Joseph Heath y Andrew Potter. Rebelarse vende.

enero 5, 2021

Joseph Heath y Andrew Potter, Rebelarse vende
Santillana, 2005. 418 páginas.
Tit. or. The rebel sell. Why the culture can’t be jammed. Trad. Gabriela Bustelo.

Ensayo que, a pesar de algunas limitaciones y algunas repeticiones de la misma idea, demuestra una tesis con la que coincido plenamente: que la contracultura no sólo no combate al sistema capitalista sino que lo apoya. Llevamos más de un siglo de contracultura y el sistema sigue tan campante vendiendo pantalones rotos de marca a los jóvenes rebeldes que quieran manifestar su inconformismo.

Me voy a centrar en un ejemplo que puede servir de metáfora de lo que se explica en el libro y luego lo llevaré un poco más allá. En los colegios, antiguamente, se llevaba uniforme. Para la gente de izquierdas esto representaba a la perfección la obsesión del sistema por construir una sociedad de gente conformista, uniforme, listos para obedecer y consumir. El uniforme se eliminó de todos los colegios progresistas. Pero ¡oh sorpresa! en los últimos tiempos se oyen voces desde la izquierda que hablan de volver a utilizar uniforme ¿Por qué? Porque los jóvenes de ahora compiten por llevar ropas de marca, provocan ansiedad y desigualdad en el aula y, como hemos dicho antes, potencia el sistema que vende más ropa. En vez de tener un par de uniformes para la semana los chavales tienen que tener un guardarropa para cada día. ¿Cuál ha sido el error? Al menos dos:

Se identifica un problema falso sin base en la evidencia. Aunque daba la impresión de que el uniforme reprimía la creatividad nunca se hizo un estudio de si esto era verdad o si iba a traer más problemas de los que eliminaba.
Se identifica el sistema como un todo sin tener en cuenta lo bueno y lo malo que pueda haber en él. Hay normas que pueden ser útiles y no hay por qué desecharlas. Algo que los métodos educativos actuales están descubriendo con otras cosas como el aprendizaje de memoria.

Como se dice en el libro un adulto equilibrado debería ser capaz de aceptar las normas del sistema que le favorecen y combatir aquellas que son injustas. Lo que nos encontramos, sin embargo, es un exceso de postureo sin mucha base que realmente no contribuye a mejorar nuestra situación.

Yo todavía iría un poco más allá. Al promover el inconformismo como modo de vida tenemos un problema cuando es necesario que todos rememos en la misma dirección. Lo estamos viendo en la pandemia, cuando se considera bueno ir en contra del rebaño y no llevar mascarilla o tener otras actitudes que no son inconformistas, sino profundamente insolidarias.
Aunque coincido al cien por cien en las críticas a ciertas posturas de la izquierda echo de menos una pequeña justificación de las mismas. Estas no han salido de la nada o de histerismos. En el ejemplo del uniforme el colegio en su momento era un sitio opresivo en el que los profesores impartían arbitrariamente su autoridad y no es de extrañar que se asociara el uniforme a unas formas que se querían eliminar.

Un libro muy recomendable.

Obviamente, esta idea resulta tremendamente atractiva. Al fin y al cabo, la organización política tradicional es complicada y tediosa. En una democracia, la política involucra necesariamente a enormes cantidades de personas. Esto genera mucho trabajo rutinario: cerrar sobres, escribir cartas, hacer llamadas, etcétera. Montar agrupaciones tan gigantescas también conlleva una sucesión interminable de debates y acuerdos. La política cultural, en cambio, es mucho más entretenida. Hacer teatro alternativo, tocar en un grupo de música, crear arte vanguardista, tomar drogas y llevar una alocada vida sexual es sin duda más ameno que la organización sindical a la hora de pasar un buen fin de semana. Pero los rebeldes contraculturales se convencieron a sí mismos de que todas estas actividades tan entretenidas eran mucho más subversivas que la política de izquierdas tradicional, porque atacaban el foco de la opresión y la injusticia a un nivel «más profundo». Por supuesto, esta convicción es puramente teórica. Y como está claro quiénes son los que se benefician de ella, cualquiera que tenga una mentalidad mínimamente crítica sospechará de ella.


Para eliminar la «carrera hacia el abismo» y sustituir la destrucción mutua asegurada por una etapa de «cordura nuclear» no es necesaria la represión de nuestros instintos. Si una solución autoritaria consigue crear el nivel de confianza necesario, lo más probable es que todos los bandos la acepten con entusiasmo.
En suma, la teoría de Hobbes demuestra que no todas las normas son malas y que quienes obedecen las normas no son sólo unos conformistas reprimidos. Existe un término medio entre la neurótica obsesión del coronel Fitts con la «estructura» y el infantilismo con que Lester Burnham rechaza todas las normas sociales. Es posible ser un adulto equilibrado y normal que respeta las normas beneficiosas para la comunidad y se opone concienzudamente a las que considera injustas. Sin embargo, la contracultura ha ignorado cuidadosamente esta posibilidad.


