Irene Vallejo. El infinito en un junco.

marzo 5, 2021

Irene Vallejo, El infinito en un junco
Siruela 2019, 2020. 450 páginas.

Se podría decir que es una historia de los libros desde los papiros egipcios hasta los códices romanos. Pero es más, mucho más. Es una narración sobre los hilos invisibles que unen a los lectores y escritores de todas las épocas, de cómo la literatura es un mapa donde navegamos y nos perdemos locos de todas las épocas. Una aventura colectiva que nos hermana a través de los siglos.

¿Es posible emocionarse con un ensayo? Sí. Lo reconozco, soy de lágrima fácil. Pero nunca hubiera pensado que mis ojos se iban a enrojecer leyendo uno. Pero la autora sabe narrar, eso está claro. Cuando nos cuenta que en un verso de Safo se lee ‘yo afirmo que alguien se acordará de nosotras’ está poniendo el dedo en la llaga de lo que son los libros: mensajes lanzados a través del océano del tiempo con la ilusión de perdurar.

No me extraña que haya sido un super ventas instantáneo. Me suelo quejar de los libros que se limitan a contar cosas sin tener una tesis clara detrás. Está claro que lo que en otros son defectos en este caso es un acierto que da en la diana emocional. Rigor, erudición y una colección de historias para leer y releer.

Extremadamente recomendable.

Las bibliotecas más antiguas de las que hay noticia, en el Próximo Oriente —Mesopotamia, Siria, Asia Menor y Persia— también lanzaron maldiciones contra los ladrones y destructores de textos.
«A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua».
«A quien rompa esta tablilla o la ponga en agua o la borre hasta que no pueda entenderse, que los dioses y diosas del cielo y de la tierra lo castiguen con una maldición que no pueda romperse, terrible y sin piedad, mientras viva, para que su nombre y su simiente queden borrados de la tierra y su carne sea pasto de los perros».
Al leer las espeluznantes amenazas que profieren, podemos intuir la importancia que aquellas remotas colecciones tenían para sus propietarios. En aquel tiempo no existía todavía el comercio de libros, y solo podías conseguirlos copiándolos tú mismo (y para eso necesitabas ser un escriba profesional) o arrebatándoselos a otros como botín de guerra (y para eso necesitabas derrotar al enemigo en peligrosas batallas).
Inventados hace cinco mil años, los libros de los que estamos hablando, en realidad los antepasados de los libros —y de las tabletas—, eran tablillas de arcilla. En las riberas de los ríos de Mesopotamia no había juncos de papiro, y escaseaban otros materiales como la piedra, la madera o la piel, pero la arcilla era abundante. Por eso los sumerios empezaron a escribir sobre la tierra que sostenía sus pasos. Conseguían una superficie para escribir modelando pequeñas masas de arcilla de unos veinte centímetros de longitud, con forma rectangular y aplanada, parecidas a nuestras tabletas de siete pulgadas. Y desarrollaron un estilo de escritura a base de hendiduras de punzón en la arcilla blanda. El agua borraba las letras escritas sobre el barro pero, a cambio, el fuego, que ha sido verdugo de tantos libros, cocía las tablillas de arcilla igual que un horno de alfarero, haciéndolas más duraderas. La mayoría de las tablillas que los arqueólogos han rescatado se conservan precisamente porque ardieron en las llamas de un incendio. Los libros ocultan historias increíbles de supervivencia; en raras ocasiones —los incendios de Mesopotamia y Micenas, los vertederos de Egipto, la erupción del Vesubio—, las fuerzas destructivas los han salvado.
Las primeras bibliotecas del mundo fueron lugares humildes, pequeños almacenes con estantes adosados a las paredes y filas de tablillas colocadas de pie, en posición vertical, una junto a otra, sobre las baldas. En realidad, los especialistas en Próximo Oriente antiguo prefieren llamarlas «archivos». Allí se guardaban facturas, albaranes de entrega, recibos, inventarios, contratos matrimoniales, acuerdos de divorcio, actas de juicios, códigos legales. Y, en un pequeño porcentaje, también literatura, sobre todo poemas e himnos religiosos. En las excavaciones del palacio de Hattusa, la capital hitita, en la actual Turquía, se han encontrado varios especímenes de un curioso género literario: oraciones para combatir la impotencia sexual.


