M. John Harrison. Luz.

noviembre 3, 2020

M John Harrison, Luz

Copio sinopsis:

Seria Mau Genlicher, capitana de la Gata Blanca, sirve a los násticos en su guerra contra la humanidad, hasta que el descubrimiento de un artefacto alienígena hace que decida abandonar el conflicto. O intentarlo, ya que sus patronos no parecen de acuerdo. Al mismo tiempo, Ed Chianese, antiguo piloto de élite, ve interrumpido su vegetar dentro de un tanque de realidad virtual en Nuevo Venuspuerto cuando las hermanas Cray, reinas de la mafia local, lo buscan vivo o muerto. Y no son las únicas. En nuestro presente, Michael Kearney, físico que será recordado como padre del viaje estelar, se ve perseguido por una siniestra presencia, de posible origen extraterrestre, que le atormenta desde la infancia. La respuesta a todos los misterios se encuentra en el Canal Kefahuchi, una singularidad desnuda cuya luz ha atraido, a lo largo de millones de años, a todas las especies inteligentes de la galaxia.

Tres tramas que se entrelazarán al final de una manera más o menos previsible. Estoy de acuerdo con una reseña que enlazaré al final. Esta es la típica aventura espacial con artefactos pretendidamente científicos pero que de tan cuánticos y fractales son prácticamente mágicos. Pero tiene un lenguaje tan atípico, la gente folla bebe vomita y se duerme que te da igual. Te dejas arrastrar por el sonido de las olas y cabalgas hasta ese canal misterioso que es el eje de la novela.

Además, el final tiene una lógica. Más o menos pillada por los pelos, pero que todo se dirija hacia un fin es algo que en estos tiempos es de agradecer. Yo he disfrutado mucho con su lectura y las locuras que plantea. Otras reseñas: Luz, Luz y Luz.

Recomendable.

—Estoy cansadísima —dijo—. Verdaderamente agotada.

Suspiró y se abrazó a él. Su piel estaba todavía húmeda y sonrosada por el baño. Kearney pasó los dedos por entre sus glúteos. Ella inhaló bruscamente, luego se tendió sobre su estómago y medio se arrodilló, alzándose para que él pudiera alcanzarla mejor. Su sexo parecía gamuza muy suave. Lo acarició hasta que todo su cuerpo se puso rígido y ella se corrió, jadeando, emitiendo una especie de pequeño gemido que casi parecía una tos. Para su sorpresa esto le produjo una erección. Esperó a que remitiera, cosa que llevó unos minutos, y entonces dijo:

—Probablemente tendré que irme.

Ella se lo quedó mirando.

—Pero ¿qué hay de mí?

—Anna, te dejé hace mucho tiempo —le recordó él.

—Pero sigues aquí. Te gusta venir y follarme; vienes por eso.

—Eres tú quien lo quiere.

Ella le agarró la mano.

—Pero veo a esa cosa. La veo cada día ahora.

—¿Cuándo la ves? No te desea. No te deseó nunca.

—Estoy tan agotada hoy. No sé qué me ocurre, de verdad.

—Si comieras más…

Ella le dio bruscamente la espalda.

—No sé por qué vienes —susurró. Entonces, vehementemente, añadió—: La he visto. La he visto en ese cuarto. Se queda ahí, mirando por la ventana.

—Dios. ¿Por qué no me lo has dicho antes?

—¿Por qué debería decirte nada?

Ella se quedó dormida poco después de eso. Kearney se apartó de su lado y se quedó mirando el techo, escuchando el tráfico pasar por el puente de Chiswick. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera dormirse. Cuando lo hizo, experimentó, en forma de sueño, un recuerdo de su infancia.

Era muy claro. Tenía tres años, o quizás menos, y estaba recogiendo piedrecitas en una playa. Todos los valores visuales de la playa destacaban, como en la imagen de un anuncio, de modo que las cosas parecían un poco demasiado claras, un poco demasiado brillantes, un poco demasiado recortadas. La luz del sol brillaba en la marea baja. La arena se curvaba suavemente, del color de persianas de lino. Las gaviotas formaban una línea en el malecón cercano. Michael Kearney estaba sentado entre las piedras. Todavía húmedas, y divididas por el desgaste en vetas y bandas de tamaños distintos, se extendían a su alrededor como joyas, fruta fresca, trozos de hueso. Las pasó entre los dedos, eligiendo, descartando, eligiendo y descartando. Vio crema, blanco, gris; vio colores atigrados. Vio rojo rubí. ¡Los quería todos! Alzó la cabeza para asegurarse de que su madre le estaba prestando atención, y cuando volvió a bajarla, algún cambio en su visión había alterado su perspectiva: vio claramente que las mellas en las piedras más grandes hacían el mismo tipo de formas que las mellas en las piedras más pequeñas. Cuanto más miraba, más se repetía la disposición. De repente entendió esto como una condición de las cosas: si podías ver la pauta que hacían las olas, o recordar las formas de un millón de pequeñas nubes blancas, habría una ardiente, inexplicable y vertiginosa similitud en todos los procesos del mundo, rugiendo en silencio mientras se alejaban de ti en repeticiones siempre cambiantes, siempre iguales, nunca lo mismo dos veces.
En ese momento se perdió. De la arena, el cielo, las piedras, de lo que más tarde consideraría la fractalidad voluntaria de las cosas, emergió el Shrander. No tenía nombre para él entonces. No tenía forma, Pero apareció en sus sueños a partir de entonces, como un hueco, una ausencia, una sombra en una puerta. Despertó de este último sueño, cuarenta años más tarde, y era una pálida mañana húmeda con niebla en los árboles al otro lado de la calle. Anna Kearney se abrazó a él, diciendo su nombre.

—¿Estuve horrible anoche? Me siento mucho mejor ahora.

Volvió a follársela, y luego se marchó. En la puerta del apartamento, ella dijo:

—La gente cree que es un fracaso vivir sola, pero no lo es. El fracaso es vivir con alguien porque no puedes enfrentarte a nada más.

Pegada a la puerta había otra nota: Alguien te ama. Toda su vida Kearney había preferido las mujeres a los hombres. Era una elección visceral o genética, tomada pronto. Las mujeres lo calmaban tanto como él las excitaba. Como resultado, tal vez, sus tratos con los hombres pronto se volvieron embarazosos, improductivos, frustrantes.

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