En otras palabras, el consumismo parece el resultado de la batalla de los consumidores por superarse unos a otros. El origen del problema es el consumo competitivo, no el conformismo. Si los consumidores fueran unos conformistas, saldrían a la calle a comprar todos exactamente lo mismo y serían felices. No habría ningún motivo para salir a comprar nada nuevo. Por tanto, la necesidad de conformarse no explica en absoluto el carácter compulsivo del comportamiento consumista, es decir, el hecho de que la gente gaste más y más dinero estando en números rojos y sabiendo que no van a ser más felices a largo plazo.
Entonces, ¿por qué acusamos de consumismo a quienes se empeñan en «estar a la altura del vecino»? Quizá la culpa la tenga «el vecino», que debió de ser el primero que quiso quedar por encima de los demás. Quizá fuera esta necesidad de destacar, de ser mejores que los demás, lo que aceleró la tendencia consumista.
En resumen, son los inconformistas, no los conformistas, quienes fomentan el consumo. A un publicista esta idea le parecerá obvia. La identidad corporativa está relacionada con la diferenciación. Lo importante es conseguir que el producto destaque entre los demás. La gente se identifica con las marcas por la originalidad que aportan.
Entonces, ¿cómo puede haberse equivocado tanto la crítica social? ¿De dónde ha salido la idea de que el consumismo busca la conformidad?
las marcas, la obsesión con la ropa, con las zapatillas de deporte, ¿dónde la aprenden? Hay algo indudable, y es que a los jóvenes que llevan uniforme no les matan para robarles la ropa. En palabras de Clinton, «si el uniforme impide que nuestros adolescentes se maten unos a otros para robarse las cazadoras de diseño, entonces los colegios públicos deberían exigir su uso obligatorio».
El inesperado regreso del uniforme escolar es como una fábula moderna. Contiene todos los elementos que fomentan y reproducen el mito de la contracultura. Una vez más, se hacen patentes sus fallos y las terribles consecuencias de la pseudorrebeldía que genera. Y en este terreno es más evidente que nunca la ineficacia de la teoría contracultural. Es decir, la historia del uniforme puede enseñarnos cuanto necesitamos saber de la cultura moderna. Pero primero conviene determinar las verdaderas causas de la importancia que ha llegado a tener.