Entre dos celdas, en el arranque de un amplio corredor, descubrí un rincón extraordinario del convento. Los expertos creen que ese lugar acogió la primera biblioteca moderna. Allí recalaron los espléndidos libros que el humanista Niccolò Niccoli legó a la ciudad «para el bien común, para el servicio público, para que permanezcan en un lugar abierto a todos, donde las personas hambrientas de educación puedan cosechar en ellos, como en campos fértiles, el rico fruto del aprendizaje». Por su parte, Cosme financió la construcción de una biblioteca renacentista, diseñada por el arquitecto Michelozzo, que reemplazó las habitaciones oscuras y los libros encadenados del mundo medieval por un emblema de los nuevos tiempos: una sala amplia, bañada en luz natural, diseñada para facilitar el estudio y la conversación. Las fuentes describen con admiración el aspecto original de la biblioteca: una arcada aérea sostenida por dos filas de delicadas columnas, ventanales a ambos lados, piedra serena, paredes de color verde agua para inspirar sosiego, anaqueles cargados de libros, y sesenta y cuatro bancos de madera de ciprés para los frailes y visitantes que acudían a leer, escribir y copiar textos. Un acceso desde el exterior hacía realidad el sueño de Niccolò: su colección de cuatrocientos manuscritos permanecía abierta a todos los letraheridos florentinos y extranjeros. Inaugurada en 1444, fue, tras la destrucción de sus antepasadas helenísticas y romanas, la primera biblioteca pública del continente.
Caminé lentamente por la alargada sala. Han desaparecido las mesas, sustituidas por vitrinas donde se exponen valiosos manuscritos. Ya nadie viene a leer a este espacio renacentista de luz y silencio, convertido en museo, y, sin embargo, entre estas paredes se respira la atmósfera cálida de los espacios habitados. Tal vez se han refugiado aquí los fantasmas, que, como todo el mundo sabe, son criaturas asustadizas que prefieren los lugares solitarios porque temen a las terroríficas hordas de los vivos.


Se piensa —pero es solo conjetura— que eran thíasoi femeninos, una especie de clubs religiosos donde las adolescentes, bajo la dirección de una mujer carismática, aprendían poesía, música y danza, honraban a los dioses, y tal vez exploraban su erotismo poco antes del matrimonio. En todo caso, los amores de Safo por sus protegidas no eran sentimientos condenados, sino reconocidos y deseados incluso. Los griegos creían que el amor era la principal fuerza educadora. No respetaban demasiado al maestro que enseñaba por dinero, corriendo detrás de la clientela y reclamando su pago. Para su mentalidad aristocrática, aceptar un trabajo remunerado era propio de desharrapados. Les gustaba más el profesor que escogía a nuevos discípulos solo al descubrir en ellos un destello especial y entregaba su sabiduría, sin el estorbo de peticiones salariales, enamorándose y seduciendo —ni más ni menos que lo que hacía Sócrates—. En Grecia, miraban ese tipo de homosexualidad pedagógica como algo incluso más digno y elevado que las relaciones heterosexuales.
El poema más conocido de Safo se desarrolla en la boda de una joven amiga que ya no volverá al grupo. Para Safo, es la fiesta del adiós: «Me parece igual que un dios ese hombre/ que está sentado frente a ti/ y cautivo te escucha/ mientras le hablas con dulzura. Tu risa encantadora/ me ha turbado el corazón en el pecho:/ Si te miro, la voz no me obedece;/ mi lengua se quiebra/ y bajo la piel, un tenue fuego me recorre,/ ya no veo, mis oídos zumban,/ brota el sudor, un temblor entera me sacude;/ y estoy pálida, más que la hierba./ Siento que me falta poco para morir».
Estos versos en los que palpita el deseo han escandalizado a muchos lectores. Siglo tras siglo, Safo ha sufrido un verdadero alud de incomprensión, caricaturas y comentarios malintencionados hurgando en su vida privada. Ya Séneca menciona un ensayo titulado «¿Fue Safo una puta?». En el otro extremo, un remilgado filólogo del siglo XIX escribió, para guardar las formas y proteger al mundo de las obscenidades paganas, que «dirigía un internado de señoritas». En el año 1073, el papa Gregorio VII había ordenado quemar todos los ejemplares de sus poemas, por su peligrosa inmoralidad.
En un fragmento de apenas una línea que, por azar, ha llegado hasta nosotros, leemos: «yo afirmo que alguien se acordará de nosotras». Y, aunque aquella posibilidad parecía rozar lo imposible, casi treinta siglos después seguimos escuchando la voz tenue de aquella mujer bajita.


