Luis Velasco Blake. Una historia sencilla.

febrero 20, 2020

Luis Velasco Blake, Una historia sencilla
Caballo de troya, 2011. 140 páginas.

La muerte de un padre hace tiempo ausente trae al narrador los recuerdos de su historia familiar, con un progenitor siempre embarcado en proyectos de empresas imposibles, un hermano montonero y una hermana trotskista en los años de la dictadura de Videla.

Pedazo de historia de una Argentina que es difícil de entender para los que no nacimos allí, pero que se explica bien en estas páginas a medio camino entre los desastres provocados en la familia por la situación política y el entramado de afectos familiares.

Es cierto que es una historia sencilla y por eso, a la vez, profunda y clarificadora. Otras reseñas: Una historia sencilla y Una historia sencilla.

Muy recomendable.


Llame a Nancy al Paraguay para preguntar por el estado de salud de mi padre.
Entre sollozos me dijo: Tu papá murió esta mañana, y un vacío oscuro se apoderó de mí. Entonces comprendí que cuando los padres se empiezan a morir es cuando nos vamos quedando solos de verdad.
Solos, sin barreras ante la muerte nuestra.
La nada.


Con su disciplina habitual se recluyó en casa como en un convento, y se dedicó a terminar de dar los exámenes para finalizar su carrera.
El tercer compañero de Julia, por esas sinrazones, no salió nunca más y hoy engrosa la lista de los desaparecidos.
El 78 fue el año del mundial de fútbol que se realizó en la Argentina.
Argentina salió campeona del mundo. La algarabía popular se desbordaba por todas las calles. Masas y masas de gente gritando enfervorizadas: ¡Argentina, Argentina! No recordando a la dictadura que nos gobernaba, quebraron el delicado equilibrío psíquico de Julia, que ya con su título de economista bajo el brazo decidió partir para el exilio en España. Allí con el tiempo se casó con Pedro, un antropólogo español que la comprende y la ayuda.
La terapia durará mucho tiempo, tal vez para siempre, dicen que dijo el psicólogo que la vio en España, y Julia se sigue despertando con crisis de pavor nocturno, ahogada por sus recuerdos de la tortura, viendo los ojos de sus compañeras de celda que la miran desde profundidades abismales, con resistencias a reaccionar a las caricias de Pedro, y sus ojos revo-[otean a veces de un lado al otro como ratitas disparadas y espera a veces paciente, otras impaciente, que se cierren las cicatrices de quien ha viajado al infierno y ha vuelto para contarlo, que la vida tome ese rumbo placentero de tarde de domingo, que todo sea como antes, que mamá la mime y le haga las trencitas como cuando era una chiquita, y le haga doler un poco al tirar el pelo con el peine y que luego le diga que es la nena más linda que ha visto y que ella saliera corriendo porque la esperaban sus amigas para jugar a la rayuela o al escondite, que otra vez el mundo volviera a ser balsámico y acogedor y que su papá la llevara al cine y luego a tomarse un chocolate con masas a la confitería París y ella le hiciera tortas con chocolate y dulce de leche al goloso de su hermanito Matías y a conspirar con Jorge porque a este le gustaba Leticia que era su mejor amiga.
Pero para el que vuelve del otro lado del espejo solo hay un tiempo frío y desangelado con algunos destellos de luz y calor

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