Daniel Sada. A la vista.

noviembre 9, 2012

Daniel Sada, A la vista
Anagrama, 2011. 238 páginas.

Seguramente leería esta reseña:A la vista, y bajo la invocación de Bolaño correría a apuntar el libro en la lista. Todo comentario encontrado en la red es elogioso.

Dos trabajadores de una empresa de transporte asesinan a su patrón engañándolo con una posible venta de un terreno. Se separan y seguimos las andanzas de uno de ellos, que vuelve con su esposa, la abandona, busca a su compinche, acaba trabajando en la tienda de la sobrina de éste y regresa otra vez con su esposa.

El lenguaje del autor se define como barroco, y en el extracto habitual verán una muestra. Es original, escribe muy bien, pero a mi se me hizo pesado. Aquí, A la vista de Daniel Sada (reseña) empiezan así:

Daniel Sada mantiene su propósito de encontrar lectores con talento.

Sin duda yo no tengo el talento necesario para apreciar la prosa de Daniel Sada. Siempre es preferible leer algo de calidad y diferente a prosa plana y anodina, pero hay platos que no son para todos los paladares. En cualquier caso, ha merecido la pena probarlo.

Otra reseña elogiosa: Una lenta muerte en el desierto, y un inciso: el asesinato que marca el comienzo de la novela es tan intrascendente para el desarrollo de la novela como inverosímil.

Extracto:
Y he aquí, al final, esta escena en desdibujo: un Ponciano abatido que camina con su ropa vaquera en la mano, rumbo al estanquillo. La llegada como derrota, pero el aliciente en sazón de Noemí: Mi casa es más chica que la de mi tío, aunque no tanto como para que usted no quepa. Ahora lo que conviene es pasar a lo sucedido esa misma noche en ese espacio tan compacto: el acomodo intrincado, cada movimiento hecho con exactitud: porque de veras hay que contar a la viejita Raquelita a la que cualquier torsión le afectaba: ¡ay!, o sea: el ajuste de cuerpos que vino a ser como una absorción culminante, vista desde una altura equis. Los cuerpos se rozaban: calor-frescura: ¡qué bonito! Quién sabe cómo terminaron colocados que la «blandura» fue un aspecto fundamental. Por un lado a Ponciano lo rozaba Noemí y por el otro Raquelita. Cama grande para tres: tamañota. Nunca en el suelo de tierra: suciedad: ¡sí!, ¡mucha!, y para qué pensar en eso. Pero ahora hay que detallar lo siguiente: la cabeza en forma de papaya de Noemí se podía recargar en el brazo flaco de Ponciano, lo mismo que la cabeza monís de Raquelita. Dos cabezas tocando los brazos feos del sesentón: en la noche, y así el dormir asaz incompleto de tres: manumisos quizá, tomando el tema de hilar un sueño que de alguna forma se dividía al triple: viso fortuito. Y así pasaron unas cuatro noches en idéntica posición: el aprieto y lo efusivo naciente, ya como trivialidad, si así se quiere juzgar, porque una vez concluidas las duras jornadas en el estanquillo, tenidas como atareo sin freno, pues el descanso rígido parecía más un esfuerzo que un alivio, a lo que se debe añadir que el contacto de pieles así nomás tenía que redundar en un gusto que a poco podía ser afectuoso, aunque si se le entiende de una manera discreta y decente, pues la juntura entre Noemí y Ponciano era diez veces más importante que la juntura entre Ponciano y Raquelita. Sin embargo, nada de amor: ni para allá ni para acá. Jamás una palabra cariñosa ni de él ni de ella. Pura mudez que expresa cualquier cosa inútil. Y el gusto: un contrapunto, cual una disolución que no ofrecía variantes. No hay que pensar en la viejita jodida, sino en Noemí y Ponciano: juventud conchabada con vejez, a bien de un allegamiento que estaba signado por un respeto gigantesco. Roce nocturno acompañado de una exterioridad gélida y venial. No forzar nada porque un derrumbe como resulta sentimental contradictoria… en esas circunstancias… Bueno, aquí cabe sólo un dato: los tres se dormían vestidos con la ropa que habían usado durante el día. Si querían cambiarse, pues estaba el baño. Meterse. La ropa vaquera: usarla: sobre todo las camisas. También Noemí: otras prendas de una sola pieza. Jamás las blusas y las faldas, las combinaciones fifí: ¿para qué?, puesto que eran usanzas urbanas. Entonces lo facilón: ¡zas!: el arreglo: ¡lo más breve: chulo!, y a trabajar con fe. Ahora que, por lo que se refiere a Raquelita, basta decir que Noemí la cambiaba de ropa cada tercer día: ¡claro!: en el baño eso costoso de poner.

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