La segunda decisión arriesgada de Nico fue organizar un club de lectura clandestino. Un kapo amigo y algunos médicos aceptan pedir prestados libros de la biblioteca para los miembros del grupo. Cuando no es posible conseguir textos, ellos mismos recuerdan de memoria frases de antiguas lecturas y las comentan. Dan breves conferencias sobre su literatura nacional —pertenecen a un mosaico de países europeos—. Se reúnen de pie entre las camas, disimulando, asustados, siempre con un vigilante para dar la alarma en cuanto asoma un alemán. Una vez, el kapo que solía hacer la vista gorda se cabrea y disuelve el corrilllo entre exabruptos: «¡Cerrad la boca! ¡Basta de cháchara! En Mauthausen os fusilarían por esto. No hay disciplina aquí. ¡Una maldita guardería!».
Dos miembros del club estaban escribiendo libros en su mente: una monografía sobre derecho de patentes y un cuento infantil para los niños que crecerán entre las ruinas. Hablan de Goethe, de Rilke, de Stendhal, de Homero, de Virgilio, de Lichtenberg, de Nietzsche, de Teresa de Ávila, mientras los bombardean y el barracón tiembla, mientras arrecia la epidemia de tifus y algunos médicos dejan morir a cuantos más pacientes mejor para caer en gracia a los SS.
ocurriría por primera vez incluir la famosa isla en la pregunta y por qué extraño mimetismo ha quedado ahí incorporada, exótica e incongruente. La mejor respuesta se la debemos a G. K. Chesterton: «Nada me haría más feliz que un libro titulado Manual para la construcción de lanchas». Como Chesterton, yo también querría escapar de un lugar así. No me interesa una isla desierta donde falte —qué menos— una librería provista de la Odisea, Robinson Crusoe, Relato de un náufrago y Océano mar.
Lo curioso es que se puede seguir el rastro salvador de los libros en casi cualquier lugar del mundo, incluso en los más siniestros. Como explica Jesús Marchamalo en su gozoso Tocar los libros, el poeta Joseph Brodsky, prisionero en Siberia por un delito de «parasitismo social», encontró consuelo en la lectura de Auden; y Reinaldo Arenas, recluido en las cárceles castristas, en la Eneida. Sabemos también que Leonora Carrington, ingresada en un psiquiátrico de Santander durante la inmediata posguerra, soportó la sórdida situación leyendo a Unamuno.
También en los campos de concentración nazis había bibliotecas. Se nutrían de los libros requisados a los prisioneros a su llegada. Con el dinero usurpado a los propios presos se pagaban las nuevas adquisiciones. Aunque las SS invertían buena parte de los fondos en tratados propagandísticos, no faltaban novelas populares ni los grandes clásicos, junto a diccionarios, ensayos filosóficos y textos científicos. Incluso había volúmenes prohibidos, cuyas encuadernaciones habían sido camufladas por los prisioneros bibliotecarios. La aventura de estas bibliotecas empezó en 1933, y sabemos que en el otoño de 1939 había seis mil títulos solo en Buchenwald; en Dachau llegó a haber trece mil. Las SS las usaban como mero atrezo para demostrar a los visitantes que en aquellos humanitarios campamentos de trabajo no se descuidaban ni siquiera los intereses intelectuales de los prisioneros. Parece que durante los primeros tiempos, los reclusos pudieron disponer de sus propios libros, pero pronto les suprimieron ese privilegio.
¿Los libros de las bibliotecas —cercanos pero inaccesibles— trajeron algún alivio a los reclusos? Y, lo que es aún más esencial: ¿puede la cultura ser un bote salvavidas para alguien sometido al maltrato, el hambre y la muerte?
Tenemos un testimonio contundente y visceral, Goethe en Dachau. Su autor, Nico Rost, fue un traductor holandés de literatura alemana. Durante la guerra, incluso después de la invasión de su país, contribuyó a publicar autores alemanes incómodos para los nazis. Además, era comunista —doble desafío—. Detenido en mayo de 1943 y enviado a Dachau, ingresó como paciente en la enfermería, donde acabaría trabajando en tareas administrativas. Allí evitaba las extenuantes jornadas de trabajo al aire libre o como mano de obra esclava en las fábricas de armamento. Pero permanecer en la enfermería era una bendición peligrosa. Si se fijaban en ti, inválido y parasitario, era fácil que te destinasen a los trenes con rumbo al exterminio.
En medio de la angustia, sin ninguna información sobre los avances de los Aliados, diezmados por una letal epidemia de tifus y con raciones menguantes de alimentos —Nico cuenta que un compañero adelgazó tanto que le venía grande incluso la dentadura postiza—, los presos estaban cada vez más convencidos de que no conseguirían sobrevivir. En esas circunstancias, Rost tomó varias decisiones peligrosas. La primera, llevar un diario, consiguiendo papel con enormes dificultades, ocultándose para garrapatear unas líneas cada día y guardando sus notas en un escondrijo. Lo curioso es que ese diario, publicado tras la liberación del campo, no contiene el relato de sus penurias, sino una crónica de sus pensamientos. Escribe: «Quien habla del hambre acaba teniendo hambre. Y los que hablan de la muerte son los primeros que mueren. Vitamina L (literatura) y F (futuro) me parecen las mejores provisiones». Escribe: «Nos vamos a contagiar todos y por la malnutrición todos moriremos. A leer todavía más». Escribe: «En el fondo es cierto: la literatura clásica puede ayudar y dar fuerzas». Cita: «Vivir entre los muertos con Tucídides, Tácito y Plutarco en Maratón o Salamina es, al fin y al cabo, lo más honroso, cuando a uno no se le permite otra actividad».
La segunda decisión arriesgada de Nico fue organizar un club de lectura clandestino. Un kapo amigo y algunos médicos aceptan pedir prestados libros de la biblioteca para los miembros del grupo. Cuando no es posible conseguir textos, ellos mismos recuerdan de memoria frases de antiguas lecturas y las comentan. Dan breves conferencias sobre su literatura nacional —pertenecen a un mosaico de países europeos—. Se reúnen de pie entre las camas, disimulando, asustados, siempre con un vigilante para dar la alarma en cuanto asoma un alemán. Una vez, el kapo que solía hacer la vista gorda se cabrea y disuelve el corrilllo entre exabruptos: «¡Cerrad la boca! ¡Basta de cháchara! En Mauthausen os fusilarían por esto. No hay disciplina aquí. ¡Una maldita guardería!».
Dos miembros del club estaban escribiendo libros en su mente: una monografía sobre derecho de patentes y un cuento infantil para los niños que crecerán entre las ruinas. Hablan de Goethe, de Rilke, de Stendhal, de Homero, de Virgilio, de Lichtenberg, de Nietzsche, de Teresa de Ávila, mientras los bombardean y el barracón tiembla, mientras arrecia la epidemia de tifus y algunos médicos dejan morir a cuantos más pacientes mejor para caer en gracia a los SS.
La muerte cambia constantemente la composición del club. Nico, que aglutina y sostiene el grupo, se esfuerza por sondear y captar a los nuevos enfermos que van llegando. Sus amigos lo apodan «el holandés loco que engulle papel». Ese diario redactado a escondidas es un gesto de rebelión a través de la escritura y la lectura, que le estaban prohibidas. Mientras se acumulan los cadáveres, él se obstina en ejercer su derecho a pensar. El 4 de marzo de 1945, apenas un mes antes de ser liberado —pero sin saber que la salvación está cerca—, se siente en la frontera entre la vida y la muerte. Escribe: «Me niego a hablar de tifus, de piojos, de hambre y de frío». Sabe y sufre la existencia de todos esos tormentos, pero piensa que los nazis los han concebido para desesperar y animalizar a los reclusos. Rost no quiere centrar su atención en el engranaje del matadero; se aferra a la literatura con urgencia, sin escepticismo, buscando un salvavidas. Hay algo paradójico en este comunista que predica el materialismo más radical mientras sobrevive a las condiciones extremas gracias a la fe en una idea.
Las personas con las que comparte conversaciones y lecturas son disidentes de diversos países (rusos, alemanes, belgas, franceses, españoles, holandeses, polacos, húgaros). En la entrada del 12 de julio de 1944, afirma: «Formamos una especie de comunidad europea —aunque sea por obligación— y podríamos aprender mucho del trato con otras naciones». Me gusta pensar que, en realidad, frente a lo que cuentan los sesudos manuales de historia, la Unión Europea nació en un peligroso club de lectura tras las alambradas de un Lager nazi.


