Félix J. Palma. El menor espectáculo del mundo.

agosto 28, 2012

Félix J Palma, El menor espectáculo del mundo
Páginas de espuma.

Tenía muchas ganas de leer los cuentos de Palma, que tan bien recomendados me venían. He empezado con este que contiene los siguientes:

El país de las muñecas
Un padre busca la muñeca que ha perdido su hija y al no encontrarla decide hacer como Kafka.

Margabarismos
Unos extraños mensajes en las paredes de un urinario de bar resultarán ser premonitorias.

Una palabra tuya
Un padre se queda encerrado en el trastero mientras su hija cae en manos de una vecina.

Maullidos
¿Puede un antiguo amor reencarnarse en un gato?

Un ascenso a los infiernos
El pasatiempo de tres ancianos no es mirar obras, sino las entradas en la unidad de emergencias del hospital.

El síndrome de karenina
Una carta hallada por casualidad entre las páginas de un libro desvelarán un secreto al protagonista.

El valiente anestesista
Una madre cuenta una versión un tanto peculiar de el sastrecillo valiente a su hija.

Las siete vidas (o así)
Las diferentes decisiones -o indecisiones- del protagonista se irán desdoblando en diferentes historias.

Bibelot
Un vendedor de enciclopedias se verá envuelto en un error cuando una anciana le confunda con su hijo.

En general están muy bien, y aunque a algunos les haya encontrado algún defectillo (la comunicación con el más allá vía mensajes en el urinario me parece original pero poco práctica) no hay ninguno malo. Mis preferidos el primero, con reminiscencias de Kafka y la muñeca viajera, el último, tierno encuentro y desencuentro, y el penúltimo, porque el tema de los diferentes caminos que puede seguir una vida siempre me ha fascinado.

Además abunda la ternura. Otra reseña aquí: El menor espectáculo del mundo

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (361/365)

