David Mitchell. Escritos fantasma.

marzo 10, 2022

David Mitchell, Escritos fantasma
Ediciones Témpora, 2005. 460 páginas.
Tit. or. Ghostwritten. Trad. Víctor V. Úbeda.

Lo cierto es que ningún libro de los que he leído del autor superan a aquel Atlas de las nubes. Preocupado por si fue el éxito lo que estropeó su escritura fui en busca de estos escritos fantasma, anteriores a su éxito.

Son nueve historias relacionadas levemente por personajes comunes e hilos discretos pero importantes. Comienza con el miembro de una secta que ha cometido un ataque terrorista en el metro de Tokio (directamente inspirado en Ataque de gas Sarín) y acaba cogiendo vuelos de ciencia ficción. Es un proto-atlasdelasnubes, no tan perfecto en su escritura y montaje como aquél, pero que participa de muchas de sus virtudes. Los ocasionales fragmentos brillantes. Centrarse en historias de personajes cotidianos que sufren una historia que se les escapa, pero que nosotros conocemos como lectores.

No consigue destronar al Atlas pero es una lectura placentera.

Bueno.

—¡Mowleen Muntervary, eres una aberración de ocho años, vas a ir de cabeza al infierno y los demonios van a azotarte con ortigas hasta que el trasero se te llene de granos que te rascarás hasta hacerte sangre! ¿Eso es lo que quieres?
La imagen de la señorita Thorpe se me confunde en el recuerdo con la de un ácaro de ceja visto a través de un microscopio de electrones. Brillante, llena de púas, con múltiples ojos. ¿Por qué las maestras de escuela son siempre o bien ángeles de las hermanas Brontë o brujas dickensianas? ¿Será que de tanto enseñar que las cosas son o blancas o negras ellas mismas se vuelven así, o blancas o negras?
—¡Te he hecho una pregunta y no he oído una respuesta! ¿Eso es lo que quieres, ser condenada por mentirosa?
—No, señorita Thorpe.
—¡Entonces dime cómo conseguiste echarle mano a las soluciones del examen de álgebra!
—¡Lo resolví yo sola!
—Si algo me repugna más que un niño trolero ¡es una niña trolera! ¡Me vas a obligar a escribir a tu padre para contarle que su hija es una víbora de lengua bífida! ¡Vas a ser la vergüenza de tu pueblo!
Una amenaza sin mordiente. Ningún vecino de Clear Island se tomaba en serio a una maestra que no hablaba gaélico.
Siguió todo un reguero de cartas de denuncia, desde la escuela de enseñanza primaria para niñas de Cork. Cuando mi padre volvía a casa los fines de semana, se las leía en voz alta a mi madre con un acento tan divertido que nos desternillábamos de risa.
«Resulta inconcebible que su hija respondiese exactamente a todas las preguntas sin copiar. Y esta es una infracción muy grave…».
Mi padre era contratista de unos astilleros y se pasaba la semana viajando entre Cork y Baltimore, supervisando trabajos y tratando con compradores llegados incluso de Dublín. Se había enamorado de mi madre, una chica de Clear Island, y se había casado con ella en la iglesia de St. Ciaran, en una ceremonia oficiada por un párroco de mediana edad llamado Wally.
Hoy en día los alumnos de primaria reciben clases en inglés y gaélico en la escuela prefabricada del puerto. Los mayores cogen el St. Fachtna y van a una escuela en Skull que tiene hasta su propio planetario. La señorita Thorpe se marchó a difundir sus principios maniqueístas por los pobres países africanos. Ahora la vieja escuela la usa Bertie Crow como almacén de heno.
Si te asomas por la ventana, eso es lo que ves: heno.


—Ay, Jerry. Todas mis ideas son el mismo timo de toda la vida: cuanto más gorda sea la trola, con más ganas se la tragan. Los primeros chamanes que daban vueltas alrededor del fuego ya estaban al cabo de eso: sabían que lo de cultivar maíz en las riberas del Éufrates era de necios. Le dices a la gente que la realidad es exactamente lo que parece ser y te clavan a un poste. Pero les dices que pueden hacer un viaje astral mientras van en metro a la oficina, que su mejor amigo es un cacho de vidrio, que el gobierno lleva cincuenta años negociando con hombrecillos verdes y todo quisqui, desde Brooklyn a Peoría, Illinois, se sienta a escucharte. Dejar de creer en la realidad que pisamos nos da derecho a crearnos una realidad personal. Basta llegar con una ocurrencia original —una inteligencia artificial, creada por el ejército para invadir y apoderarse de los sistemas informáticos y los arsenales del enemigo, se ha desmadrado y está controlando el planeta entero a su espeluznante antojo y todo quisqui te da su tarjeta de crédito y te dice: «Cuéntame más…».

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