Los mass media y las redes sociales, con su vértigo instantáneo, alimentan estas percepcciones. Nos empujan a admirar todas las innovaciones que llegan corriendo como surfistas en la cresta de la ola, sostenidas por la velocidad. Pero los historiadores y antropólogos nos recuerdan que, en las aguas profundas, los cambios son lentos. Víctor Lapuente Giné ha escrito que la sociedad contemporánea padece un claro sesgo futurista. Cuando comparamos algo viejo y algo nuevo —como un libro y una tableta, o una monja sentada junto a un adolescente que chatea en el metro—, creemos que lo nuevo tiene más futuro. En realidad, sucede lo contrario. Cuantos más años lleva un objeto o una costumbre entre nosotros, más porvenir tiene. Lo más nuevo, como promedio, perece antes. Es más probable que en el siglo XXII haya monjas y libros que WhatsApp y tabletas. En el futuro habrá sillas y mesas, pero quizá no pantallas de plasma o teléfonos móviles. Seguiremos celebrando con fiestas el solsticio de invierno cuando ya hayamos dejado de tostarnos con rayos UVA. Un invento tan antediluviano como el dinero tiene muchas posibilidades de sobrevivir al cine 3D, a los drones y a los coches eléctricos. Muchas tendencias que nos parecen incuestionables —desde el consumismo desenfrenado a las redes sociales— remitirán. Y viejas tradiciones que nos han acompañado desde tiempo inmemorial —de la música a la búsqueda de la espiritualidad— no se irán nunca. Al visitar las naciones socioeconómicamente más avanzadas del mundo, en realidad sorprende su amor por los arcaísmos —de la monarquía al protocolo y los ritos sociales, pasando por la arquitectura neoclásica o los vetustos tranvías—.
Si el poeta Marcial pudiese agenciarse una máquina del tiempo y visitar esta tarde mi casa, encontraría pocos objetos conocidos. Le asombrarían los ascensores, el timbre de la puerta, el router, los cristales de las ventanas, el frigorífico, las bombillas, el microondas, las fotografías, los enchufes, el ventilador, la caldera, la cadena del váter, las cremalleras, los tenedores y el abrelatas. Se asustaría al escuchar el silbido de la olla exprés y daría un respingo cuando empezasen las embestidas de la lavadora. Alarmado, buscaría dónde se esconden las personas que hablan desde la radio. Le angustiaría —como a mí, por otro lado— el pitido de la alarma del despertador. A simple vista, no tendría ni la más remota idea de la utilidad de los esparadrapos, los sprays, el sacacorchos, la fregona, las brocas, el secador, el exprimelimones, los discos de vinilo, la maquinilla de afeitar, los cierres de velcro, la grapadora, el pintalabios, las gafas de sol, el sacaleches o los tampones. Pero entre mis libros se sentiría cómodo. Los reconocería. Sabría sujetarlos, abrirlos, pasar las páginas. Seguiría el surco de las líneas con su dedo índice. Sentiría alivio —algo queda de su mundo entre nosotros—.


