despegue, mientras todos jadeaban de alivio, Pin-Lee dijo:
—Ratthi, si haces que te maten…
—Estarás muy enfadada conmigo, lo sé. —Ratthi se deslizó un poco más por la pared y agitó sin fuerzas una mano hacia ella.
—Esto es una orden, Ratthi: no hagas que te maten —intervino Mensah desde el asiento del piloto. Sonaba tranquila, pero como yo gozaba de privilegios de seguridad, vi a través del Sistema Médico que su pulso estaba acelerado.
Arada sacó el botiquín de emergencia para detener la hemorragia e intentar estabilizar a Bharadwaj. Procuré ser un aparato más, sujeté las heridas por donde me indicaban los humanos, usé mi temperatura corporal deficiente para mantenerla caliente y permanecí con la cabeza gacha para no ver cómo los demás me miraban.

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