François-René de Chateaubriand. Vida de Rancé.

abril 25, 2014

Clásicos universales Planeta, 1981. 158 páginas.
Introducción, traducción y notas: Carlos Pujol.

François-René de Chateaubriand, Vida de Rancé
Vidas de santos

Compré este libro de saldo por el autor, de gran fama y cuyas memorias de ultratumba están tan alabadas. Y para ser la primera obra que leo suya, muy contento no me he quedado. En la introducción dice que irritó y decepcionó a sus contemporáneos y a mí me ha pasado lo mismo.

Es la vida Rancé, reformador de la orden de la Trapa. Cuenta su historia y algunas anécdotas y reflexiones alrededor del tema.

Como dicen en el prólogo, algunas páginas son sublimes, pero en general me aburrió mucho, y para un lector gañán como yo no si se ha merecido la pena.

Calificación: Regular.


Extracto:[-]

Nadie me leerá, excepto tal vez alguna sobrina segunda acostumbrada ya a las historias de su viejo tío. Ha pasado el tiempo, he visto morir a Luis XVI y a Bonaparte; es una irrisión vivir después de eso. ¿Qué hago en el mundo? No es bueno seguir en él cuando los cabellos no son lo suficientemente largos como para enjugar las lágrimas que vierten nuestros ojos. Antaño emborronaba papel con mis criaturas, Atalá, Blanca, Cimodocea, quimeras que han ido a buscar en otra parte la junventud. Se advierten rasgos indecisos en el cuadro del Diluvio, último trabajo de Poussin: estos defectos del tiempo embellecen la obra maestra del gran pintor; pero para mí no vale la disculpa, no soy Poussin, no vivo a orillas del Tíber y un débil sol me alumbra. Tiempo atrás, pude imaginar la historia de Arnélie; ahora me veo reducido a contar la de Rancé: he cambiado de ángel al cambiar de años.

—-
El cardenal de Retz estaba en todas partes, haciendo presa en las mujeres; sin ningún escrúpulo frecuentaba el palacio de Chevreuse. La señorita de Chevreuse trataba a lo que amaba como a sus faldas, con las que se metía en la cama cuando le gustaban y que quemaba por pura aversión dos días después. Finalmente, en el Marais y en la isla de San Luis vivían Lamoignon y D’Aguesseau, graves magistrados; eri sus mocedades igualaban sus pesos con un pan cuando una recia yegua les llevaba el uno frente al otro dentro de dos cestos. Enrique III gustaba de sorprender estas reuniones apartadas y se sentaba en medio de ellas sobre un cofre.

Sociedades desaparecidas desde hace ya mucho tiempo, ¡cuántas otras os han sucedido! Las danzas se trenzan sobre el polvo de los muertos y las tumbas crecen bajo las huellas de la alegría. Reímos y cantamos en los lugares regados con sangre de nuestros amigos. ¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las dichas de hoy? ¿Qué importancia podemos conceder a las cosas de este mundo? ¿La amistad? Desaparece cuando el ser querido cae en la desgracia o cuando el que ama llega a ser poderoso. ¿El amor? Es engañado, frágil o culpable. ¿La fama? La compartimos con la mediocridad o el crimen. ¿La fortuna? ¿Podríamos juzgar como un bien esa frivolidad? Quedan esos días llamados felices que transcurren ignorados en la oscuridad de los quehaceres domésticos, y que no dejan al hombre ni el deseo de perder ni el de recomenzar la vida.

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Bien veo que os asombráis
que al cabo de ochenta inviernos,
mi musa débil v vieja
aún tararee versos.

A veces queda verdor
que sonríe bajo el hielo.
Naturaleza se alegra,
mas se seca en poco tiempo.

El rey de Prusia, la emperatriz de Rusia, toda la grandeza, todas las celebridades de la tierra reciben de rodillas, como un título de inmortalidad, unas palabras del escritor que vio morir a Luis XIV, caer a Luis XV y reinar a Luis XVI y que, situado entre el gran rey y el rey mártir, es él solo toda la historia de Francia de su tiempo.

Pero tal vez una correspondencia particular entre dos personas que se han amado ofrece aún algo más triste; porque ya no son los hombres, sino el hombre lo que se ve.

Primero las cartas son largas, apasionadas, múltiples; el día no basta: se escribe a la puesta del sol; se trazan unas palabras al claro de luna, confiando en que su luz casta, silenciosa, discreta, cubrirá con su pudor mil deseos. Se han separado al alba; al alba se acecha la primera luz para escribir lo que se cree haber olvidado decir en horas de delicias. Mil juramentos cubren el papel, donde se reflejan las rosas de la aurora; mil besos son depositados sobre las palabras que parecen nacer de la primera mirada del sol: ni una idea, ni una imagen, ni una imaginación, ni un accidente, ni una inquietud que no tengan su carta.

Pero una mañana algo casi insensible se desliza sobre la belleza de esta pasión, como una primera arruga en la frente de una mujer adorada. El soplo y el perfume del amor expiran en estas páginas de la juventud, como al atardecer una brisa se encalma sobre las flores: nos damos cuenta, pero no queremos confesarlo. Las cartas se abrevian, disminuyen en número, se llenan de noticias, de descripciones, de cosas ajenas; algunas se retrasan, pero se está menos inquieto; seguros de amar y de ser amados, nos hemos hecho razonables; ya no se protesta, se acepta la ausencia. Siguen pronunciándose juramentos; son todavía las mismas palabras, pero están muertas; les falta el alma: os amo ya no es más que una expresión de costumbre, un protocolo obligado, el tengo el honor de considerarme de toda carta de amor.

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