De la misma manera que las estirpes de los ricos, los clásicos no son libros aislados, sino mapas y constelaciones. Italo Calvino escribió que un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lea aquel reconoce enseguida su lugar en la genealogía. Gracias a ellos descubrimos orígenes, relaciones, dependencias. Se esconden unos en los pliegues de otros: Homero forma parte de la genética de Joyce y Eugenides; el mito platónico de la caverna regresa en Alicia en el País de las Maravillas y Matrix; el doctor Frankenstein de Mary Shelley fue imaginado como un moderno Prometeo; el viejo Edipo se reencarna en el desgraciado rey Lear; el cuento de Eros y Psique, en La Bella y la Bestia; Heráclito en Borges; Safo en Leopardi; Gilgamesh en Supermán; Luciano en Cervantes y en La guerra de las galaxias; Séneca en Montaigne; las Metamorfosis de Ovidio en el Orlando, de Virginia Woolf; Lucrecio en Giordano Bruno y Marx; y Heródoto en La ciudad de cristal, de Paul Auster. Píndaro canta: «Sueño de una sombra es el ser humano». Shakespeare lo reformula: «Somos de la misma materia de la que están hechos los sueños, y nuestra breve vida está circundada por el sueño». Calderón escribe La vida es sueño. Schopenhauer entra en el diálogo: «La vida y los sueños son páginas del mismo libro». El hilo de las palabras y las metáforas atraviesa el tiempo, ovillando las épocas.

2 comentarios

  • Francisco H. González marzo 6, 2021en10:59 pm

    Tenía muchas ganas de leerlo y después de leer tu reseña todavía más.

  • Palimp marzo 7, 2021en9:57 am

    Como decía Eric González ‘Leí este libro porque todo el mundo hablaba de él y ahora hablo de él a todo el mundo’.
    No obstante tengo un par de amigos a los que no les gustó.

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