Extracto:
El hombre del tiempo lo había advertido con dos días de antelación: el fin de semana habría tormenta. Lo dijo muy seguro de sí mismo, enmarcado por la imagen del país vista por el ojo divino del Meteosat, la borrasca semejando las tripas de una almohada descosida. Y, por una vez, parecía haber acertado, constató Sebastián Mingorance estudiando desde la ventana de su dormitorio aquel cielo gris y rencoroso, por el que se deslizaban, siniestras como bombarderos, unas nubes enormes y cárdenas. Tal confabulación de nubarrones malograba sin miramientos sus planes de pesca, limitando el fin de semana a la mazmorra de su diminuto apartamento de soltero impenitente, y que dure, como proclamaba en el bar con los compañeros, aunque sólo fuera por disimular, por mostrarse feliz con lo puesto ante aquella caterva censora de padres primerizos, muchachitos imberbes y ojerosos ya perpetuados por obra y gracia de un movimiento pélvico, pobres grumetes atrapados en un oleaje de biberones y pañales. Así pues, Sebastián Mingorance se resignó a un aburrido día en casa, a lidiar contra la claustrofobia del tedio inyectándose en vena la heroína letárgica de la televisión o haciendo solitarios, que tanto daba; cualquier cosa menos rendirse a la humillación de abrir el maletín y ponerse a ultimar informes. Eso nunca. Se preparó un café y se vistió con rapidez para bajar por el entretenimiento del periódico antes de que estallara la tormenta.
Una vez en la calle, tras la galopada de la escalera y justo en el portal, le embargó de nuevo la acostumbrada parálisis. Al cabo de la calle, hacia la derecha, se encontraba el kiosco de Felipe. Al cabo de la calle, hacia la izquierda, se encontraba el kiosco de Bernardo. El portal de su edificio se hallaba a la misma distancia de ambos. Felipe era un joven enérgico, de modales resueltos, que despachaba la prensa con pomposa actividad, como si estuviese realizando una labor de salvamento. Bernardo, por el contrario, era un anciano flemático, de gestos dubitativos, que despachaba la prensa con recelosa pasividad, como si estuviese ejerciendo una labor de contrabando. Ambas actitudes disgustaban por igual a Mingorance, de manera que siempre le costaba escoger una dirección, especialmente cuando, como ahora, no llevaba el dinero justo y debía recibir vuelta, una calderilla engorrosa que siempre le rebosaba de la mano cuando Felipe la depositaba allí con un gesto brusco, una sudada miscelánea de monedas que nunca le llegaba a la mano cuando Bernardo trataba de ubicarla allí con un gesto lánguido. Sea como fuere, siempre acababa recogiendo el dinero del suelo. Que el aliento que recibiese en la nuca mientras se aplicaba a ello apestara a tabaco barato o copita tempranera era ya cosa suya. La elección final, realizada sin el respaldo de la razón, cuya colaboración, dadas las circunstancias, era del todo inútil, resultaba siempre para Mingorance un misterio. No llegaba nunca a saber por qué tiraba hacia la derecha en detrimento de la izquierda, o viceversa, sólo intuía que dicha resolución no alcanzaba a fraguarse en su mente, y como le parecía excesivamente indigno otorgarle esa responsabilidad a sus pies, prefería pensar que nada tenía que ver con él, sino que una fuerza superior, una especie de titiritero cósmico, era quien lo conducía en una dirección u otra siguiendo unos designios inescrutables.
Ese sábado, por nada en especial, Mingorance caminó hacia la izquierda como podía haber caminado hacia la derecha. Por el contrario, Mingorance I el Irresoluto, al que bautizaremos así para distinguirlo del original, pronto comprenderán por qué, caminó hacia la derecha como podía haber caminado hacia la izquierda. Al cabo de la calle, resguardado en el búnker de su kiosco, los periódicos al buen recaudo de la lona de plástico, Bernardo examinaba los progresos de las nubes con expresión docta, como Noé debió evaluar el cielo instantes antes del anunciado diluvio. En el extremo opuesto, Felipe contemplaba los nubarrones con un estoicismo que evidenciaba esa idiota rebeldía congénita propia de su generación, sin decidirse aún a cubrir los periódicos con el plástico. Las primeras gotas sorprendieron a Mingorance y a Mingorance I el Irresoluto recogiendo las monedas esparcidas por el suelo. Ambos se protegieron la cabeza con el periódico y enfilaron hacia el portal con ese trotecillo ridículo que no llega a ser carrera, sino más bien un gimnástico desempolvar de piernas si se realiza con gracia, una breve y algo coqueta demostración pública de nuestro estado de forma. En su carrerita, Mingorance I el Irresoluto hubo de esquivar a su vecino de acera, que también acudía al kiosco en un trote mucho mas elástico y acompasado que hablaba de unas pantorrillas curadas en los pedales de la ciclostatic. Mingorance I el Irresoluto lo miró con aversión. Sólo lo conocía de vista, de contemplarlo vivir al otro lado de la calle, pero le reservaba el mismo odio que si en una borrachera compartida le hubiese confesado que disfrutaba frotándose en los transportes públicos con niñas de nueve años, porque venía a representar su sueño más profundo: con sus tejanos y su media melena parecía un adolescente avezado, uno de esos tipos de aire cosmopolita y aventurero que en los accidentes de tren siempre realizan los torniquetes.