Los comandantes de ejército saben perfectamente que los soldados en realidad no luchan por Dios, ni por la Patria, ni por el Rey, ni tampoco por sus familias; luchan unos por otros y para defender la organización a la que pertenecen. Lo que lleva a un hombre a abalanzarse sobre una barricada o un nido de metralletas es su sentimiento fraternal, su lealtad hacia la organización que le enseñó a luchar junto al resto de los miembros. Por eso un comandante de ejército no pierde el tiempo en enseñar a los soldados los pormenores de la teoría política o la geopolítica. En cambio, hará todo lo posible por inculcarles una identidad colectiva. Lo primordial es lograr que el soldado prefiera morir antes que traicionar al grupo.
gran «tecnoestructura», como el sistema educativo y el sistema de prisiones. La sanidad como institución tiene todos los estigmas de la sociedad de masas. De hecho, podría parecer una pesadilla derivada del dominio tecnocrático. La sanidad es una institución impersonal y burocrática que ingresa literalmente a sus pacientes en un sistema informático cuyo número asignado deben llevar obligatoriamente en una pulsera identificadora. La estructura interna de la organización tiene una clara jerarquía con grupos claramente reconocibles por sus uniformes. Los médicos (hombres en su mayoría) tienen a sus órdenes a las enfermeras (mujeres en su mayoría). En general, el sistema aboga por la intervención tecnológica y el control instrumental de las enfermedades. Los diagnósticos y tratamientos se basan casi enteramente en el análisis estadístico, no en la situación concreta del paciente individual. Quien quiera saber lo que es sentirse una pieza del engranaje no tiene más que ir a un hospital.
A los enemigos de la sociedad de masas les parecía tan siniestro el estilo institucional del sistema médico que empezaron a plantearse la autenticidad de las enfermedades. Tal como había sucedido con los trastornos mentales, surgió la posibilidad de que los enfermos no estuvieran tan enfermos como parecían o incluso que la sanidad formase parte de un enorme contubernio para dominar a la población mediante el «control médico» del comportamiento antisocial. Paradójicamente, la eficacia de la medicina moderna contribuyó a mantener esta idea, al lograr eliminar o curar la mayoría de las enfermedades mortales. Al eliminarlas de nuestra vida cotidiana, resultaba sencillo llegar a dudar de su verdadera importancia. No podemos ni imaginar lo que sería vivir en una ciudad europea asolada por la peste, que se llevaba por delante a la mitad de la población. La penicilina ha acabado con ese problema. No tenemos ni idea de lo que debió de ser vivir en un mundo cuyos habitantes tenían que huir de sus casas periódicamente para no contagiarse de la correspondiente epidemia de viruela. Las vacunas han acabado con ello. Y tampoco tenemos ni idea de lo que sería dar a luz en una sociedad
donde el 15 por ciento de las mujeres morían de parto. Las avanzadas técnicas quirúrgicas han solucionado esa lacra.
Este contexto puede generar sospechas sobre la ética del sistema sanitario. «¿Por qué voy a tener que vacunar a mi hijo contra la polio? ¿Sabemos de alguien que tenga la polio?», se pregunta la gente. «Será una maniobra de las compañías farmacéuticas para ganar más dinero», concluyen. O también: «¿Por qué tengo que ir al hospital para dar a luz? ¿Sabemos de alguien que se haya muerto de parto? Será que los médicos masculinos quieren tener todavía más dominada y reprimida a la mujer». O también: «¿Por qué voy a tener que comprar leche pasteurizada? ¿Sabemos de alguien que se haya puesto enfermo por beber leche? Será publicidad de las empresas de productos lácteos para ganar más dinero».
Este tipo de razonamiento resulta aún más entretenido desde una perspectiva freudiana. La obsesión por la limpieza, la desinfección y la eliminación de gérmenes invisibles se puede catalogar como un típico síntoma de un trastorno de personalidad anal, con la consiguiente desconfianza en todo lo natural, sensual y placentero. Herbert Marcuse, hablando con la mayor seriedad, describió la práctica de la cirugía como una «agresión sublimada». En otras palabras, lo que de verdad quiere hacer un cirujano es matar y descuartizar a su paciente. Por desgracia, lo prohíben las normas del establecimiento, así que le toca conformarse con aceptar la solución clínica de cortar al paciente en cachitos, reordenarlos y volver a dejarle más o menos como estaba.
Pese a esta ofensiva exagerada contra el sistema médico, la contracultura en sí tenía muy poco que ofrecer como alternativa (¿cómo sería una medicina «individualista» o «rebelde»?). Por lo tanto, no le quedó más remedio que buscar refugio en las culturas no occidentales e interpretar sus prácticas médicas como la antítesis de todo lo que no funcionaba en Occidente. En consecuencia, surgió un enorme interés por la sabiduría oriental y, más concretamente, la china y la india, que se analizaban desde la clásica perspectiva contracultural. Si la medicina occidental se centraba en la enfermedad, la oriental era holística; si la

2 comentarios

  • Cities: Walking enero 7, 2021en9:13 am

    Por lo que le leído en ensayos que tratan cuestiones similares no es que la contracultura o las subculturas apoyen el capitalismo sino más bien que el capitalismo las asimila, eliminando así toda la fuerza anti/altersistema que puedan tener sus idearios. Y el ejemplo de la eliminación del uniforme me parece un poco cogido con alfileres. Es verdad que sin él las diferencias en el status socio-económico son más fácilmente perceptibles, pero cuando yo era pequeño y lo usaba siempre estaban quienes llevaban polos lacoste o fred perry frente a marcas de segunda. En todo caso vaya por delante que el tema me parece muy interesante y que sin haber leído este ensayo igual no estoy aportando gran cosa.

  • Palimp enero 8, 2021en12:41 pm

    Podríamos estar hablando horas de este tema. El capitalismo asimila la contracultura, lo que demuestra que no es un arma efectiva contra el mismo. Si vas de contracultural pensando que luchas contra el sistema estás desactivado porque estás realizando acciones que no tienen ningún efecto real, pero tú crees que sí y no te rebelas más. Ir con los pantalones rotos porque no quieres comprar unos nuevos es ir contra el sistema. Comprar pantalones rotos por motivos estéticos es el colmo de la estupidez: cada vez que lo veo se me llevan los demonios. Aunque tiene sus cosas buenas, cuando a mis hijos se les reompen los pantalones ya no tengo que plancharles una rodillera, van a la moda (y esto lo hago de verdad).

    Yo fui a un colegio religioso y los alumnos eramos una extraña mezcla. Clase media alta, hijos de obreros cuyos padres le daban mucha importancia a la educación y alumnos sin recursos que eran la ‘cuota social’. Llevábamos uniforme y hasta que no llegué a séptimo no me di cuenta de quién era quién (aunque es cierto que siempre he sido un poco tonto).

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