Marta Sanz. Amor Fou.

abril 16, 2021

Marta Sanz, Amor Fou

Vuelvo a las primeras obras de Marta Sanz después de haberme enamorado de las últimas. La novela alterna fragmentos de diario de una antigua ¿pareja? de una mujer que la observa y acosa en su nuevo matrimonio con el encuentro en el presente de acosador y acosada después de que la cosa se haya ido de las manos.

Una novela mucho más oscura y con menos humor del que me tenía acostumbrado pero que además de su estructura narrativa aprovecha para liquidar convenciones. Ante un esquema típico ni el acosador es cruel ni la víctima es una víctima, ni los secundarios se limitan a dar soporte a la acción. Marta sabe exprimir jugo de todas las situaciones y no se iba a limitar a plantarnos un esquema maniqueo.

Así en el diario del acosador no sólo hay una constancia de la vigilancia, sino recuerdos de cómo se ha llegado a esa situación y apuntes del porqué las cosas tomaran un determinado derrotero. La mujer habla en primera persona del desprecio que le supone alguien que es incapaz de convertirla en víctima aunque le amargue la vida.

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Recomendable.

—A mí no me da vergüenza casi nada, Raymond.
Empezamos mal. Como debe ser. Decido callarme y esperar a que diga lo que ha venido a decir. Esta vez no pienso sacarle de ningún atolladero contándole una historia que le haga pensar. Como cuando éramos muy jóvenes y él tenía la cabeza llena de pájaros. Los pájaros me acechaban subidos a los cables del teléfono, y me picaban el cráneo. Yo me defendía con historias que no me sirvieron de nada.
Raymond deja el cuaderno, que yo no he querido recibir, sobre la mesa. Si a mí no me sirvieron las historias, no veo por qué han de servirle a él. Sin embargo, el cuaderno me tienta. Lo hojeo despreciativamente. Raymond saca del bolsillo de su camisa un cigarro y se lo lleva a la boca.
—En esta casa no se puede fumar. Ya se ha quemado. ¿Es que no lo ves?
Todo por incomodarle. Adrián tampoco podrá fumar ahora en el lugar donde lo mantienen retenido. Me pone muy nerviosa pensar que sigue allí, porque yo una vez también pasé por una comisaría.
Tenía diecinueve años y me encerré en una casa okupada. Estaba enamorada de Raymond. Sin embargo, en algunos acontecimientos de mi vida, él se negaba a participar. Para arriesgar, hay que haber recibido cierta educación. En esta casa en la que solo fuma quien a mí me da la gana, el busto de Lenin que me regaló mi abuela seguirá encima de la estantería. Hago lo posible por que no sea una mera opción decorativa. Merchandisingsoviético.
Raymond podía pintarse la cara de rosa para celebrar en presencia de una multitud una fiesta de bienvenida al dios del sol, pero participar en una manifestación de obreros de la metalurgia reconvertidos a la nada le parecía una actividad mecánica en la que solo podían involucrarse seres con el cerebro sorbido por una máquina succionadora.
—Lala, yo no soy un borrego.
—No, no eres un borrego. Tan solo un payaso.
La cosa había quedado así en nuestra despedida.
El ambiente en el interior de la casa okupada era festivo, pese a que yo estaba lánguida porque Raymond no me había querido acompañar. Es vergonzoso el recuerdo de la juventud. Estuve a punto de salir de la casa muchas veces para ir a buscar a Raymond y pedirle mil perdones por ser tan loca. Iba a salir en busca del perdón de un muchacho que proyectaba asesinar a todos los miembros de la secta religiosa en la que militaba su madre; después se marcharía a una cabaña, escondida en el monte, para pintar retículas vegetales y piedras sobre un lienzo, para preparar collages con algarrobas y cardos. Recuerdo mis manos pegajosas, la repugnancia dulce de las algarrobas al ser desprendidas de las ramas del árbol. Solo para que no se enfadase, iba a pedirle perdón a Raymond, quien, mientras me besaba, me decía que él quería ser una drag queen embutida en un vestido de láminas de oro, teñido el rostro con un maquillaje bronceador. Raymond cantaría en playback Goldfinger, agarrando el micro con la punta de sus uñas postizas. Movería sus uñas como abanicos. Estuve a punto de salir del encierro mil veces, porque sabía que Raymond era celoso y me había expresado su despecho:
—Si te pillan, nunca podrás ser funcionaria.
Siempre que yo me reía de los excéntricos proyectos de Raymond, él me acusaba de tener espíritu de funcionaria. Y lo tengo. Y es uno de los rasgos personales de los que me siento más orgullosa. Igual que de mi matrimonio. Igual que de mi capacidad de trabajo. Igual que de una disciplina, de una fidelidad y de una constancia de las que nunca me creí capaz. Dios os libre de las maquinaciones de los funcionarios que no tienen que preocuparse de cuestiones como sobrevivir y en periodo de excedencia revolucionan el mundo con método y rigor.

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