Eso rumiaba cuando la vio en mitad de la acera, la lluvia desdibujando sus rizos pelirrojos, el espigado cuerpo volcado sobre una bicicleta encadenada a un naranjo, la mano de nácar pinzando con insistencia la llanta trasera, como negándose a aceptar que vivía en un mundo tan apestosamente cinematográfico, donde los pinchazos ocurrían de forma invariable durante las tormentas. Sus miradas colisionaron en el momento justo, y a Mingorance I el Irresoluto se le desinfló la carrera y, en compensación, se le hinchó el corazón. Tanta belleza concentrada en una mujer, y allí, en medio de ningún sitio, como al alcance de cualquiera, le cortó el aliento. Estaba claro que no era un espécimen del barrio, que estaba allí para resolver algún asunto o cumplimentar una visita, y que, con la bicicleta tullida, le iba a resultar difícil regresar a casa. Verla tan desamparada bajo la creciente lluvia, escrutando con desesperación las fachadas huérfanas de soportales y los naranjos raquíticos mientras un viento vicioso trataba de arrancarle el abrigo, le hizo considerar a Mingorance I el Irresoluto la posibilidad de socorrerla. Pensó seriamente en acercarse a ella para proponerle un café en su apartamento mientras la tormenta pasaba, pero lo disuadió el no creerse capaz de acompañar el ofrecimiento con una sonrisa purgada de dobleces y ansiedades, pues muchos eran sus años de celibato y el sólo imaginarla siguiéndolo a su guarida ya le anegaba las venas de un deseo urgente y torpe. No se creía capaz ni siquiera de alcanzar la puerta. Se imaginaba asaltándola en el portal, tomándola entre gruñidos en el descansillo. O, lo que era aún peor, se imaginaba arribando sanos y salvos al apartamento, sus dedos intimidados por aquellas formas celestiales, su hombría muerta y enterrada ante tanta belleza. Se imaginaba, en definitiva, reducido a un adolescente tímido y patán que con triste simbolismo acabaría derramándole sobre la falda su taza de café. Estaba claro que la película de su vida no tenía presupuesto para una mujer así, de manera que Mingorance I el Irresoluto, haciendo honor a su apodo, pasó de largo, abandonándola por cobardía a los rigores del tiempo, disculpando su falta de cojones con una mueca del todo idiota, cavilando que las mejores cosas de la vida siempre se las llevan otros y pensando ya en llegar al piso y entregarse a otra de aquellas masturbaciones melancólicas y amargas que jalonaban su soltería.
Mingorance II el Intrépido, sin embargo, tenía otros planes. Movido quizá por tantos años de sequía, por una insatisfacción que amenazaba con volverse crónica, porque apenas ya nada le quedaba en la memoria de la ecuánime succión de Belén, aquella secretaria dentuda e incompetente cuyo breve paso por la empresa no se justificaba si no era para aliviar las tensiones de casi toda la plantilla masculina con su boca de conejo, por todo eso y probablemente por mil cosas más que sería prolijo y laborioso enumerar, Mingorance II el Intrépido se dijo que, en el fondo, la vida la construimos nosotros mismos, poniendo ladrillos a diario, y que no hacemos más que dejar escapar trenes, por lo que difícilmente llegaremos a ningún sitio. Así que, aprovechando la coyuntura de la lluvia, respaldado por la bronca de los primeros truenos en la lejanía, Mingorance II el Intrépido se aproximó con su sonrisa más inocente a aquella mariposa exótica e inencontrable repentinamente expuesta al alcance de su red.
Se detuvo a una distancia prudencial, dudando si dar o no un paso más, como hacen los tigres ante la hojarasca removida, y le propuso un café en su apartamento con un hilito de voz, medio aturdido por la vaharada de perfume y mujer sudada que le traía el viento. Ella lo miró con una mezcla de agradecimiento y recelo, como calculando qué tipo de amenaza podría suponerle encerrarse bajo llave con un desconocido en estos tiempos de perversiones rococó. Pero el tipo indeciso que se cubría con el capirote del periódico debió antojársele inofensivo, tal vez incluso entrañable, pues tras auscultar un cielo cada vez más abultado de nubarrones, aceptó su ofrecimiento con una sonrisa cortés. A pesar de que su conformidad lo había cogido por sorpresa, Mingorance II el Intrépido atinó a cargarse la bicicleta al hombro en caballeroso gesto e iniciar la marcha hacia su cubil, agradeciendo que la lluvia le encubriera las lágrimas causadas por el maldito pedal incrustado en el omoplato. El viento barría las hojas secas, arrojándolas contra los paseantes como estrellas ninja. Envueltos en un inesperado silencio de noviazgo largo, arribaron al portal, pasando junto a Mingorance I el Irresoluto, que espiaba por encima del hombro cómo su vecino de acera dialogaba exaltadamente con la muchacha de la bicicleta. Con infinita tristeza, observó cómo ella, tras examinar los nubarrones, asentía con una sonrisa, y su vecino se echaba la bicicleta al hombro con cuidado de no clavarse el pedal. Cruzaron la calle peleando contra el viento, él asquerosamente sólido, como un dolmen, ella conmovedoramente frágil, como un chamizo de cañas. Alcanzaron el portal riendo como críos, y Mingorance I el Irresoluto, con la risa de la muchacha clavada en el corazón como un puñado de cristales, inició la remontada de su escalera, pisándole los talones a Mingorance II el Intrépido, que cargaba con una bicicleta y una ilusión.

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